La matanza de Estados Unidos

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Julián Sauquillo

Varios policías evacuan a un grupo de niños de la escuela 'Sandy Hook' de Newtown (Connecticut, EEUU), tras el tiroteo que costó la vida a veinte niños y seis adultos el pasado 14 de diciembre. / Sahnnon Hicks-Newton Bee (Efe)

No se trata de  “la (imaginada) matanza de Texas” que dio título a una película. Allí un psicópata enmascarado perseguía a sus víctimas con una sierra eléctrica. Lograba cobrarse sus víctimas y colgarlas en una auténtica carnicería. Lo sucedido en Connecticut el pasado catorce de diciembre –veinte niños y seis adultos asesinados previamente al suicidio del adolescente autor de los disparos- se incardina más en la sociedad contemporánea y, sobre todo, resulta más extraño que los desmanes comprensivos de un asocial enmascarado.

Lejos de resultar monstruosos, los tiradores de estas matanzas como Adam Lanza sobresalen por su aparente normalidad. Y su proximidad al arquetipo social alienta un fuerte debate social. Veinte de abril de 1999 (Instituto Columbine, doce muertos), dieciséis de abril de 2007 (Universidad Técnica de Virginia, treinta y dos muertos) y, ahora (Escuela Sandy Hook de Newtown, veintisiete muertos), entre otros muchos sucesos violentos, marcan una secuencia que, por fin, obliga a cuestionar socialmente la liberalización americana de las armas. No es para menos, en tan solo un mes escaso, se han producido cuatrocientos asesinatos con armas de fuego desde la última matanza escolar del mes pasado. Indudablemente, la facilidad con que se consiguen las armas en Estados Unidos facilita su utilización macabra. Pero su prohibición en manos privadas no cierra el problema. Lo palia en alto grado pero no contesta a todas las interrogantes que estas matanzas escolares o universitarias abren en aquel país admirable.

En este mes pasado, me ha llamado la atención que no se aludiera nunca a dos películas muy explicativas de lo sucedido en Estados Unidos: Elephant (2003) de Gus Van Sant y Bowling for Columbine (2003) de Michael Moore. El cine puede ser un instrumento de análisis, como demuestran ambos títulos, en vez de un medio de entretenimiento. La primera ahonda en el mundo adolescente, en los personajes que sucumbieron o huyeron desesperadamente de la matanza del Instituto Columbine. Unos chicos atravesados por la coquetería, el deseo, las aventuras, los traumas, el ejercicio físico, los complejos, ven segadas sus vidas por los planes megalomaníacos de dos “frikis” de las armas automáticas. El internamiento de Gus Vant Sant en este mundo adolescente extrae unas brillantes consecuencias: la normalidad de los autores de la matanza encuentra su potencial explosivo en los juegos de videoconsolas y en una admiración retro por el nacionalsocialismo. Sólo se requiere que llegue el arsenal comprado a través de una web para disfrutar en un día irrepetible y hacerse famosos en la escuela. El propio aislamiento social de los dos chicos que parece remontarse en un amor cómplice acaba en traición. Todos, todos, deben sucumbir para que uno solo alcance la fama póstuma.

La segunda, en forma de documental, ahonda en la enfermedad social que encuentra un catalizador letal en las armas y municiones libremente disponibles. Abrir una cuenta en algunos bancos norteamericanos facilita un arma semiautomática en vez de un juego de sartenes. Pero esta facilidad para armarse no explica la repetición de matanzas en Estados Unidos según Michael Moore. Alrededor de once mil muertos al año en Estados Unidos convierten a este país en sustancialmente poroso a la criminalidad armada. Sobre todo, si se le compara con el pacífico Canadá a pesar de estar repleto de armas debido a ser un país tradicionalmente cazador. La tesis de Moore es que se trata de una violencia blanca sustentada en la paranoia en que se asienta el país frente a los ingleses, los indios, los negros e, incluso, las plagas de abejas. Tanto Moore como Van Saint coinciden en que no se trata de una violencia negra. Sólo un ultraderechista como Charlton Heston –presidente de la Asociación Nacional del Rifle entre 1998 y el 2003- puede atribuir las matanzas a la mezcla racial en Estados Unidos.

Sin embargo, la modificación de la Segunda Enmienda a la Constitución norteamericana –“Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido”- para restringir el uso de armas a los militares y las fuerzas armadas no despeja todas las futuras inquietudes ante este problema.

Si Estados Unidos ciertamente estuviera constituido en esa paranoia nacional e internacional hacia el  diferente, la violencia criminógena no se erradicará de la sociedad civil con alejar las armas de los ciudadanos. Se dificultará sustancialmente. Pero este paso prohibitivo debe ir acompañado de un tejido social y moral más solidario y menos violento. Un tejido leal entre conciudadanos no se consigue sólo con reformas legales. Aquí la norteamericana Martha Nussbaum aporta un dato clave: nuestras sociedades requieren de una religión civil que dé una ligazón más cálida entre los ciudadanos que la meramente legal. Si es así, como creo, el liberalismo ha fiado al derecho un peso específico fundamental en las relaciones sociales que descuidó la necesidad de otra religión cívica tan diferente a las eclesiásticas. No basta con ponerse la mano en el pecho cuando se arría la bandera. Es necesaria alguna forma de patriotismo constitucional. Si el Presidente Barack Obama vence a los intereses de la industria armamentística norteamericana y restringe el uso de las armas para todos –como supuesto derecho fundamental- se habrá dado un paso monumental, pero no definitivo en contra de la violencia en estas masacres. Veremos a ver si la “ley de la jungla” se desvanece o si sigue rugiendo el chacal. Ojalá me equivoque y cambiar las reglas de juego sea un remedio definitivo.

4 Comments
  1. Gilberto says

    Acredito que hay violencia en todas nuestras sociedades avanzadas. Miren Brasil y crean que preocupa a mis conciudadanos. La solución es más Estado, más desarrollo y mejor reparto de la ganancia

  2. Gramático says

    Dos comentarios. Primero: El «patriotismo constitucional» estimo que está especialmente arraigado en los EE UU. En la escuela tengo entendido que se enseña cuidadosamente la norma suprema del país, constituyendo una herramienta básica de formación de la ciudadanía. Segundo, aparte de las averraciones sociales culpables de estas carnicerías, tan agudamente tratadas por el articulista, cabría también detenerse en las circunstancias concretas de este joven asesino. En su clima familiar, en las relaciones de sus distintos miembros, y en esa madre tan amante de las armas de fuego.

  3. Daniel says

    ¿Por qué muchos desetructurados no matan y algunos excepcionales sí lo hacen? Me intriga

  4. Sofia says

    Debemos reconocer que estos actos no están cometidos por un loco. A los perpetradores de este tipo de actos terribles, deseamos calificarles como locos ya que queremos establecer un margen entre ellos (los locos) y nosotros (los cuerdos) un margen seguro que nos libre de cometer esos actos. Nos produce pavor pensar que esas personas son como nosotros. Enhorabuena por el artículo Sr. Sauquillo.

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