¿Superioridad moral de (los valores de) la izquierda? Sí

Hugo Martínez Abarca *

Hugo Martínez AbarcaDesde la llegada al gobierno de Aznar una de sus obsesiones fue acabar con la superioridad moral de la izquierda. Situaba ese complejo de inferioridad moral de la derecha en una supuesta hegemonía de los historiadores de izquierdas que, sorprendentemente, habían logrado que en la Guerra Civil los demócratas parecieran los buenos y los fascistas los malos. Y como la izquierda había luchado por el régimen democrático, la II República, mientras la derecha (con honrosas excepciones como Alcalá Zamora entre otros) apoyó el levantamiento militar,  la izquierda habría gozado de una injusta legitimidad moral mientras la derecha andaría con la cabeza gacha, como avergonzada de sus raíces franquistas.

De esa lectura surgió el impulso de Aznar al llamado revisionismo histórico. El reciclado de la causa general franquista disfrazado de revisionismo histórico nacía así y tuvo unos años de apogeo y varios autores de referencia: era toda una operación de la derecha española para acabar con esa superioridad moral de la izquierda que tanto le irritaba.

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Hace unos días el diario ABC dedicó un número a la necrológica de la superioridad moral de la izquierda. No se centraba en la izquierda española y la guerra civil, sino que era una necrológica general: no sólo española sino mundial y no sólo coyuntural sino centrada en los valores y propuestas generales (aunque buena parte de ellas  inventadas o gruesamente distorsionadas) que distinguirían a la izquierda y la derecha como tales. La línea que trazaba entre izquierda y derecha era tan osada que situaba al SPD alemán y a Obama en la izquierda aún reconociendo (o más bien usando como argumento) que “las diferencias entre el SPD y la CDU son actualmente de carácter cultural, se reducen al estatus del matrimonio o al derecho a doble nacionalidad”. La pobreza general del acta de defunción (cómicamente encuadernada con portada con hoz, martillo, retrato de Karl Marx y pétalos de rosa desperdigados por encima) pretendida por ABC no debe eclipsar la vuelta a la derecha de la preocupación por esa legitimidad moral que sienten que la izquierda mantiene en el imaginario colectivo.

Decía González Pons en el monográfico de ABC que, a diferencia de la derecha, “la izquierda no es de centro porque siempre parece poseída por certezas incontestables.” ¿Y si fuera verdad? ¿Y si hubiera en la raíz de la izquierda certezas incontestables, una verdad irrenunciable que realmente colocara a la izquierda en posición de superioridad moral? ¿Y si no fuera una cuestión de percepción sino que realmente ser de izquierdas consistiera en defender lo moralmente legítimo y ser de derechas luchar contra certezas incuestionables?

Lo que distinguía a revolucionarios y reaccionarios en aquella Asamblea Nacional francesa no era la casualidad geográfica de haberse sentado a la izquierda unos y a la derecha otros sino la defensa de la emancipación unos y del mantenimiento del orden (opresor) vigente otros. Eran los años en los que los ilustrados decretaron la mayoría de edad del hombre, que ya no necesitaba tutelas, tampoco morales. El único principio moral universal lo definió pocos años después Kant en su imperativo (moral) categórico: hacer aquello que fuera deseable que hicieran todos los demás seres humanos. Es una concreción de la libertad (no existen imposiciones morales positivas que señalen pecados a prohibir), de la igualdad (nadie tiene derecho a hacer cosas que precisen que otros no puedan o no deban hacerlas) y de la fraternidad (la única máxima moral exige el respeto a los otros). En aquel momento en que se inauguraba la arbitrariedad de sentarse unos a la izquierda y otros a la derecha no se pensaba en otra opresión posible que el sometimiento de cada individuo por la corona, el clero y la nobleza, de ahí que la emancipación, la autodeterminación, fueran definidos únicamente individuales.

Andando los siglos XIX y XX se fue evidenciando que la opresión no era únicamente contra individuos y que precisamente la consideración sólo de individuos era un instrumento para el sometimiento. Se entendió así la existencia de sujetos colectivos (fundamentalmente las clases sociales, pero también el género, los pueblos, las identidades sexuales...) y se reiteró el esquema: a la izquierda debía corresponder luchar por su emancipación de los sujetos oprimidos y la derecha por el mantenimiento de un orden que mantuviera la dominación vigente. Cuando llegó la crisis ecológica se constató que determinadas formas de vida no eran extendibles a todo el planeta (y por tanto constituían una forma de dominación) por su huella ecológica: extender al planeta el modelo de vida estadounidense requiere recursos de nueve planetas como La Tierra, lo que implica que para que en EEUU se viva como se vive es necesario que una importantísima parte del planeta viva con muy pocos recursos; pero implantar en todo el planeta el modelo de la Suecia socialdemócrata necesitaría los recursos de seis planetas como el nuestro, por lo que tampoco es un modelo económico moral en los únicos términos aceptables: en el de que la buena vida de unas personas no pase por la mala vida de otras. Por eso desde la izquierda se comenzó a hablar de ecosocialismo (Ni tribunos: ideas y materiales para un programa ecosocialista: Francisco Fernández-Buey y Jorge Reichmann, Siglo XXI, 1996).

El problema de la izquierda consiste en que es mucho más fácil sentarse en una silla que defender la emancipación de todo colectivo e individuo. Así, las sillas de la izquierda se han ido poblando muchas veces de infiltrados: gente que ha defendido los intereses de los poderosos, que ha formado parte del poder, gente cuyas políticas efectivamente son indistinguibles de las de quienes se sientan en el otro lado (desde el que nunca hay desviaciones, por cierto: no se conoce al gobernante que se haya definido de derechas y haya puesto en marcha políticas emancipatorias).

Ello ha convertido en buena parte el eje izquierda-derecha en una discusión análoga a la que hay entre equipos de fútbol puesto que tras la ocupación de unas u otras sillas aparecen más elementos emocionales y simbólicos que sustantivos, pero tal degeneración no se refiere a lo que hay detrás de izquierda (emancipación de todo colectivo o individuo sometido) y de derecha (mantenimiento de las relaciones de poder vigentes) sino a quién ocupa las sillas de la izquierda: lo prostituido no es el significado sino el significante.

¿Superioridad moral? Por definición: sí. Lo único moralmente universalizable es la lucha por la emancipación, que ningún ser humano puede someter a otro individualmente o como miembro de un colectivo. La izquierda no es el espacio político que se sienta a la izquierda sino el que lucha por la emancipación; y como tal sí, es moralmente superior por definición: es la defensa del único valor moral universalizable. No hay superioridad moral alguna en sentarse a la izquierda: si ese es en algún momento el problema no deberíamos perder ni un minuto en sentarnos en otro lado o identificarnos de otra forma, qué más da. En lo que sí hay superioridad moral es en la lucha por la emancipación, contra toda opresión: que ningún ser humano es superior a otro sí aparece como una certeza incuestionable. No hay curso de FAES ni monográfico de ABC que igualen moralmente a dominación y emancipación.

(*) Hugo Martínez Abarca. Licenciado en Filosofía y en Ciencias Políticas. Es miembro del Consejo Político Federal de IU y autor del blog Quien mucho abarca.