Carta abierta a Alfredo Pérez Rubalcaba y Susana Díaz

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Benjamín Forcano *

Benjamín-FrocanoApreciados amigos: no tengo más título para presentarme ante vosotros que el de ser español, uno más entre los millones de este país, que ve llegar del PSOE en estos momentos, a pesar de todo, un posible rayo de luz y esperanza.

La insoportable desigualdad

Percibo en vosotros, y en otros muchos, un deseo sincero de afrontar los problemas de nuestra sociedad y, lo que es más alentador, un propósito radical de promover una convivencia que asegure la igualdad entre todos. Es éste el mal verdadero que genera los más importantes, si no todos.

La igualdad, sentida personal y comunitariamente, nos hará dar un giro radical a nuestra política. El desvanecimiento de esta verdad, o su sutil degradación, es lo que explica la guerra entre individuos y pueblos, la ciega carrera a constituirse los unos sobre los otros, a base de menospreciar, dominar y excluir. Es la ética disyuntiva del yo o nosotros y no la conjuntiva del yo y nosotros.

En esta perspectiva antinatural de la desigualdad, se abren los más extraños y ridículos desniveles que han estructurado nuestra sociedad. Lo que debiera ser guía de un sentir y pensar igualitario en el quehacer de la convivencia, se ha convertido en ley de medro y competencia agresiva, de codicia más menos escondida que seca el movimiento de ternura, sencillez, humildad y solidaridad.

Primero de todo, pues, agarrar en su corazón al tema que nos divide y enfrenta. Y, segundo, mantener como principio animador y estructurante de nuestras relaciones individuales y sociales, el principio de que nada puede tolerarse que ignore, hiera o conculque este principio.

La noble tarea de los políticos

Se comprende entonces que la tarea de los políticos consista en promover y asegurar por encima del interés particular el interés de todos y que se cifra en la preservación de ese bien sagrado de la igualdad.

Si se mira bien, todo desequilibrio, malestar o daño social proviene de la conculcación de este principio, que se lo intenta legitimar desde una filosofía equivocada que pretende encuadrar nuestra convivencia bajo la ley del egoísmo, la única que darwinísticamente aseguraría el éxito de unos y el fracaso de otros.

Una cuestión, por tanto, no de pura economía sino de humanismo y ética, de luchar y planificar para que en la sociedad todos encuentren condiciones que garanticen su dignidad, el logro de sus derechos básicos y el correspondiente cumplimiento de sus obligaciones.

El hombre, hermano-amigo del hombre, no lobo-enemigo

La situación, con las injusticias y contradicciones que arrastramos, aflora en este tiempo de crisis con dura clarividencia. Todos oímos y vemos los dramas de esa desigualdad sin que los políticos pongan solución a esos dramas.

Millones de personas, movimientos sociales y colectivos de toda procedencia gritan los trazos más visibles y crueles de quienes siendo iguales como nosotros y surcando las aguas procelosas de una misma crisis, hacen oídos sordos a las necesidades que muchos están pasando, sin alterar ellos en nada su desmesurado y refinado nivel de vida.

Hay que acabar con ese afán devastador de hacer carrera y enriquecerse a base de aprovecharse del sudor y trabajo de los demás, estableciendo controles a la codicia de tanto desaprensivo. Tenemos lo suficiente para vivir todos en dignidad, pero atajando el egoísmo de quienes piensan que la sociedad está para campar a sus anchas. Se acabó esa especie de lobos esteparios que creen que el hombre es enemigo del hombre y no hermano-amigo-.

El descrédito de la política y de los políticos

La política es cosa de todos y para el bien y felicidad de todos. Pero hemos visto cómo cada día salen más ciudadanos de la gestión pública, presos de la corrupción, defraudando a quienes creíamos que nos representaban y cumplían para lo que los habíamos elegido. Ha fallado la ética.

Hoy ya pocos creen en los políticos. Prometen y luego no hacen; o prometen y hacen lo contrario; o sabiendo lo que tienen que hacer, luego tiemblan y se someten; o carecen de principios y mística política y van a la deriva, siguiendo los dictados de quienes imponen proyectos que nosotros ni analizamos ni votamos. Esto es grave y hace que los políticos de verdad sepan medir la urgencia de lo que nos estamos jugando para no delegar en otras instancias y poderes lo que es responsabilidad suya.

Camino para recuperar la credibilidad política

Después de todo lo dicho, llego al punto que considero decisivo: cómo nuestros políticos pueden recuperar lo que está perdido, su credibilidad. Escritos, protestas, manifestaciones, situaciones lacerantes apuntan a lo mismo, a la incoherencia: es fuerte la brecha entre lo que dicen y lo que hacen, entre lo prometido y realizado. Les hemos escuchado, se les ha hablado de mil maneras, se les ha descrito por activa y pasiva el escándalo de su tren de vida, en un momento en que la pobreza y el sufrimiento atenazan a muchos.

¿Y qué hacen? Toman nota, es cierto, de muchos de los problemas para reaparecer prometiendo cambios y reformas que ya antes debían haber hecho. Pero, nadie los cree. Porque la creencia en quien la pide se genera cuando a las palabras precede el ejemplo.

El testimonio personal es lo que vale: baja a la calle, comprueba la situación real, la ausencia de trabajo, los sueldos reales, las privaciones, las injusticias, el desespero y sufrimiento de la gente y, en el sentirse uno de ellos, decide compartir y hacer lo que está en sus manos: igualar sueldos, prescindir de tantas cosas que le sobran y que servirían para resolver situaciones de extrema necesidad.

No resuelven todo, pero sí lo principal: que la gente crea y confíe en ellos: “Ahora sí, estos están con nosotros, comparten nuestro destino, y ponen a disposición de otros lo que les sobra y que éticamente no les pertenece”. Es decir, cumplen, están a su lado, para representarles y defender sus derechos con coherencia y valentía. De ahí, y no de otra parte, vendrá la regeneración, la nueva cosecha de electores, que los seguirán por estar pegados a ellos y ser de verdad su representación democrática. El ejemplo lo primero. Las palabras pierden su dignidad si no van acompañadas con los hechos.

Y los hechos son estos y otros similares. Llevamos meses y años recitando esta cantinela y no hay manera de que dentro del Parlamento surja un movimiento de cambio y cumplimiento de la voluntad popular. Se les ve como una casta aristocrática más que democrática, sin que parezcan entender que la solidaridad hace estar con la gente y emprender otra clase de política.

Demos, pues, un giro a la política, que nos irá bien, aunque tengamos que reducir gastos innecesarios, que nos vienen de derechos que negamos a otros. Son más que conocidos, por públicamente cuestionados, los lugares y actividades donde se puede aplicar esta ética de solidaridad efectiva, y que haría resurgir una nueva política. No me corresponde señalarlos, pues son los mismos políticos quienes, guiados por su responsabilidad, deben designarlos y argumentarlos.

Espero tener el gozo de que pronto pueda ver algunos gestos significativos que restablezcan el rostro noble de la política luciendo en el quehacer éticamente coherente de los políticos. ¡La vida por delante!.

De esta manera, volverá a prender sitio entre nosotros la ilusión, la participación ciudadana, el compromiso y la fortaleza de nuestra política.

Con mi reconocimiento y saludos cordiales.

(*) Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo claretiano.

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