Ni bombas ni ‘concertinas’: alambradas mortales

Julián Sauquillo

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Imagen de un rollo de alambrada con cuchillas, conocida popularmente como 'concertina'. / Efe

El ministro del Interior actual se dispone a convencernos del carácter inofensivo de las concertinas. Las cuchillas que desangran al cuerpo del inmigrante ilegal son disuasorias. Va a tener la culpa el inmigrante de tener hambre y jugarse la vida bien en el naufragio de la patera o dentro un alambre que le cuartea. A ver si va  a ser un depravado o un vicioso que se lanza a la valla y no respeta nada. No es así: el inmigrante no aguanta más, no come, no bebe, no va a la escuela. Tuvo la mala suerte de no nacer en Valladolid. Vaya por dios. Pero, según el señor Ministro, basta con no acercarse a las verjas para no padecer las llagas y los cortes en el cuerpo. Pasma su escaso humanitarismo. Dice representar a los ciudadanos europeos que no desean inmigrantes ilegales en su suelo. Y se pone de parte de ese electorado más rancio que se forma en el populismo de la señora Le Pen. Un votante que existe también aquí. Desconsidera que en Europa acaba de haber manifestaciones antixenófobas en París. No le importa.

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¿Pero qué son las dichosas concertinas aparte de cuchillas? Las concertinas parecen aludir a la música, más en concreto al acordeón. Pero son cuchillas incisivas. Aprovechando la confusión de la palabra, el ministro se comporta como un melómano. Jorge Fernández Díaz dice que las cuchillas, que rematan las verjas que cierran nuestras fronteras, son disuasorias y que son mejor solución que perros ladrando, bombas antipersona o drones. El estruendo de estos tres medios alternativos sería mucho peor. Consciente de la calma rítmica de la palabra concertina, alude al estruendo armado por máquinas, artefactos y perros como algo fastidioso para los oídos.

Sí cada lengua particular posee una noción para cada objeto, choca qué mal están repartidas las representaciones mentales que asociamos a los conceptos. Oímos “escraches” y se nos representa un pisotón y algo individualmente valioso estrujado. Mientras que pronunciamos "concertina" y se nos viene a la cabeza uno de los instrumentos de una popular banda municipal. Habría que saber quien puso este nombre inocente a tal arma mortal.  Concertina es el “acordeón de forma exagonal u octogonal, de fuelle muy largo y teclados cantantes en ambas caras o cubiertas” (Diccionario de la RAE). Nada más, según la Academia. Sin embargo, uno pronuncia concertina y no se le llena de pus el aparato fonador o da arcadas ante el derrame de sangre de un subsahariano. Va a escuchar, por el contrario, una tierna banda municipal. “Concertina” es un neologismo que enmascara, es un sinsentido que esconde tiernamente la máquina de matar que representa su vocablo. Es una “palabra maleta” de las que servían a la ironía de Lewis Carroll. Se trata de uno de los conceptos que agrupan significados contrarios. Contrapean una acepción amable con otra escabrosa. Es una las peores confusiones que quepa imaginar. Son no sentidos con pleno sentido. “Concertina” es un claro ejemplo de este enmascaramiento cobarde digno de un fabricante sin escrúpulos. “¿Qué hace tu padre, chico?”, “Fabrica concertinas” y el niño y el profesor creen están refiriéndose a alguien muy honrado.

Existen neologismos que mejoran la vida y otros que la matan. La primera vez que escuché café “sorpasso” fue a Tonino Guerra en 1993. Contaba su visita a Nápoles con Federico Fellini. Como maestro del guión cinematográfico, era ameno hasta decir basta. Al director italiano no le gustaba esta ciudad hasta que presenció algo insólito allí. Guerra le  explicó cómo los napolitanos pagaban algún café de más para quien llegara aterido de frío y no pudiera costeárselo. A Fellini acabó encantándole Nápoles de la mano del gran guionista. Parece que nuestra crisis ha traído esta bella práctica del café “adelantado” al café Comercial de Madrid. Pero si eres subsahariano ni te son propicios los neologismos ni te acompaña un amigo a conocer mundo. Te cortan con un serrucho y parece que te han tocado un pasodoble taurino. El diablo carga a las palabras y su uso lo disponen los poderosos. El lenguaje es un instrumento inapreciable de dominio cuando uno tiene todos los resortes del poder y otro ni come, ni calza, ni viste, ni aprende, sólo se muere.

Pero el poderoso no sólo dispone del lenguaje como arma de dominación. Tampoco ha sido la lindeza de las bombas la única con que el Ministro del Interior nos ha despertado: si las cuchillas violan los derechos humanos, dice, había que empezar por no fabricarlas. Pero es que están a la venta. ¿Qué podía hacer el ministro entonces? Compra lo que otro vende y la responsabilidad es del fabricante. Habría que dejarlas en una idea sin producción. El ministro parece  aludir a que “quien evita el pecado, evita la tentación”. Arguye que el sólo instala lo que está a la venta cuando posee, en realidad,  todos los resortes para prohibir la fabricación de estos artilugios sangrantes. El poderoso también manipula, por tanto, la moral a su antojo. Si los derechos humanos nos prohíben algo, cambiemos los derechos humanos. Y si se resisten, digamos que son otros los que los incumplen. Así que quien gobierna sin piedad maneja el lenguaje, la moral,… ¿Y nada más? No sólo, también maneja las relaciones económicas. Basta haber educado a las élites del Tercer Mundo como oligarquías al servicio del Primer Mundo para que el continente africano no se levante. Es suficiente con manejar los precios en el mercado internacional para ahogar económicamente a cualquier pueblo subsahariano, con sus ciudadanos dentro, sin necesitar declararles la guerra. Hasta que no se implante en el mundo un criterio de justicia distributiva a escala mundial, Michael Walzer señalaba, con razón, que sólo caben dos soluciones ante la injusticia económica internacional: o se reparte tierra y compartimos el suelo del mundo desarrollado con ciudadanos del mundo subdesarrollado, o se envían cuantiosas ayudas económicas y se realizan programas de desarrollo allí. Estamos lejos de satisfacer esta segunda alternativa. En esta encrucijada insatisfecha por la Unión Europea se encuentran sus cada vez más necesitados ciudadanos. El inmigrante ilegal está cercano a ser un exiliado, por tanto. Y pobre de aquel que no haya nacido, por ejemplo, en Valladolid. Lo lleva claro.