El clima, de Kioto a Doha: el renovado empeño de la vieja farsa

Pedro Costa Morata *

La farsa ha tenido lugar una vez más en las condiciones previstas, de suyo irritantes, siempre declinantes. El escenario –montado esta vez en Doha, capital de Qatar, estado que posee el récord mundial de las emisiones de CO2 per cápita, triplicando casi el nivel de Estados Unidos, que le sigue– ha sido el encuentro anual de los gobiernos que elaboran y exhiben discursos sobre el cambio climático ya oficial y generalmente reconocido, asegurando ser conscientes de su agravación: los gobiernos fuertes, desarrollados y primeros culpables prometen acciones pero evaden los compromisos; los débiles y sufrientes muestran sus fragilidades y miserias tratando en vano de que los responsables hagan frente a sus obligaciones. La mayoría de los actores, de unos y otros gobiernos, se muestran  encantados de representar su papel, personal y político, con la frustración correspondiente, bien por su ignominia, bien por su impotencia. Y el espectador, esa opinión pública internacional ya acostumbrada al show, se indigna pero siempre espera, tratando de convencerse de que alguna vez tan brillantes irresponsables tendrán que tomarse en serio lo del desastre en ciernes, aunque entonces las soluciones apenas sirvan para el alivio necesario…

Esta cumbre, la 18ª de la serie de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que arranca de 1992 y que tiene como principal hito el Protocolo de Kioto de 1997, que entró en vigor en 2005 y expiraba al final de este año 2012, tenía como objetivo mínimo conseguir la prolongación de dicho Protocolo, ya que las previsiones del mismo –que las emisiones globales de CO2, principal gas productor del “efecto invernadero” y masivo causante del cambio climático, quedasen en este año un 5 por ciento por debajo del nivel alcanzado en 2008– no se han cumplido. El fracaso viene arrastrándose desde el principio ya que en estos años de vigencia de Kioto-I tampoco se ha conseguido que todos los países industriales ratifiquen el protocolo, permaneciendo fuera los más poderosos y contaminantes.

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Y aunque su trabajo ha costado, la mayoría de los países ha acordado que se prolongue el Protocolo de Kioto desde 2013 hasta 2020, con el objetivo “inmediato” de que en dos años, es decir, para 2015, se renegocie y apruebe un nuevo protocolo. Pero han quedado fuera nada menos que Estados Unidos, Japón, Canadá, Rusia, China… El núcleo firmante, liderado por la Unión Europea y Australia, apenas supone el 15 por ciento de las emisiones totales en el planeta, así que nada puede ocultar el fracaso de esta cumbre, con retrocesos incluso respecto a fechas y cumbres anteriores.

(Llama la atención, por cierto, lo tibias que resultan las protestas –que ni siquiera llegan a la categoría de “condena”– de destacadas organizaciones ecologistas internacionales tras estas cumbres inicuas, poniendo en evidencia que su actitud, que los años ha hecho más y más institucionalizada, se encuadra cómodamente en la gran farsa climático-jeremíaca. Con su aportación a las cumbres con centenares de representantes engrosan la colorista masa de innúmeros delegados gubernamentales y no gubernamentales que, a modo de “romeros internacionales”, fervorosos los más, descolocados los menos, se reencuentran año tras año en esas ceremonias de la confusión y el cinismo.)

La crisis económica sirve de principal argumento para el incumplimiento de objetivos y programas se reducción de emisiones, ya que, ¿cómo proceder a limitaciones en la producción y el consumo en situación de atonía en la demanda? o, ¿por qué dedicar fondos a la sustitución energética en momentos de penuria fiscal y de contracción radical del sector privado? El argumento esencial –escueto, salvaje y necio– de la negativa a reducir emisiones lo esgrime una y otra vez China, porque necesita multiplicar su PIB per cápita, muy bajo todavía, y acercarse a los niveles de las potencias industriales. Cerril en éste y en tantos otros asuntos ambientales, la todavía llamada República Popular China está dispuesta a alcanzar el liderazgo económico y político mundial aun a costa de hundir al planeta; y todo indica que ambos objetivos –el hundimiento y el liderazgo– lo puede conseguir en cuestión de pocos decenios.

Hay que añadir que, con el tiempo y el recurso a instrumentos económico-financieros de reducción de emisiones” (los famosos “permisos de emisión”, ocurrencia tan hipócrita como perniciosa), un nuevo elemento de discordia ha venido a entorpecer estas cumbres, ya que este mecanismo ha puesto en circulación ingentes cantidades de dinero del que ciertos países se benefician (algunos, de categoría industrial, como Polonia, que está perturbando el relativamente homogéneo comportamiento de la Unión Europea) a través de un mercado tan nuevo como falaz y distorsionador, que en nada contribuye a la afirmación de políticas de decidida lucha anticontaminación.

Pero lo que resulta suficientemente demostrado es que en el fondo pocos creen, dentro de la política o de la economía, que el Protocolo de Kioto merezca más interés del que recibe o que el cambio climático venga a suponer un escenario tan negativo como se anuncia; y si lo creen, no encuentran motivo suficiente para conmoverse. Porque si, en este panorama del “miedo climático”, algo inspira emoción a un significativo número de dirigentes es el fabuloso horizonte de beneficios que garantiza la proximidad efectiva de la catástrofe, que sin duda obligará a inversiones, obras y contratos sin comparación con ninguna otra etapa de la historia reciente, como no sea la reconstrucción post bélica.

A España, consolidada y reticente incumplidora del protocolo de Kioto, se le fijó que en este año de 2012 redujera en un 15 por ciento el nivel de sus emisiones de gases de invernadero respecto de 1990, lo que no podrá cumplir ya que es inevitable que éstas queden en torno a un 25 o 30 de aumento sobre esa referencia. Incluso con la crisis económica actual, que está paralizando el país, estas emisiones se resisten a caer, y en 2011 superaron en más de un 9 por ciento las del año anterior.

Muy en la línea de nuestros dirigentes políticos –de sorprendente descaro por la explotación que hacen del doble lenguaje y de la doble verdad–, Arias Cañete, el anti ministro de medio ambiente, ha mandado publicitar que su intervención en la cumbre de Doha ha resultado necesaria y oportuna, atribuyéndose como éxitos propios lo ya enunciado: que se acepte la prolongación (en realidad, agonía) del Protocolo y que se renegocie uno nuevo antes de 2015 (en un panorama de rechazo, desidia o boicoteo). De todo esto deduce que “se ha conseguido avanzar hacia reducciones más ambiciosas en el corto plazo”, llevado sin duda por una lógica, la propia, tan rotunda como singular. A su vuelta se espera que no oponga ninguna resistencia a que el Gobierno eleve hasta los 140 km/hora  el límite actual de la velocidad en autovías y autopistas, lo que en materia de lucha contra el cambio climático y de ahorro de energía (y de vidas) ha de considerarse toda una novedad.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista. Premio Nacional de Medio Ambiente (1998).