Los ciudadanos «insurgentes»: Cómo conseguir la Unión Europea

4

Francisco Serra

Composición del Parlamento Europeo
Composición actual del Parlamento Europeo. / Wikipedia

Un profesor de Derecho Constitucional intentó de nuevo ir al cine a ver una comedia. Eligió para ello el más próximo a su domicilio, al que había venido acudiendo desde que era un chaval. Durante algún tiempo se convirtió en una sala de fiestas, uno de los míticos “templos” de la movida, pero hacía ya unos años que había reabierto sus puertas, transformado en un moderno multicine.

El profesor estaba muy decaído, porque el día anterior había recibido la noticia de que acababa de fallecer una persona muy querida. De edad ya muy avanzada, era la hija de un republicano de casino y vivía en una ciudad levantina, que abandonó, para casarse muy joven en Madrid, poco después del final de la guerra, con un falangista de primera hora que había encontrado acomodo en diferentes organismos oficiales para terminar empleado en la televisión; a la temprana muerte de su marido, ella descubrió la lastimosa situación en que había dejado sus cuentas. Siempre animosa, había conseguido sacar adelante a sus cuatro hijos con su modesta pensión de viudedad y fregando suelos para poder llegar a fin de mes.

Cuando parecía que podría disfrutar de una vejez tranquila, había tenido que enterrar a dos hijos, muertos a los cuarenta y tantos. A pesar de sus profundas convicciones religiosas, tantos duelos la habían llevado a desear una buena muerte… hasta que la súbita irrupción de la crisis dejó a otro de sus hijos, que vivía con ella,  sin trabajo; además, sus nietas aún estaban estudiando y necesitaban ayuda. Tres generaciones dependían de su subsidio y había pospuesto una y otra vez una operación arriesgada que hubiera podido mejorar su calidad de vida, temerosa de dejar a su familia sin recursos, si no salía bien.

El profesor mientras caminaba hacia la sala de cine pensó en todos los que en España se encontraban en la misma condición y dependían de una exigua paga para poder sobrevivir. El estallido social, reflexionó, está a punto de tener lugar o quizás ya ha ocurrido y solo falta que la onda expansiva alcance a toda la comunidad. El profesor dio clase hace mucho tiempo a un estudiante que había sido artificiero: “cuando está a punto de producirse la explosión”, decía,  “hay una extraña calma, parece que nada se mueva… hasta que unos instantes más tarde las cosas vuelan por los aires”.

El artificiero también le contó al profesor que, en algunas ocasiones, si no sabían la manera de desconectar el artefacto, preferían provocar una “voladura controlada”. Al profesor se le ocurrió que la única manera de evitar que esa próxima detonación acabara con todo era liberar la energía destructiva de un modo, a la vez, creativo, una “destrucción creadora” que no supusiera tanto el final de un mundo como el comienzo de otro y se le ocurrió una forma muy sencilla de conseguir ese objetivo.

Los ciudadanos europeos se estaban viendo ahogados por unas políticas de austeridad impuestas desde la UE que no estaban consiguiendo resultados positivos sino, por el contrario, arrojando a familias y Estados enteros a la miseria. A la población nunca se le había preguntado su opinión sobre la dirección de los asuntos económicos. Los eurócratas, obscenamente bien pagados, dictaban unas soluciones que forzaban a aceptar a los diferentes gobiernos.

Los “últimos románticos” habían creído que para recuperar la soberanía había que “asediar” los Parlamentos nacionales, sin darse cuenta de que en esos recintos ya no se decide nada, sino solo se “convalidan” medidas que han sido tomadas en otra parte. En la historia fundacional de nuestra cultura se encuentra, sin embargo, la leyenda de que una “ciudad sitiada” puede volverse casi inexpugnable y que la mejor manera de burlar el cerco es mediante un ardid, introduciendo un Caballo de Troya para desde dentro tomar la plaza.

El procedimiento para alterar la dirección de los asuntos europeos no es rodear las Asambleas nacionales y ni siquiera el Parlamento europeo, tan lejano, sino presentarse a las elecciones europeas con un programa claro: acabar con la idea de Europa que se está imponiendo y que ni siquiera es la de los “mercaderes”, sino la de los “mercachifles”, chamarileros pretendiendo vendernos un crecepelo milagroso o un jarabe para la tos envenenado.

El profesor amaba la cultura alemana, pero siempre había tenido conciencia de la dificultad de su lengua. Incluso aunque una palabra se escriba igual, la pronunciación puede ser muy distinta. Europa en alemán se pronuncia algo así como “oigopa”, aunque se escriba como en castellano,  y puede que esa diferencia refleje concepciones diversas. Hace tiempo que sabemos que la forma determina el contenido y si queremos crear algo nuevo, una unidad continental, deberíamos buscar una palabra nueva, que se diga igual en todas las lenguas. A lo mejor, antes que políticos o economistas que diseñen la Unión, necesitamos filólogos que encuentren un término adecuado para la utopía a alcanzar.

