¿Europa judaizable?

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Pedro Costa Morata *

Los relativamente numerosos manifiestos y declaraciones que apelan a fortalecer un europeísmo que naufraga –el de la Unión Europea (UE), a la que se quiere hacer igual a Europa, con trampa evidente– asombran por su resistencia a señalar de forma directa y fundada a las personas, instituciones y políticas que deben cargar con la responsabilidad de ese descreimiento acelerado; y esta negativa a hablar con claridad parece consolidarse en la medida en que ese europeísmo resulta más indefendible y agónico. Estas proclamas son variopintas, aunque tienen el valor de vincular, al menos frente a este toque de rebato europeísta, a personajes, ideologías y visiones que siempre resultan sugerentes y didácticos.

Uno de estos textos, el llamado Manifiesto por la Unión, que publicó el diario El País (26 de enero pasado) sin conseguir mayor atención que tantos otros, ofrece la nota significativa de pretender imbricar en la historia europea el “factor judío” de forma forzada y abusiva, en detrimento de otros elementos no menos presentes, singularmente el islámico. Lo firman inicialmente una docena de intelectuales entre los que figuran los españoles Juan Luis Cebrián y Fernando Savater, pero por sobre todos ellos se enseñorea el francés Bernard-Henry Lévy (BHL), al que se le debe atribuir la redacción inicial (y seguramente la iniciativa).

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Es importante prestar la mayor atención al papel de BHL en este texto ya que tan celebrado intelectual aporta el toque judaizante en fiel correlación con su reconocido papel de quintaesencia ideológica judeo-israelí en su expresión europeo-dominante (es decir, francesa), lo que le hace mostrarse como belicista inveterado y entusiasta de cualquier guerra que consista en la agresión de Occidente a países árabe-musulmanes (Irak, Afganistán, Gaza, Libia, Siria…). Lévy es considerado un “filosofo de éxito” que recibe el ciento por uno en sus aportaciones a la sociedad liberal instituida, bien sea en lustre, en reconocimiento o en beneficios varios por parte de todos los medios conservadores de Francia; aparece desde hace unos años bien alojado en las páginas de El País, distinguiéndose entre sus escritos los que defienden a ultranza a Israel y sus exacciones. Sus éxitos y fama no han dejado de acumularse desde que –en aquel momento histórico en el que el neoliberalismo iniciaba en Europa y Estados Unidos su andadura reaccionaria hacia el dominio político-económico global– publicara La barbarie humana (1977), una de las obras fundacionales de aquel grupo de intelectuales provocadores hasta el exhibicionismo llamados “nuevos filósofos”.

Figura junto al líder BHL una docena de intelectuales aparentemente difíciles de homogeneizar pero que, a juzgar por la expresión de su alarma y el sentido de sus anhelos, bien podrían alinearse en algún tipo de intelectualidad desclasada y enfrascada en ese inquietante proceso –llamativamente acrítico y voluntariamente inexacto– de disolución de lo político en lo intelectual, que es fenómeno de nuestro tiempo, sí, pero que ha convertido a la UE y su mitología en uno de sus focos de atracción y referencia. Savater, Eco, Magris y por supuesto Cebrián (siempre a la búsqueda de camuflajes que disimulen su papel real en la sociedad neoliberal más conspicua), aparecen entre los cofirmantes más conocidos en España, alineándose con este texto en el que predominan las lamentaciones ambiguas, las quejas imprecisas y, en resumen, la “denuncia del cinismo, populismo y chovinismo rampantes en Europa”, alertando de que “o el continente da un paso decisivo hacia la integración política en Europa o se sumirá en el caos”.

Pero lo que más ha llamado nuestra atención en ese texto, entre su aburrido despliegue jeremíaco, es la reivindicación judeo-europeísta poco sutil que hace, que no solamente desvela la marca BHL sino que, y sobre todo, quiere “colar” de forma oportunista pero artera y, cuando menos, desproporcionada, el papel de lo judío en la formación de esta Europa que, en su alarmada opinión, parece estar en las últimas víctimas de una incomprensión generalizada, lo que se atribuye a vagos actores: instituciones financieras sin conciencia ni memoria, moneda única abstracta, egoísmos nacionalistas… El redactor sufre cuando contempla, dentro de la desolación europea, el maltrato que sufren dos “cunas de Europa”, Atenas y Roma, aprovechando para añadir, como tercera cuna y matriz, “el espíritu de Jerusalén”, que aunque hubiera podido atribuirse tanto a lo judío como a lo cristiano o musulmán –o a los cataclismos habidos entre ambos tres monoteísmos, que han envuelto al mundo en las guerras más cruentas y estériles–, la caracterización del inspirador BHL impide llevarlo a coordenadas distintas de las del interés de parte. Esto lo abonan otras dos alusiones que también buscan sobredimensionar lo judío en la Europa reciente: la evocación de “la época en la que por las calles de Francia se cantaba ‘todos somos judíos alemanes’” (tras ser insultado un estudiante por un ultra) y el recuerdo de las conferencias (se supone que precursoras del “espíritu europeo”) pronunciadas por Husserl en 1938 en Viena y Berlín, “en vísperas de la catástrofe nazi”.

En este Manifiesto no se encuentra ni una sola palabra que remita a lo musulmán como realidad estructural en la historia de Europa… Tampoco al Califato cordobés y la España musulmana, donde se gestó una parte importante de la ciencia y la filosofía que generarían el brillo cultural europeo de los siglos XV y XVI (Savater y Cebrián, al menos, ya podrían haber sugerido esa aportación como españoles de cultura, evitando que se advirtiese su escasa afición para lo árabe-musulmán, además de su papel subsidiario ante la estrategia interesada de BHL). Este olvido tan poco prudente ha tenido lugar cuando veía la luz un riguroso trabajo del filósofo Miguel Manzanera, La senda de la razón (el racionalismo musulmán en la Edad Media), en el que una vez más se hace justicia al papel excepcional que la cultura desarrollada en el dominio político-musulmán de Al Andalus (en el que también brilló la aportación judía, por cierto) desempeñó en la transmisión del saber clásico hacia Europa y como antecedente inmediato del Renacimiento.

Aunque, siendo exactos, el texto que nos ocupa no ha olvidado del todo “la cuestión musulmana” en Europa, si bien en la forma más personalista, parcial y retorcida posible: encomiando “la pequeña internacional de espíritus libres que luchaba hace 20 años por esa alma europea que encarnaba Sarajevo bajo las bombas y presa de una despiadada ‘limpieza étnica’”… ¡Excepcional remate, ciertamente, de ese resumen que identifica lo europeo con realidades y falacias, fundamentos y caprichos, y que no escapa a la demostrada consigna que en su día esparció por Europa la especie de que a los serbios había que asimilarlos con  los nazis! A BHL le traiciona, y no somos los únicos en subrayarlo, su frustración por no ser incluido entre la más prístina intelectualidad de connotación judeo-universalista, que ha sido siempre generosa, progresista y por supuesto laica en sentido integral, es decir, liberada de la mitología judeo-exclusivista, escatológica e hiriente, que sigue perturbando la paz mundial y presionando por la falsificación histórica.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.
1 Comment
  1. juan gaviota says

    El becerro de oro, manda y ordena en el poder financiero; Y el poder financiero es el único Dios que rige los destinos del planeta.
    Y todo aquel que quiera chupar de la teta, tiene que hacer piña con este poder y acomodarse a su verdad, a su juicio parcial, y a su versión de la historia .

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