Canarias: esquizofrenia político-energética

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Pedro Costa Morata *

Las Islas Canarias viven un generalizado rechazo a las exploraciones petroleras que Repsol pretende realizar frente a Lanzarote y Fuerteventura, en el subsuelo marino de la plataforma continental que las separa de África. Esa oposición coincide en el tiempo con la resistencia que en Fuerteventura muestran población e instituciones al trazado de una línea de alta tensión que Unelco-Endesa, la empresa eléctrica monopolística de las Islas, quiere trazar de norte a sur para interconectar la isla con las vecinas Lanzarote y Gran Canaria. Contra el primer proyecto se argumentan razones ambientales netas: una actividad, sucia y de alto riesgo como es la exploración petrolífera y, más todavía, la explotación de petróleo futura y posible, constituye un peligro para el buen estado de las aguas canarias, que son la base de la principal actividad económica de las Islas, el turismo, pero también del suministro de agua potable de la población, una vez desalada. Frente a la línea de 132.000 voltios proyectada se interponen motivos estético-paisajísticos, sí, pero también se critica que tanto la empresa eléctrica como las autoridades no planeen poner en explotación los recursos energéticos naturales de las islas, el sol y el viento sobre todo, lo que daría lugar a un sistema de producción y consumo netamente distinto al actual, sin problema tecnológico especial, sostenible en lo ambiental y más barato en sus costes a medio y largo plazo. La valoración que los canarios vienen haciendo de su paisaje como recurso básico y la decisión con que se enfrentan a coaliciones político-económicas que sólo en apariencia son invencibles, ya tuvieron expresión adecuada cuando en 2000, en el área sureste de Tenerife, el alcalde de Vilaflor de Chasna capitaneó una ofensiva contra el proyecto de línea de alta tensión que la atravesaría para unir la central de Candelaria con las zonas turísticas del sur: una manifestación en la capital de la isla reunió a 100.000 personas, la mayor, probablemente, de la historia de las islas; y el proyecto sucumbió.

Con las exploraciones de Repsol sólo se muestra a favor el Gobierno de Madrid, que con un ministro de Industria canario se enfrenta al Gobierno canario, a los Cabildos isleños (controlados por Coalición Canaria-PSOE) y a la mayor parte de la opinión pública; y algo parecido sucede con la línea eléctrica, ante la que el Cabildo de Fuerteventura se muestra también crítico y reticente.

En ambos casos, sin embargo, y aunque las instituciones políticas vengan oponiéndose a estas perspectivas preocupantes, son los ecologistas el grupo social que, organizado y prestigioso, lidera la ofensiva con la claridad de ideas que lo caracteriza y la capacidad de gestión en el ámbito de la política a la que ya se ha acostumbrado. Tanto en Lanzarote como en Fuerteventura los Cabildos no dudan en “coaligarse” con este movimiento y en recurrir a su experiencia y lealtad ambiental, lo que sin duda favorece que el resultado final haya de resultar positivo; los ecologistas, como siempre, quieren que en la resolución de estos conflictos haya algo más que pronunciamientos y recursos y, por ejemplo, se tome en serio la reestructuración eléctrica en las Islas, lo que podría llevar –por qué no– a la cabildización de los sistemas eléctricos insulares, dando una lección a Unelco.

Una teoría geoenergética general dice que los centros productores y los consumidores deben aproximarse lo más posible; y esto, en comarcas homogéneas y definidas –y sobre todo en islas– dotadas de recursos es de un logro tan fácil como directo y provechoso. Así se reduce la necesidad de utilizar líneas de media y alta tensión para el transporte, con sus costes económicos, sus pérdidas eléctricas inevitables y sus efectos en el paisaje y la salud. No obstante, ni Unelco ni las demás empresas eléctricas suelen interesarse por estos planteamientos, eludiendo frecuentemente esa lógica e incurriendo en lucrativa “estupidez eléctrica”, con tal de estimular nuevas inversiones y negocios claramente innecesarios; y se muestran decididamente reacias a todo razonamiento situaciones como las de las Islas Canarias, donde abundan los recursos energéticos renovables (que mejor debiéramos llamarles alternativos, y más en este caso), ofreciendo la oportunidad de construir una opción eléctrica propia, renovable, autónoma y barata: tres amenazas, por cierto, para cualquier empresa eléctrica privada, como es el caso de Unelco-Endesa, que se enseñorea eléctrica y políticamente de las Canarias. Y no es necesario ser ingeniero, economista ni ecologista para entender que la solución energético-eléctrica de islas como Fuerteventura o Lanzarote –ahora alimentadas cada una por una sola central que quema hidrocarburos– es la construcción de tres o cuatro centros generadores combinados con el sol y el viento como recursos básicos, ubicados en los puntos de la isla que, siendo próximos a los centros de consumo, presenten un impacto ambiental mínimo, como exigen islas tan hermosas.

Desde el punto de vista eléctrico-económico en Fuerteventura se critica ese proyecto para interconectar las islas porque, si es prudente y explicable en el caso de Lanzarote y Fuerteventura, no lo es si a ese sistema se agrega la isla de Gran Canaria; y mucho menos si se vinculan estos proyectos y operaciones con una inquietante conexión con Marruecos y su costa suratlántica. ¿Para qué? ¿Para exportar energía a un sur marroquí subdesarrollado? ¿Para recibirla de un futuro emporio energético del que se viene hablando desde hace décadas en el área de Tarfaya? ¿Para conectar Canarias con esa locura tecnológica que contempla alimentar Europa en energía eléctrico-solar desde gigantescos centros productores en el desierto del Sáhara? Nada de eso resulta necesario ni conveniente: se trata de perspectivas de negocio sin objeto explicable alguno, de inversión por la inversión, de escalada de costes y de aumento de poder e influencia.

En esta situación de enfrentamientos y alianzas de aparente desigual fortaleza, entrecruzándose entre estas líneas energéticas y políticas caracterizadas por la contradicción y el absurdo, aparece con un papel de indudable protagonismo el ministro José Manuel Soria, que se ha convertido en el blanco de ataques y reproches. En las Islas mejor que en otros lugares se conoce la pequeña historia de este político (a quien, por cierto, le sigue la pista la Justicia por algunos asuntos habidos durante el desempeño de sus cargos en el pasado Gobierno autonómico), y su actual papel de ministro de sectores abusivos e intratables. Y no asombra ver cómo boicotea el desarrollo las energías renovables por –sin  reconocerlo, claro– su alta racionalidad, disponibilidad y bajos costes de explotación, o que, correlativamente, afirme su dependencia respecto de Repsol haciendo el papel de primer defensor y propagandista de sus actividades en las aguas canario-africanas.

El “factor Soria” resulta así decisivo en el desenlace de problemas canarios sensibles, habiéndose convertido en blanco central de todas las indignaciones y en especial de la de los ecologistas; estos comprueban, de forma clarísima en las Islas Canarias, que el sector petrolero sigue oponiéndose a toda alternativa energética que considere amenazadora, abusando de su poder y alineando con sus intereses a altas personalidades políticas y administrativas.

Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.
2 Comments
  1. Bailarín says

    Con este ministro anti Canarias que por desgracia tenemos, terminarán de hundirnos en la mierda que este gobierno ha creado. ¿Hasta cuando? soportaremos a estos basuras que su único fin es enriquecerse.

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