Carrillo según Preston: Los claroscuros de una vida

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Carlos García Valdés 

El_zorro_rojo_Paul_Preston
Cubierta de la obra de Paul Preston.

El gran hispanista Paul Preston (Liverpool, 1946) acababa de dedicar su último libro a la figura de Santiago Carrillo (1915-2012), titulado El zorro rojo (Debate, 2013). No es la primera vez que me ocupo en estas mismas páginas del profesor inglés, pues recensioné su importante obra El holocausto español, aparecida hace dos años en nuestras librerías.

Vaya por delante que el presente libro no es fervoroso de Carrillo. De hecho, la presentación que hace Presto de su protagonista es recordando su actuación en Paracuellos y mencionando su capacidad para reinventarse su propia historia, lo que siempre se había ya dicho, igualándole en este sentido con Franco. Crítico en muchos aspectos, para no llamarnos a engaño, comienza señalando en el mismo prólogo sus virtudes, como, por ejemplo, la capacidad de trabajo, el ímpetu y el aguante, la inteligencia o la astucia y sus dos capitales defectos: las deshonestidad y la deslealtad. Este arranque dice mucho de lo que va a constituir la biografía que Preston ha escrito, en todo caso, como el mismo autor dice, “es la historia compleja de un hombre importante”.

Tampoco es el texto especialmente detractor del personaje, aunque pienso que Preston valora mucho más su actitud durante la Transición democrática que en su primera larga etapa de encumbramiento en el PC. Lo que está claro es que nuestro autor no es el último Payne.

Rozando las cuatrocientas páginas y dividida fundamentalmente en seis capítulos, la peripecia de Carrillo está trazada desde un punto de apreciación más militante que vital; quiero decir con ello que o bien pareciera no tener el protagonista del estudio, vida personal o íntima, en aras de la pasión política, que lo pudo todo, o bien le ha interesado bastante menos a Preston, pues de la misma solo apunta levemente unos trazos que son acompañantes del otro retrato más intenso y profundo.  Me inclino por ambas cosas. En Santiago Carrillo el hombre público pudo siempre a la persona particular.

Los primeros tiempos de Carrillo se presentan en la obra como el ascenso del mismo desde sus comienzos hasta la revolución asturiana. Obrero e hijo de obreros, su capacidad innata para la organización y la propaganda pronto le sitúa en puestos importantes. Su padre, Wenceslao Carrillo, no fue ajeno a estos fulgurantes comienzos ni otros destacados socialistas que empezaron a preciar su valía en tareas de redacción de la prensa partidista. Por otra parte, desde su integración en las juventudes socialistas imprimió en las mismas un radicalismo desconocido hasta entonces. Ello es la primera piedra de su elevación rápida y progresiva a puestos que, muy pronto, serían de máxima responsabilidad en aquéllas y, a la vez, motivo de su disolución, como un auténtico azucarillo, en la Internacional Comunista. Son éstos, años de militancia y breves detenciones por tomar partido por las actitudes revolucionarias del momento. La última de ellas, la más larga, diecisiete meses, en la cárcel modelo de Madrid, vendrá a enlazar con la proclamación de la República. Del centro penitenciario saldrá convertido en el dirigente que siempre conoceremos.

Lo que llama Preston “la destrucción del PSOE” es la etapa central de Carrillo durante los comienzos de la Guerra Civil y su nombramiento, a los veintiún años de edad, como consejero de orden público, responsable entre otros cometidos de las cárceles madrileñas. Las “sacas” de la Modelo y San Antón, especialmente la madrugada del 6 al 7 de noviembre de 1936 y los días inmediatamente siguientes, determinan la parte más oscura de la biografía de Carrillo y de su colaborador Serrano Poncela. Paul Preston dedica un buen apartado a este tema, plenamente detallista, concluyendo en su culpabilidad en cuanto a sus palabras tranquilizadoras a representantes diplomáticos al respecto y al indudable conocimiento que tenía de los crímenes que se iban a cometer o se estaban produciendo, fundamentalmente en Paracuellos (de dos mil a dos mil quinientos fusilamientos) por la Junta de Defensa, aunque las firmas fueran de Girauta, jefe superior de policía y Muñoz, director de seguridad y la iniciativa partiera de mandos políticos y militares. Los órdenes fijaban el destino de los excarcelados: “libertad” y Chinchilla, la prisión albaceteña, eran sinónimos de muerte y la mención de otras prisiones en el levante español, de efectiva conducción. El escurrir el bulto que practicó Carrillo en sus escritos de memorias no es convincente ni para Preston ni, por ejemplo, para autores como Gibson. De los otros (los Moa o los Vidal) ni hablo.

