Esperando el «fin del mundo»: ¿habrá segundo año de Gobierno de Rajoy?

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Francisco Serra

Rajoy, a su llegada a La Moncloa, el 21 de diciembre de 2011, poco después de tomar posesión como presidente del Gobierno. / Efe

Un profesor de Derecho Constitucional le oyó decir a un amigo que el fin del mundo estaba próximo, según el calendario maya, y se puso a indagar en la red más datos sobre el cercano Apocalipsis. Por un azar descubrió que la fecha de ese acontecimiento coincidía con el inicio del segundo año de gobierno de Rajoy y se preguntó si no sería preferible la llegada de los últimos tiempos a la continua degradación a que se estaban sometiendo en España las condiciones de vida.

En realidad, en todas las épocas ha existido la creencia de que el término de la historia podía producirse en cualquier momento. Antes de que el cristianismo estableciera la idea de que la andadura humana pudiera tener un sentido, casi todas las culturas guardaban el recuerdo de algún suceso catastrófico que había llevado consigo el fin de una era y el comienzo de un nuevo tiempo. Las sociedades tradicionales se movían en el círculo del eterno retorno, el constante devenir de la rueda del destino, que solo podía consistir en un continuo vaivén.

El cristianismo pretendió encontrar en la segunda venida de Cristo el signo de la próxima redención y desde que empezó a propagarse por la tierra existieron sectas que predicaban la inminente llegada de los últimos días. Samuel Pepys escribió en su diario: “Se habla de que algunos fanáticos dicen que el fin del mundo está cerca y que el martes próximo será el día. Por ello, sea cuando sea, que el buen Dios nos ampare”. En el momento actual, cuando ya no creemos en dioses, la posibilidad de un término brusco de las cosas humanas nos deja en el más absoluto desamparo.

Todos sabemos que estamos condenados a vivir nuestro propio Apocalipsis, aunque no podamos casi nunca conocer la fecha exacta, con la llegada de la muerte, y en el futuro lejano, en los espacios infinitos, esa nave en la que viajamos, nuestro planeta, acabará perdiéndose, si no hay alguna catástrofe anterior, en la inmensidad solar. Mas la fragilidad de nuestra existencia y de nuestro mundo no nos sirve de consuelo ante la proximidad de un fin, que siempre creemos lejano.

El profesor, antes de dedicarse a dar clases de Derecho Constitucional, había estudiado la obra de varios filósofos judíos que se habían dejado llevar por las expectativas mesiánicas despertadas por la Revolución de Octubre y en su primer artículo publicado estudiaba las múltiples variedades adoptadas por el milenarismo en las diferentes culturas. Si el fin del mundo se producía en la fecha fijada por los augures, su último trabajo, probablemente, advirtió con algo de recelo, también trataría sobre lo mismo, sobre la atenta espera del término de la historia en que estamos siempre empeñados los hombres.

La llegada del Apocalipsis, caviló el profesor, casi representaría un alivio ante el brusco deterioro de la existencia que la mayoría de la población estaba sufriendo. Algo agobiado por esos pensamientos, encendió la televisión y por mucho que zapeó no halló ningún programa que le ayudara a comprender lo que estaba pasando a su alrededor. No era extraño, ya que tampoco en la literatura o el cine se describía la realidad de la época de la crisis. En España se encontraban, pensó con cierta amargura, quizás los mejores novelistas, los filósofos más sagaces, los cineastas más audaces, pero el problema es que no parecía que vivieran en este país, ni pasearan por las calles de sus ciudades, ni montaran en metro, ni tuvieran que esquivar a diario a los pobres que mendigaban en las esquinas y rebuscaban en las papeleras.

Un novelista dijo una vez que “el pasado es un país extranjero”, pero en España también hay dos países distintos: el “oficial”, con sus premios, sus Academias, sus homenajes siempre a los mismos; y el “real”, del que casi nadie se ocupa y está a punto de explotar. Políticos con un buen pasar afirman sin rubor que no es preciso reformar la Constitución, porque “funciona muy bien” (¿viven en este país?), cuando muchos jóvenes sueñan con otra Constitución, otra política, otra vida y aprenden idiomas para poder emigrar lo antes posible.

Mientras veía, sin prestarle mucha atención, uno de los muchos programas que narraban lo maravillosa que era la vida de aquellos españoles que estaban dando vueltas por el mundo, repasó mentalmente los libros que había leído, las películas que había visto, las exposiciones que había visitado o de las que había tenido noticia… realizadas por autores españoles durante el último año y que consideraba serían recordadas dentro de algún tiempo, como expresión de esta época convulsa, y solo con dificultad encontró dos o tres que le pareció seguirían siendo tenidas en cuenta. El relato de lo que nos está pasando y aún no comprendemos del todo no está en ficciones o ensayos tan alabados sino en los balbuceos que empiezan a emerger en la Red.

El profesor encendió el ordenador y escribió en un post: “Se habla de que algunos fanáticos dicen que el fin del mundo está cerca y que el viernes próximo será el día. Por ello, sea cuando sea, no habrá dios que nos ampare”.

3 Comments
  1. Don Incómodo says

    Los políticos españoles que no desean cambio alguno en la Constitución no viven en España o no pasean. Estás aislados e ignoran las necesidades básicas de cambio constitucional en la sociedad. Jefferson pedía una reforma constitucional para cada diecinueve años

  2. Susana says

    ¿Es verdad que los alemanes hicieron ya sesenta reformas de su Constitución? Lo leí en la prensa

  3. la puta says

    conchudos niu ¿¿u va a hacer el fin del mundo estupidoss

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