Casa de citas

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Rajoy escucha a su vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, durante el pleno sobre el 'caso Bárcenas'. / J. J. Guillén (Efe)

Pasaban diez minutos de las nueve de la mañana cuando Mariano Rajoy dijo “Bárcenas”. Concretamente “Caso Bárcenas”. Casi se podían escuchar los coros de ángeles y las trompetas celestiales. Con un poco de imaginación incluso era posible ver las banderas al viento, el crepitar de los fuegos artificiales y las decenas de majorettes que, semidesnudas, bailaban alrededor del presidente del Gobierno. Solo por escucharle pronunciar, por fin, el apellido de su ex tesorero, ¡le citó hasta en 14 ocasiones!, había merecido la pena esperar siete meses: asistir a la comparecencia en carne y hueso de Cara de plasma se había convertido en una fiesta de la democracia.

Y eso que no hubo alfombra roja. Ni una esterilla de Ikea. Ni tan siquiera ese azulejo de Talavera que se coloca en la entrada de algunas casas y en el que se puede leer “Hace un día estupendo, seguro que viene alguien y lo jode”. Mariano Rajoy, rodeado por sus subalternos como el señor Blanco en el cartel de Reservoir Dogs, fue recibido en el Parlamento con frialdad. El ambiente era de enorme  expectación, pero de muchas dudas. Y es que mientras miles de españoles salían en busca de sus merecidas vacaciones, Mariano entraba en busca de un merecido rapapolvo.

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“No me siendo ni amenazao, ni chantageao, dijo el presidente, que alardeó de acudir por voluntad propia al Congreso (una vez terminada La Liga y el Tour) y no por la amenaza de moción de censura. Y aseguró hacerlo para hablar de corrupción, no de economía: “Evítense el ridículo de decir que me han traído a rastras… he venido para evitar que los despropósitos sigan creciendo”. Y pasó a hablar de economía. “Señores, estamos a punto de salir de la recesión, paso imprescindible para la reactivación económica”.

¿Economía? De la misma forma en que Umbral no fue a televisión para comentar otra cosa que no fuera su libro, Rajoy no acudió a esa Cámara para hablar de otra cosa que no fuera Bárcenas. A las 9:26 comenzó a rajar de su ex tesorero. “Me equivoqué”, resumió, “al mantener la confianza en alguien que no la merecía”. Y dejó algunas frases para la historia de la obscenidad: “Di crédito al señor Bárcenas. Era una persona de confianza. Me fie de él y le apoyé. Creí en su inocencia. Hasta las cuentas en Suiza…”;  “La media docena de verdades que utiliza como cobertura de sus falsedades”; “Se han pagado sueldos, sí, se han pagado remuneraciones complementarias, sí, como en todas partes...… Sí, como en todas partes”.

¿Se refería a los famosos sobres? Sí, pero recurrió al diccionario de sinónimos de la señorita Cospedal y les llamó algo parecido a “suplidos a justificar por gastos inherentes al cargo”. ¿Los papeles de Bárcenas? “Un renglón escrito al vuelo en un papel arrugado”, dijo antes de arremeter contra la oposición, la prensa y el resto de creadores de lo que, en pleno delirio, ve como una teoría de la conspiración. La inicial charla de estímulo para el país se había convertido en una apología de la fosa séptica como hábitat político.

Las manos de los miembros del grupo parlamentario popular sangraban de tanto aplaudir. Sobre todo cuando pasados 45 minutos de las nueve de la mañana Mariano Rajoy dijo “insidias”, la palabra que cerraba el círculo, que encajaba a la perfección con “Bárcenas”, que elevaba el cretinismo y la estupidez a la categoría de discurso político.

Pero la frase más pronunciada por el Presidente fue “fin de la cita”, repetida una y otra vez a modo de mantra tras leer entrecomillados de la oposición, al parecer auténticos responsables del Caso Gürtel y de la corrupción del Partido Popular. Una coletilla que se volvió en su contra en el momento en que Rubalcaba inició su discurso: “Desde el caso Gürtel no han hecho otra cosa que mentir”, dijo el líder del PSOE, que utilizó como citas los SMS entre Rajoy y Bárcenas, esos patéticos mensajes de ánimo entre un presidente del Gobierno y “un socio en apuros”: “Yo estaré ahí siempre…”, “Luis, se fuerte, mañana te llamaré…”, “Luis, nada es fácil, hacemos lo que podemos…”. Fin de la cita.

El Senado, convertido en casa de citas.

Tras Rubalcaba, y con el bar de la Cámara lleno hasta la bandera, se apelotonaron los subalternos: Duran i Lleida (“Vamos a creerle lo que diga porque no podemos pensar que no diga la verdad aquí. Si después se demuestra falso, habrá consecuencias”), Cayo Lara (“Si lo de Bárcenas era la sisa, ¿cuánto era el principal?”), Joan Coscubiela (“Este país no se merece a un corrupto como presidente del Gobierno”), Chesúa Yuste (“De la mafia no esperamos que venga la regeneración democrática”), Rosa Díez (“No hay chantaje al Estado, hay chantaje a Rajoy. Usted pone en peligro al Estado al permitir que éste sea el caso Rajoy”)…

Rajoy les miraba a todos con la cara torcida del funambulista al que están quitando la red. Aturdido, impotente, nervioso, rodeado de enemigos omnipresentes y a la vez inagotables. Presentaba una bonita cara a la que abofetear. Y le abofetearon, algunos con saña, llamándole “corrupto” e “inútil”. Pero el reglamento del Congreso es tan cutre, tan acartonado y poco práctico, tan gubernamental, que dejó que los portavoces realizasen cientos de reflexiones y formulasen otras tantas preguntas para que finalmente el Presidente respondiese solo a lo que quería, puesto que su réplica es al resto de grupos en conjunto. Una pantomima democrática. Una tomadura de pelo. Lo que necesitaba este caso de corrupción no eran largos discursos y respuestas al sol, sino todo lo contrario: preguntas y respuestas rápidas, diálogos de ida y vuelta, agilidad.

¿La respuesta de Rajoy al resto de parlamentarios?

Leída. Es decir, escrita antes de las intervenciones del resto de grupos parlamentarios. No tenía ninguna intención de responder a una sola de las preguntas planteadas. “Ni voy a dimitir ni voy a convocar elecciones anticipadas porque no me siento culpable”. “No he venido a la política a enriquecerme, porque tengo profesión”. “No soy un compendio de virtudes como usted, señor Rubalcaba, pero soy una persona recta y honrada”. “No tengo constancia de haber hecho nada contrario a la ética”. Fin de las citas. Me quedo. Me aferro al poder. Me sigo riendo de todos vosotros.