¿Fin prematuro de los Hermanos Musulmanes?

Santiago Alba Rico *

Las cosas van muy deprisa. Hace apenas un año un modelo parecía imponerse de manera irresistible en el nuevo mundo árabe en gestación a partir de las intifadas populares: el que debía llevar al poder, por la vía democrática, a los islamistas “moderados” asociados a la constelación de los Hermanos Musulmanes. Así ocurrió en Túnez con Nahda y en Egipto con Justicia y Libertad; en Libia no ganaron las elecciones, pero constituyen sin duda la fuerza mejor articulada y la más influyente; en Siria, dominan también la oposición en el exilio. Este modelo es apoyado desde Qatar, enano aupado en enormes zancos financieros, y sobre todo desde Turquía, país gobernado por el islamista AKP al que la “primavera árabe” brindó la oportunidad de restablecer su influencia regional histórica, en un viraje político que muchos analistas han llamado “neo-otomano”. La imparable ascensión de los Hermanos Musulmanes -en cierto sentido, normalización de una relación de fuerzas reprimida o clandestina- explica también, por ejemplo, el cambio de posición de la organización palestina Hamas frente al régimen de Bachar Al-Assad, del que era aliado hasta hace poco más de un año.

Pero este modelo, que prometía democratizar y estabilizar la región sin rupturas económicas y que contaba por eso con el apoyo de las potencias occidentales, ha revelado muy pronto sus limitaciones bajo la triple presión de la crisis económica global, los conflictos geoestratégicos y la movilización popular. Naturalmente no podemos inscribir las protestas del mes pasado en Turquía en la “onda larga” de la llamada “primavera árabe”. Pues si es verdad que unas y otra -como el 15-M, Occupy Wall Street o ahora Brasil- se asientan en la misma “falla tectónica” del capitalismo, hay entre la intifada turca y las árabes -digámoslo así- quince años de diferencia. Pero, más allá de las especificidades, lo que es innegable es la repercusión de esa revuelta turca sobre el mundo árabe, en el sentido de que ha erosionado gravemente el prestigio de un “modelo de transición democrática”, el de Erdogan y el AKP, que parecía conciliar limpiamente democracia, tradición y crecimiento económico.

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El modelo turco o, lo que es lo mismo, el modelo de los Hermanos Musulmanes se descascarilla muy rápidamente, como lo demuestra también la abdicación del emir qatarí Hamad Al-Thani en su hijo Tamim. En Túnez las últimas encuestas revelan el desgaste de Nahda, que habría perdido en torno a 10 puntos respecto de las elecciones de octubre de 2011. Y en Egipto, una movilización popular sin precedentes, más multitudinaria aún que la que derrocó a Moubarak, tiene estos días a Mohamed Mursi y su gobierno contra las cuerdas. A los que, desde la izquierda, hemos anunciado y deseado esta deriva, la noticia debería alegrarnos. Nos alegra. Pero al mismo tiempo es difícil no plantearse la cuestión: ¿no es demasiado pronto? ¿No es demasiado rápido?

En Túnez, donde la movilización social ha disminuido, pero la polarización política aumenta, la alternativa a Nahda no es el Frente Popular, la coalición de la izquierda, sino Nidé Tunis, el partido de los nostálgicos del bourguibismo y de los fulul del RCD (el partido de Ben Ali), al que se suman las fuerzas laicas islamofóbicas, las cuales -por ejemplo- han votado contra la llamada Ley de Protección de la Revolución, que impide a los ministros y dirigentes de la dictadura ocupar cargos públicos durante 7 años (ojalá en España hubiéramos tenido una ley así tras la muerte de Franco). Más a la derecha, también en la oposición, tenemos a los salafistas, cada vez mejor organizados en los barrios populares, donde ganan apoyo precisamente entre los jóvenes que hicieron la revolución (tengo amigos de la Qasba que coquetean hoy con Ansar-Acharia). Al contrario que en Egipto, el ejército tunecino no es una institución “política”, pero muchos analistas se han sentido alarmados por el reciente discurso de despedida, entre amenazador y solemne, de Rachid Ammar, el jefe de Estado Mayor, ahora jubilado, que alcanzó gran notoriedad y prestigio por su negativa a disparar sobre el pueblo durante la revolución.

sede Hermanos Musulmanes
La sede central de los Hermanos Musulmanes, en El Cairo (Egipto), tras ser incendiada y saqueada por opositores al Gobierno de Morsi. / Khaled Elfiqi (Efe)

En Egipto las movilizaciones son descomunales, emocionantes, esperanzadoras, pero también inquietantes. Fruto del malestar creciente de una población que ha visto traicionadas todas sus esperanzas democráticas y económicas, reúnen a toda la oposición: desde los infatigables jóvenes revolucionarios y numerosos votantes desencantados a los partidos de izquierda y los fulul de la dictadura. Su legitimidad deriva de su número, su amplitud, su transversalidad, pero parece dejar pocas salidas. Al contrario que en Túnez, el ejército egipcio es el pilar político y económico del Estado y su tradición es antidemocrática y pro-estadounidense. Y hay una gran diferencia entre un ejército cuyos soldados se niegan a disparar contra el pueblo y se unen a un movimiento revolucionario y una cúpula militar que da un ultimátum a un gobierno legítimamente elegido en elecciones democráticas. Eso se llama golpe de Estado y el comunicado emitido ayer por la jefatura del Estado Mayor -en el que se da a Mursi un plazo de dos días para satisfacer “las demandas del pueblo”- es en realidad una amenaza de golpe militar que -como lo indican las declaraciones de Obama- cuenta con respaldo estadounidense. EEUU no puede querer eso ahora y se trata sólo, muy probablemente, de una estrategia destinada a hacer presión sobre las dos partes, pero produce una cierta inquietud el grito de júbilo de Tahrir ante la declaración del ejército, así como el inmediato comunicado de Tamarrud (Rebelión), el movimiento que convocó a las manifestaciones y que saluda con entusiasmo la intromisión militar.

Este derrumbe “demasiado pronto” y “demasiado rápido” del modelo ikhuani (de los HHMM) amenaza con devolver el mundo árabe a un estado “pre-primaveral”, con un enfrentamiento entre autoritarismos laicos e islamismos radicalizados, del que la izquierda -junto a los pueblos- sería una vez más la víctima. Bachar Al-Assad se debe estar frotando las manos de satisfacción, pues ésa ha sido, desde el principio, su estrategia: la de inmovilizar o revertir el tiempo de los pueblos en favor del tiempo de las geoestrategias y los dilemas sectarios (el General Mal Menor, que diría Bernanos). Hay pocos espectáculos más repugnantes -aparte los golpes en el pecho, hipócritas y retóricos, de los que dicen apoyar la revolución siria desde Occidente y el Golfo- que el apoyo de la dictadura aasadista a los revolucionarios de Tahrir. Mientras nuestros afines en Siria, los que estarían en Taqsim, en Sol, en Tahrir, siguen luchando al mismo tiempo contra Assad y contra Al-Nusra (las manifestaciones en las zonas liberadas son sistemáticamente silenciadas por nuestros medios) esta “solidaridad” del asesino de demócratas sirios con los demócratas egipcios (que se dejan tentar por el ejército) da toda la medida de la complejidad de la situación y de los muchos peligros que amenazan a los movimientos populares.

(*) Santiago Alba Rico es escritor y filósofo.