El ‘caso Snowden’: La vida en el Estado zombi

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Francisco Serra

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Un manifestante cubre su cara con una foto de Snowden durante una manifestación celebrada en Berlín (Alemania) el pasado 4 de julio. / Ole Spata (Efe)

“¡Papá. Papá! Voy a lavarme los dientes y te espero en el ataúd para que vengas a leerme un cuento antes de dormir”. Un profesor de Derecho Constitucional asintió con la cabeza a los requerimientos de su hija y se dispuso a guardar en el ordenador el documento que estaba escribiendo. A los niños les proporciona seguridad la continua repetición de la rutina, saber que todos los días se llevarán a cabo idénticas acciones.

No podemos bañarnos dos veces en el mismo río, afirmó hace siglos un sabio griego, pero en el fondo siempre hemos sido conscientes de que estamos condenados al eterno retorno de las cosas. Cuando el profesor era niño, antes de conciliar el sueño, se le aparecían bellos angelitos que guardaban su cama. Ahora los niños llaman féretro a su lecho y, si no pueden dormir, se ponen a pensar en los “pequeños vampiros”, que vigilan en la oscuridad y pueden acudir, rápidos, para ahuyentar a cualquier intruso que pretenda perturbar su reposo.

El profesor estaba muy alejado de cualquier visión catastrofista, para la cual todo tiempo pasado fue mejor y nos  estamos internando en el peor de los tiempos posibles. Los niños de hoy en día conviven de forma natural con monstruos, dráculas y muertos vivientes, pero, por muy chocante que nos pueda parecer, en el fondo habitan en un mundo más plácido que el de sus padres.

Todavía algunas noches el profesor se despertaba, sudoroso, víctima de terribles pesadillas, recurrentes desde la infancia, porque algún pariente tuvo la peregrina idea de regalarle para su primera comunión un libro, profusamente ilustrado, dedicado a la vida de “niños santos”, la mayoría mártires que habían perecido en la defensa de su fe cristiana.

También, por aquellos años, acostumbraba a leer los tebeos de la editorial Novaro, de México, que narraban las “vidas ejemplares” de hombres (y algunas mujeres) destinados a alcanzar grandes logros en diferentes ámbitos: en la ciencia, en la política, en la religión.

La conducta poco edificante de nuestras élites ha llevado a muchos a añorar esos modelos de supuesta virtud, pero cualquiera que saque del desván aquellas publicaciones descubrirá cómo en esa colección aparecían muchos personajes nada dignos de ser imitados. El problema, pensó el profesor, es mucho más sencillo. Un argentino dedicado al sector editorial le había comentado, ya hace tiempo, la mejor manera de resolver los problemas de su país: “No necesitamos santos ni héroes. Basta con que los dirigentes no metan la mano en la caja”.

Pensamos que en el momento presente se ha llegado a una situación de degradación y a grados de control hasta hace poco inimaginables, que el mundo solo es una gigantesca prisión sometida a vigilancia perpetua, pero en el fondo la corrupción y el espionaje han existido siempre. Los informantes del gobierno prusiano siguieron a Karl Marx en su exilio londinense, pero llegaron a la conclusión (algo precipitada, como se demostraría mucho después) de que no era peligroso, porque se limitaba a estudiar en la sala de lectura del Museo Británico y a charlar con los amigos. “Además, llega a casa por la noche con frecuencia bebido”, apostillaron.

El Estado moderno, ese Dios mortal, como lo caracterizaba Hobbes, surgió del miedo, un miedo político que, escribía Tierno Galván, el viejo profesor, lo altera todo, porque para quien lo padece  “el mundo se transforma en ojos  y cadenas: unos vigilan, otras atan”. Tal vez hoy el Leviatán, el monstruo marino de la metáfora hobbesiana, ya no existe, ha fallecido, pero en nuestra época nos hemos acostumbrado a coexistir con los muertos vivientes, que pueblan nuestra fantasía: la serie de televisión preferida de los norteamericanos es The Walking Dead y en ella grupos de hombres y mujeres intentan hacer frente a un Apocalipsis zombi.

En el Estado zombi del presente se escudriñan nuestros actos, nuestros correos electrónicos, nuestras búsquedas en internet, nuestra presencia en las redes sociales. Unos meses antes, el profesor se había encontrado con una amiga a la que hacía mucho que no veía y, ya prejubilada, colaboraba con el movimiento de liberación saharaui. Al intercambiar correos, le advirtió de que, al escribirla, no debía proporcionar información comprometida. “Los americanos piensan que soy mala”, había asegurado, riéndose.

El profesor, de natural confiado, no le dio mayor importancia a la advertencia: al fin y al cabo, ella había estado varios meses sin poder cocinar o ducharse con agua caliente por un litigio con la compañía del gas. Hoy sabemos que, en potencia, todos somos “malos”. Los gobiernos europeos, más que quejarse por ser espiados, se lamentan de ser tratados no como amigos, sino como posibles enemigos. Un estudioso de la filosofía política le había asegurado, meses atrás, que por ser especialista en la obra de Carl Schmitt y colaborar en cuartopoder.es él mismo debía constar, aunque fuera de forma sucinta, en el archivo de los servicios secretos.

Mas en el Estado zombi ya no se persigue el  bienestar común, sino los intereses privados y se prefiere indagar más en los movimientos económicos que en la llamada seguridad nacional, si no es imprescindible. Aunque todos podamos ser vigilados, qué duda cabe, la mayoría llevamos, para un observador racional, una existencia anodina (por muy gratificante que pueda ser en ocasiones para nosotros mismos) que por su propia insignificancia no despierta la atención de los encargados de llevarla a cabo.

Al día siguiente, el profesor paseaba con su hija y dejaba vagar sus pensamientos, cuando la niña le propuso jugar a las palabras encadenadas. “¡Empiezo yo!”, dijo la pequeña, y al ver el cartel publicitario de una película infantil que acababan de estrenar propuso: “¡Monstruo! ¡Tienes que buscar una palabra que empiece por truo!” Es muy fácil, aseguró el profesor: por ejemplo, truo… y se devanó los sesos sin encontrar ninguna. Al llegar a casa, comprobó en el Diccionario que no existía ninguna palabra en castellano que empezara por esa sílaba. Tal vez, reflexionó, al final de la época del Estado considerado como un mons-truo, aparece algo que aún no sabemos nombrar, el comienzo de una nueva cadena… y, como siempre, parece lejano el tiempo en que podamos liberarnos de lo que nos ata de modo tan firme.

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