Peroratas necesarias

Agustín_García_SimónDice el Diccionario de la Academia que perorata significa “oración o razonamiento molesto o inoportuno”, lo que se ajusta y viene al pelo para la última obra de uno de nuestros escritores más antiacadémicos, pero a la vez más amante y mejor conocedor de nuestra lengua que muchos de la élite supuestamente versada en ella: Peroratas (Madrid, Alfaguara, 2013), del colombiano entre huido y exiliado en México desde hace muchos años, Fernando Vallejo (1942).

Por si a alguno todavía no le suena, se trata de uno de los autores americanos fundamentales en lengua española, un muy lúcido escritor inexplicablemente coherente en este tiempo de granujería e impostura total; iconoclasta incansable, irreverente hasta la insolencia, valiente hasta la temeridad; rebelde contumaz con varias causas concretas en su punto de mira no precisamente pequeñas; deliciosamente previsible en sus filias y fobias, en sus odios furibundos, en su arte cisoria de políticos, Iglesia Católica, Islam y cualquier forma de teocracia; pero también de zánganos regios, endiosados escritores y farsantes de la cultura; debelador de caudillos que parasitan un proletariado que eleva con fruición preces y loas al déspota carcamal, ácido antitotalitario, sin la distinción pueril, catequética y patética, que impera en España (¡todavía!) entre tiranos buenos o menos malos (de izquierdas o comunistas) y malos-malísimos (de derechas o fasci-nazis); misántropo por razonamiento y convicción, ardoroso enemigo de todo maltratador de animales y aun de quienes los ignoran, desconocen  o tratan con indiferencia; crítico pertinaz, en fin, del mayor pecado que, según él, puede cometer el ser humano: reproducirse.

Fernando Vallejo, cineasta que fue en México, porque en Colombia, su país natal (“ese matadero donde nacieron los Cuervo”), no le dejaron filmar las miles de cabezas decapitadas en los dos últimos siglos que cada dos por tres bajaban por los ríos colombianos, de corriente impetuosa, luego de la última trifulca entre conservadores y liberales, dizque representantes legítimos desde que se independizaron de España, lo que, en su estilo original, Vallejo acota de inmediato con profundo conocimiento histórico y cultural: “La guerra a muerte con los españoles la llamaron de independencia, palabra equivocada, pues de España nunca se independizaron: se separaron. España no es más que curas y tinterillos, papel sellado y un loco que se llama don Quijote”. Don Quijote, uno de los amores de su vida, como la lengua española y la literatura toda, la narrativa, el ensayo, el estudio riguroso, exhaustivo de cuanto toca, sembrado y entreverado de ironía, de hilaridad y desparpajo, de descaro con uñas de sarcasmo si el objeto o la persona reúnen mentira y vileza a raudales. Todo adobado con una expresión sui generis, aguda y humorosa como leitmotiv; demoledora e implacable, cuando cree que le asiste toda la razón, toda la verdad; su verdad, porque para Vallejo, como para cualquier mente donde habite la inteligencia, la verdad, más bien, conviene singularizarla.

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Pero sus pasiones más encendidas y confesadas andan entre sus perros y la figura, para él subyugante, del gran lingüista colombiano Rufino José Cuervo, autor hasta la letra D del inmenso, portentoso, Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, “un delirio”, en palabras del propio Vallejo: “La máxima locura que ha producido la raza hispánica, por sobre la de don Quijote, es la tuya, tu diccionario, delirante, desmesurado, hermoso, con la hermosura que tienen las grandes obras sin sentido ni razón”. Vallejo, que confiesa en estas Peroratas con humor sutilísimo que no se pasa al catalán porque está casado por lo católico con el español, encontró la semilla fecunda de la lengua castellana precisamente en otra de las obras fundamentales de Rufino José Cuervo, sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, que estudió de niño y decidieron su vida: “Las estudiaba para aprender a escribir, pero no, para eso no eran: eran para enseñar a querer a este idioma. Y eso aprendí de ti. Nos une pues, como te dije, un mismo amor”. Fruto de ese amor y del enorme cariño y emoción que le ha producido siempre a lo largo de su vida la figura de Rufino José Cuervo fue la capital biografía que le dedicó en los últimos años y vio la luz el pasado, El cuervo blanco (Alfaguara, 2012). Uno de esos libros que retratan a su autor, muestran su verdadero pulso, bagaje y talento y unen título y nombre de manera automática e inextricable camino de lo que antes se llamaba fama, gloria literaria, y ahora éxito, en consonancia con la rebaja hortera de todo cuanto excreta nuestra rabiosa actualidad: “Hoy la gloria -le dice Vallejo al difunto Cuervo- es el éxito y la patria un equipo de futbol. Para ti la patria eran la religión y el idioma. Para mí la religión del idioma, pues otra no he tenido”.

Vallejo, su agudo y descarnado talento, y su lengua española, rica, fecunda, emocionante; más americana y modélica que nunca; atractiva y utilísima como instrumento de comunicación y entendimiento entre tantos países que la hicieron suya hasta depurarla y embellecerla con la mejor literatura, tan lejos de la España originaria, que vuelve ominosamente a la oscuridad de sus tribus; todo ese talento y esa lengua, digo, están en estas Peroratas que no defraudarán al lector, ni por su contenido ni por su alcance. En las piezas aparentemente menores aquí compiladas (artículos, presentaciones, conferencias…) están las claves de la obra ya extraordinaria de su autor, su ideario explicitado y sus odios más refinados y atrayentes, con algunos platos fuertes, como los dos que dedica a Gabriel García Márquez, sin desperdicio.

Cubierta de la obra de Vallejo.
Cubierta de la obra de Vallejo.

Lean a Fernando Vallejo, sus novelas excelentes (El desbarrancadero, La Virgen de los sicarios…), su autobiografía en cinco volúmenes bajo el título genérico de El río del tiempo…, su La puta de Babilonia, sus biografías y ensayos. Dense el placer de recordar o experimentar por primera vez la emoción que le recorre a uno cuando en literatura a las cosas se les llama por su nombre, cuando las palabras nombran a la verdadera condición de las personas, lejos del mamoneo al uso, la basura editorial o la “creación” de diseño de los nuevos “divinos”, de los repulidos pícaros encumbrados, cínicos babosos en la turbia pomada del chalaneo y la vanidad literaria de este país de sectas y cofradías. Me lo agradecerán y quizá lleguen a la misma conclusión a que yo llego cuando leo a Fernando Vallejo: que en este patio de bípedos implumes toda precaución es poca, pues me pasa exactamente lo mismo que a él: “Yo, si les digo la verdad, paisanos, entre hijoeputas e hijoeputas no distingo. Se me nubla la cabeza”.

(*) Agustín García Simón. Escritor y editor.