A partir de aquí, la obra de Preston trata de la ambición de Carrillo por hacerse con el poder en el seno del PCE. De su constancia para lograrlo y su oportunismo y dureza con cuantos camaradas se pusieran por delante. Es su época de riguroso seguimiento estalinista, marcada por el tajante rechazo a su padre, Wenceslao, por haber pactado al final de la guerra en Madrid con el coronel Casado, procurando así la caída de multitud de militantes comunistas. La eliminación de la vieja guardia, actuando como una apisonadora, es otro de los episodios trascendentales en la biografía carrillista, también firmemente criticada, en la mayoría de los casos interesadamente, pues se vieron afectados directamente, por muchos de los antiguos miembros de su partido. Más o menos los mismos, con refuerzos, que intensificaron los ataques a Carrillo en la década de los años sesenta, cuando Preston habla de él como “el héroe solitario”. Es aquí donde se fragua el mejor Carrillo, el que después vendrá a ser determinante, desde la oposición, para la Transición democrática. El mutuo y recíproco acercamiento con Adolfo Suárez, el “sábado santo rojo”, en palabras imborrables de Joaquín Bardavío, y sus instrucciones posibilistas y precisas al elaborarse la Constitución, en relación a la aceptación de los símbolos patrios y la forma monárquica del Estado, fueron determinantes para que dicho trascendental cambio fuera pacífico. Como anécdota queda el tema de su detención y el de la peluca exhibida en tales momentos ya en la España posfranquista. De “tesoro nacional” habla, con razón Paul Preston en esta etapa esencial de nuestro país y el calificativo me parece, yo que la viví con intensidad desde un relevante cargo político, que no se queda corto.

Expulsado del PCE en 1985 por renunciar a los postulados leninistas, su participación se mantuvo en la vida política, como diputado en el Congreso, hasta un año después de su defenestración. Vivió con valentía el golpe del 23-F, un escalón por debajo del extremo arrojo demostrado por Gutiérrez Mellado y, claro es, por Adolfo Suárez, permaneciendo impertérrito en su escaño mientras todos los demás se agachaban o se tiraban al suelo. De nuevo, en esta ocasión, un acto suyo volvía a entrar en la historia.

Escritor y conferenciante en sus últimos años, el libro de Preston finaliza con sus ingresos hospitalarios y muerte, a los noventa y siete años de edad, por insuficiencia cardiaca. Cuando el profesor de la London School tiene que resumir su obra vuelve a reiterarnos su primera apreciación: Carrillo se pasó más de media vida pugnando por obtener el poder y el resto, en justificar sus acciones. Pero yo creo que este resumen es insuficiente e injusto pues hizo algo más. Sin él la instauración de la democracia hubiera sido imposible pues, en todo caso, su retardo hubiera desembocado inevitablemente en otra cosa igual o peor de la que salíamos. Había que estar presente en aquellos momentos del tardofranquismo para percibir la fuerza del PCE. Es el tiempo de la tremenda frase de Ramón Tamames, referida al PSOE: cien años de honradez y cuarenta de vacaciones, porque los que no las tuvieron en todo ese período fueron los comunistas. Quienes estuvimos dentro de la política lo sabemos. La misma Transición no podía haberse llevado a cabo únicamente con la emergente y poderosa fuerza socialista. Sin la fuerte personalidad de Carrillo, su templanza, su renuncia ideológica y su colaboración con el resto de los grupos parlamentarios, incluso en instantes donde sus militantes fueron asesinados, nada se hubiera entonces logrado. ¡Bien lo entendió el más lúcido, Suárez! Por eso sumó a Santiago Carrillo a un tren del que ya afortunadamente no nos bajaríamos.

3 Comments
  1. Dani says

    El pragmatismo de Carrillo en la transición habla de su sobresaliente talante político. Hay, por lo menos, dos Carrillos

  2. Llorente says

    Desde ‘Miseria y grandeza del Partido Comunista de España. 1939-1985’, de Gregorio Morán, no se ha publicado nada nuevo ni mejor sobre Santiago Carrillo.

  3. Lola says

    Carrillo se parece a mi abuelo.

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