Eugenio Trías, vocación de filósofo

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Victoria Camps *

El último contacto con Eugenio Trías lo tuve el 2 de enero pasado. Me mandó un correo electrónico para felicitarme por el Premio Nacional de Ensayo que acababan de concederme, y añadía: “Tenemos mucha historia compartida, te recuerdo siempre con cariño”. Esa fue, en efecto, mi relación con Eugenio, a quien conocí hace muchos años. Teníamos la misma edad y empezamos juntos la carrera de Filosofía y Letras que él cursó entre Barcelona y Navarra. A los pocos años de licenciarse, y creo que antes de haber iniciado la carrera docente, nos sorprendió a todos con un libro que hizo fortuna y que marcaba ya muy tempranamente el decurso de su pensamiento filosófico. Se titulaba La filosofía y su sombra y aventuraba la idea de que, más allá de la conceptualización filosófica de la realidad, existe una zona sombría y tenebrosa que es realmente importante, pero el acceso a la cual es de lo más difícil. Más tarde, una frase de Wittgenstein le sugirió el concepto que dio cuerpo al pensamiento que ha llenado su vida: la filosofía de los límites. Es la frase del Tractatus que dice: “Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”. Sin ser un seguidor especial del filósofo vienés, encuadrado entonces en el marco de la filosofía analítica que nunca fue del gusto de Trías, seguramente le atrajo de él esa vena mística que tan bien convenía con la concepción del límite que estaba gestando y que convirtió en un sistema filosófico de envergadura y en toda regla. Desde el punto de vista profesional, ese es el gran mérito de Eugenio Trías, lo que le convierte en uno de los grandes filósofos contemporáneos de habla española, el haber sido capaz de construir un sistema original y propio para abordar las grandes cuestiones del ser, del sentido, del sujeto humano, de la religión, de la ética y de la estética.

Hay que subrayarlo porque no es fácil que ocurra. La mayoría de los filósofos nos dedicamos a repetir y, en el mejor de los casos, a interpretar lo que nuestros antepasados dijeron. Las afinidades electivas de cada uno determinan que unos filósofos sean más kantianos, otros más aristotélicos, otros más nietzscheanos. Trías fue nietzscheano en sus orígenes, incluso le gustó cultivar un cierto parecido físico con el filósofo de la tragedia. Pero muy pronto abandonó las muletas del pasado porque lo que quería sobre todo era ser él mismo. Fue un propósito filosófico y personal, pues lo admirable de Eugenio es que hizo siempre lo que quiso, sin dejarse dominar ni seducir por unas circunstancias que le alejaban de sus intereses intelectuales y vitales. Que yo sepa, jamás se vinculó a una corriente ideológica que hipotecara su forma de pensar. Tampoco se dedicó expresamente a labrarse una carrera académica. Siendo ya uno de los filósofos públicamente más reconocidos, no se había molestado en presentar su tesis doctoral. Fue catedrático tardío, porque no le importaban demasiado los méritos universitarios contrastados con un curriculum oficialmente establecido. Tampoco se prodigó como filósofo público dando conferencias, participando en congresos o en foros de debate, lo que no le impidió opinar públicamente siempre que lo creyó necesario, sobre los temas políticos y culturales más candentes.

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Eugenio Trías ha sido un gran filósofo, sin duda, pero, sobre todo, ha sido capaz de dispensar una gran calidad humana. Por debajo de una mirada aparentemente adusta y seria, asomaba con facilidad una sonrisa socarrona que lo hacía cercano y amable. La enfermedad no le dio tregua, y sólo las ganas de vivir y una fortaleza anímica extraordinaria lo hicieron resistente a los peores pronósticos. Nadie esperaba que este último cáncer acabara venciéndole. El deseo de encontrar una forma de expresión para los terrenos más oscuros e infranqueables de la existencia le había acercado a la música a la que dedicó sus dos grandes libros, el último de los cuales, La imaginación sonora, mereció el Premio José Caballero Bonald. Cuando la pérdida de la audición truncó su pasión por la música, no se desanimó y decidió concentrarse en el cine donde había encontrado hacía tiempo motivos de inspiración filosófica. Sus pasiones fueron ilimitadas y por eso fue capaz de hacer lo que hizo porque, como escribió él mismo, “sin que la pasión se adelante, la inteligencia resulta siempre inoperante”. Una mezcla de razón y pasión que no sólo permeó su pensamiento, sino que configuró su carácter. Ha sido una suerte haberle conocido.

(*) Victoria Camps es catedrática de Filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona. En 2012 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo por El gobierno de las emociones (Herder, 2011), su última obra publicada.
5 Comments
  1. celine says

    Gracias por esta recreación de un hombre bueno. Qué pena que haya madrugado tanto en marcharse.

  2. Llorente says

    Una rara excepción en la prensa digital artículos como éste y firmas como la de Victoria Camps. Excelente.

  3. ajblanco says

    Acabo de dejar en mi «contenedor» la necrológica de Eugenio Trías y queriendo dejar un artículo complementario me encuentro con éste de Victoria Camps. Le estoy tan agradecida como si fuera un encargo.

  4. jorge trias says

    Gracias, Victoria, portu comentario sobre mi hermano Eugenio. Jorge

  5. Félix Pardo says

    La lectura de este artículo me trae muchos recuerdos, porque fui alumno de Victoria Camps en la UAB y de Eugenio Trías en la UPF. Me alegra constatar en una filósofa de la talla de Camps mi propia valoración positiva de la contribución de Trías. Pienso que su más preciado legado es haber dejado todo un continente de ideas para su recreación, un terreno fértil para la creación filosófica que dará sus frutos los próximos años. Si mi aproximación a su filosofía tiene algún mérito, que sea el lector quien lo juzgue en un blog de reciente creación: http://mieugeniotrias.wordpress.com/. Cordialmente

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