España 2014: La posibilidad de cambiar la Constitución sin reformarla

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Francisco Serra

El presidente de la ¨Generalitat, Artur Más, el pasado jueves, tras la aprobación por parte del Parlamento de Cataluña de una resolución para solicitar al Congreso las competencias para convocar un referéndum sobre el futuro pllítico de Cataluña. / parlament.cat
Artur Más, a la izquierda, el pasado jueves, tras la aprobación por parte del Parlamento de Cataluña de una resolución para solicitar al Congreso las competencias para convocar un referéndum sobre el futuro pllítico de Cataluña. / parlament.cat

Un profesor de Derecho Constitucional abrió su regalo de Reyes mientras observaba, de reojo, el alborozo de su hija al desenvolver el paquete que los Magos de Oriente le habían dejado y descubrir que se trataba de una tableta equipada con infinidad de juegos. En esta ocasión, consciente de no haber sido demasiado bueno, el profesor se había limitado a pedir algunos libros que lo ayudaran a comprender la situación española en ese momento y además del inevitable ensayo (Sociofobia) sobre el cambio político en la era digital se encontró con un trabajo fascinante sobre la forma en que la geografía condiciona los conflictos y la formación de los Estados (La venganza de la geografía) y dos libros de historia que buceaban en épocas perdidas (El siglo maldito) y en la Europa olvidada, en comunidades políticas ya inexistentes (Reinos desaparecidos).

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A lo largo de las tardes siguientes el profesor fue internándose en la lectura de esos textos (algunos muy voluminosos) y fue cobrando conciencia de que en un mundo globalizado, como en apariencia es el nuestro, eran cuestiones muy concretas, casi locales, las que seguían siendo a veces decisivas. Su hija disfrutaba esa temporada con los dibujos animados de Doraemon, el gato cósmico (serie futurista diseñada por creadores japoneses), pero le encantaban también los villancicos y las canciones tradicionales. Del mismo modo, podríamos pensar que en el mundo actual las relaciones económicas no conocen fronteras y son lo más importante, pero las cuestiones sentimentales, las “razones del corazón” en muchas ocasiones acaban imponiéndose.

No había explicaciones geográficas, había afirmado el autor del libro que el profesor acababa de leer, para que Cataluña llegara a separarse de España, pero los libros de historia en los que ahora estaba inmerso se referían al desaparecido reino de Aragón (aunque hoy solo podría hablarse de la persistencia de una “conciencia nacional” en Cataluña) y a la rebelión de los catalanes que tuvo lugar en el siglo XVII y su posterior derrota, hace trescientos años, en la guerra de Sucesión con el triunfo de Felipe V y el establecimiento de una nueva dinastía. Desde la “larga duración”, podía pensarse que el reinado de los Borbones no había sido más que un interludio y nos encontrábamos de nuevo en la misma situación que al término del período de los Austrias.

Parecía como si en nuestro país no se hubiera producido la “venganza de la geografía” (la reaparición de los antiguos límites naturales), sino de la “historia” y los españoles estuviéramos condenados a repetir siempre los mismos conflictos, la búsqueda de una “identidad” nacional vacilante. Mas los pueblos no solo se forman por la existencia de unas fronteras geográficas ni una historia compartida. Una amiga, nada afortunada en las relaciones personales, le había asegurado al profesor que si no conseguía establecer uniones duraderas era porque el amor no era solo, como decían algunos, una cuestión de “física” y “química”, sino también de “geografía” e “historia”, ironizando con el nombre de las materias de estudio en el Bachillerato en su adolescencia.

En nuestro país en el momento actual no hace falta ser muy experto para darse cuenta de que entre los líderes españoles y catalanes no hay buena “química” ni contar con la agudeza de Galileo para advertir que el régimen está en “caída libre”. Tal vez lo necesario para solucionar el “problema catalán” no sea tanto acudir a conocimientos propios del mundo moderno (pues el propio Estado “moderno” es el que parece desmoronarse), ni emplear la llamada “ingeniería constitucional” (elaborar una nueva  Constitución o reformar en profundidad la que ya existe), sino un saber menos científico”, como la alquimia, que ponía todo su empeño en encontrar la “piedra filosofal”, el procedimiento para trasmutar los metales vulgares en oro.

Quizás lo más adecuado no son “reformas”, sino “mutaciones” constitucionales, cambios “no formales”, aceptar todos que las afirmaciones  del texto constitucional tienen un significado distinto: si el régimen franquista pudo aprobar una ley opuesta a los “principios eternos e inmutables del Movimiento nacional” para permitir unas elecciones de las que surgieron unas Cortes (transformadas en Constituyentes), con más razón puede un sistema democrático proceder a la “trasmutación” del Estado de las Autonomías (calificado solo así por el uso) en un Estado federal sin necesidad de complicados procedimientos formales. No es un problema de competencias, sino de sentimientos.

Un amigo le contó al profesor la anécdota de un viejo sacerdote que salió de caza con algunos de sus más píos feligreses y acabaron todos perdidos en el bosque, en un Viernes de Cuaresma, sin darles tiempo a regresar a casa para comer. Extenuados, se contemplaban unos a otros con desolación, hasta que el experimentado clérigo, presa de una súbita iluminación, realizó un gran “milagro” (no lo elevó a los altares, pero libró  a todos de cometer pecado), convirtiendo las perdices y demás piezas que habían cobrado en sabrosísimos peces.

Por lo pronto, ante la falta de imaginación de los políticos españoles, Mas se apresta a  producir el “milagro”  de transformar una consulta (casi imposible de llevar a la práctica) en unas “elecciones plebiscitarias”, que le proporcionen una “mayoría excepcional”, demostrando quien tiene en realidad hoy el “poder soberano”. Para abrir una etapa diferente y que no se produzca esa convocatoria no hay tiempo ya para una reforma de la norma suprema (que puede tener lugar más adelante): lo que hace falta es una “mutación constitucional”, aceptada por todos, pues la Constitución no solo es una norma jurídica sino también un documento político y dirá lo que los españoles queramos que diga.

El profesor cerró el pesado libro de historia y le pidió a su hija que apagara la televisión y fuera a lavarse los dientes, pues desde que ella había aprendido a manejar el “mando” se negaba a soltarlo y no había más remedio que convencerla.

2 Comments
  1. Benito says

    Así es pero los constitucionalistas ven las mutaciones constitucionales como patologías juridicas. ¿Qué podemos hacer entonces?

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