Hasta ahora las elecciones europeas han sido desdeñadas por los votantes, que se limitan a castigar a sus partidos en el gobierno. Lo que sería preciso, pensó el profesor, es que los ciudadanos, por una vez, se dieran cuenta de que es la única oportunidad que van a tener de protestar contra esa idea restrictiva de la Unión. Hay que entender los comicios como un verdadero referéndum encubierto y que puede ganarse simplemente presentando un movimiento de ciudadanos “insurgentes” (a ser posible en todo el territorio de la Unión),  ajeno a los partidos políticos tradicionales.

No se trataría de “antipolítica”, sino de todo lo contrario, “hiperpolítica”, intentar que de toda la fuerza común se origine un proyecto diferente de Europa. No se trata tanto de acabar con una “Europa alemana” (“oigopa”) como de construir la verdadera Europa, la “Unión de los ciudadanos”.

No habría que predicar la abstención o el voto en blanco, sino la máxima participación. La Europa de los mercachifles ha podido consolidarse por el desinterés de los que la habitan. Cuando el profesor empezó a dar clase tenía quinientos alumnos matriculados en su grupo y un aula asignada con menos de cien asientos. Si todos hubieran asistido habría habido que buscar una solución. Con las instituciones continentales pasa lo mismo: se han aprovechado de la falta de conciencia del electorado. Si todos participan, habrá que adecuarlas a nuestros intereses, reflexionó el profesor.

A nadie se le escapa que el Parlamento europeo no tiene demasiadas competencias, porque la Unión europea, como tal, no es un Estado por completo democrático: no hay auténtica separación de poderes. Siempre se había calificado a las Constituciones de los países socialistas como “semánticas”, pura palabrería, porque no mencionaban casi nunca la verdadera fuente de las decisiones esenciales. Los Tratados europeos son palabras amontonadas sobre palabras. No podemos votar en las elecciones alemanas (donde hoy por hoy parecen establecerse las directrices económicas y políticas), pero podemos mostrar nuestro rechazo simbólico en las europeas.

Constituye una paradoja que la escasa utilidad práctica del Parlamento europeo como factor de política real motive que cobre más fuerza moral la protesta, porque no está en juego la gobernabilidad (por mucho que se diga, la posibilidad de elegir al Presidente de una Comisión ineficiente no va a significar que el poder cambie de manos). Un gran filósofo alemán (y que tal vez por ello tuvo que permanecer mucho tiempo en el exilio) escribió una vez: “porque no sirve para nada no está caduca la filosofía”. Porque el Parlamento europeo es más una ficción que una realidad, podemos con total libertad elegir nuestros representantes en él, ni de los partidos políticos, ni de los gobiernos, ni de los Estados, sino de los ciudadanos europeos”.

Es muy probable que si los resultados no son del agrado de los auténticos dirigentes se disuelva el Parlamento (como ha sucedido en muchas elecciones nacionales) o incluso el “pueblo” mismo, pero sería la primera vez que surgiera un verdadero “pueblo europeo”. Siempre se ha dicho que lo que forja a las naciones es tener un enemigo común, pero lo que no estaba previsto es que ese adversario pueda estar dentro y a lo mejor, si cada uno pone algo de su parte (algo tan democrático como introducir un voto en la urna) nos podríamos liberar.

Cuando el profesor llegó al cine se encontró con que estaba cerrado, porque había dejado de funcionar, sin duda por la crisis (y la normativa que adoptó el Ayuntamiento hace unos años). La semana anterior había pasado con su hija por delante y aún estaba abierto, recordó con tristeza. Y se refugió en sus sueños para huir de la pesadilla en que se estaba convirtiendo la vida en Madrid, en España, en “Oigopa”, en los últimos tiempos.

4 Comments
  1. Concha says

    Se han cargado la Morasol como se están cargando todo. Ni el placer de ver una película cerca de casa, que nos evada de tanta miseria, nos dejan En fin, una pena.
    ¡Felicidades por su artículo profesor Serra!

  2. juan gaviota says

    Me ha gustado el articulo, y la filosofía política que le acompaña.
    Viendo el arco parlamentario europeo ,se va claramente que el 80% del dichoso arco ,es defensor de la política de derecha /derecha extrema /extrema derecha /neoliberales /neofascistas, y con este parlamento ,que esperamos que suceda, que vuelco se puede dar; Y lo mas patético de todo es ,que a esta gente les han votado los ciudadanos europeos,lo que da una imagen muy clara del tipo de sociedad en la que vivimos.
    Lo veo mal,pero como no he perdido todavía la esperanza, abogo por que los representantes del pueblo se presenten a las elecciones.
    Y lo más difícil todavía ,por que cada partido defienda los ideales de las siglas por las que se presenta.

  3. Lola says

    Estupendo artículo y excelente reflexión. Felicidades

  4. Herminia says

    Empezamos el fiasco por el Tratado de la Unión Europea, un centón que no hay quien se los lea

Leave A Reply

Your email address will not be published.