El FMI volverá a equivocarse

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Alejandro-Inurrieta-Como es tradición y con el inicio de la reunión de los diferentes lobbys en Davos, el FMI ha rehecho sus previsiones de otoño para los próximos años, con un resultado de ligera mejoría en el escenario internacional. La reciente historia económica no deja en muy buen lugar a este estamento multilateral que ha fracasado de forma contundente desde que se inició la crisis en 2007. Todavía nos queda en la retina cómo en abril de 2008, el FMI preveía para España un crecimiento del 2,8%.

Estos errores de previsión, cuya cuantía han excedido la lógica estadística y econométrica, se asientan, por un lado, en un conocimiento muy limitado de las dinámicas económicas de los países sujetos a estudio, y por otro lado, por la propia presión de los diferentes países para mejorar la imagen de cada economía, de cara a los mercados financieros. Con estas premisas, toda la información que provenga de dicho estamento, hay que analizarla con mucha cautela y por supuesto no internalizarla como un dogma de fe de cara a la toma de decisiones en materia de política económica. Por un lado, el FMI apenas dedica espacio al verdadero riesgo de la economía mundial, que es el cambio de perspectiva del riesgo por parte de los inversores. Un mínimo cambio en el apetito por el riesgo, volviendo a posiciones defensivas, dará al traste con el incipiente punto de giro, no completo, del conjunto de economías desarrolladas.

La base de esta cierta euforia en los mercados financieros, similar a lo ocurrido en los meses de enero de los dos últimos años, se basa en la necesidad por parte de los inversores en cartera de obtener rentabilidad financiera, yield en su término anglosajón, dada la política monetaria de tipos cero que subyace en la economía supuestamente desarrollada. Este apetito por el riesgo se ha manifestado en fuertes subidas en los mercados bursátiles, especialmente en EEUU cuyos índices marcan máximos, lo que está generando una ilusión monetaria y una incipiente burbuja en las rentas más altas, pero no está suponiendo una recuperación de la actividad privada, especialmente en lo que concierne al consumo e inversión privada. Todos los modelos de gestión del riesgo coinciden en anticipar que son las variables ligadas a las materias primas, y sus monedas asociadas como el dólar canadiense o australiano, las que marcarán la alerta que desencadenará el cambio en la percepción del riesgo a nivel mundial. Esto, junto a los niveles de endeudamiento privado y público en algunas economías como la británica, española o norteamericana, son las grandes sombras de la economía mundial.

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Con estos antecedentes, el FMI se ha lanzado a pronosticar una ligera mejoría, sin meditar ni analizar lo anteriormente reseñado, alcanzando en la mayoría de los casos previsiones muy alejadas de un cambio drástico de tendencia en la economía mundial. Esta recuperación, además, se presenta sin que el empleo se recupere en la mayoría de los países desarrollados, especialmente en las economías más afectadas, como es la española o la propia norteamericana, que gracias al subempleo y la caída de la población activa ha logrado reducir la tasa de paro por debajo del 7%.

En la zona euro, y por ende en España, la situación es realmente muy complicada. Lo que no explica el FMI es que una recuperación se logra cuando las tasas de actividad, empleo, pobreza y desigualdad, vuelven a las posiciones de partida, si es que ellas fueren de pleno empleo. En la zona euro confluyen varios aspectos que alejan dicha previsión. Todas las cifras más destacadas del mercado laboral muestran un efecto escalón, lo que marca una situación de cambio estructural, cronificándose el desempleo de larga duración y la tasa de empleo por debajo del 55%. En concreto, las proyecciones de 2014-2018 apenas se alejan del drama de los más de 40 millones de desempleados en la zona euro, una tasa de paro que apenas se alejará del 8%, fundamentalmente en los servicios y una proyección del índice de vulnerabilidad del empleo existente, cercano al 11%. Esta mala situación de la economía europea, la peor en términos relativos de las grandes zonas económicas, se asienta en dos principios: el papel de la consolidación fiscal, que ha empujado a varias economías al umbral de la bancarrota, en los casos de Grecia y Portugal, y el pobre papel jugado por el Banco Central Europeo y el mecanismo de financiación (MEDE)  en la activación de la política monetaria. Aquí ha equivocado completamente el objetivo, ya que salvando la banca comercial, prácticamente una banca zombi, ha gastado ingentes cantidades de fondos, sin rescatar a quienes realmente lo necesitaban, familias y empresas no financieras.  Por ello sin llevar a cabo quitas de deuda a los afectados, como preconizan Rogoff y Reinhart, será imposible una recuperación sostenida que incluya creación de empleo.

Si esto es así para la economía europea, el caso de España es probablemente el más complicado. La economía española presenta los peores números en materia de empleo, con una tasa del 44%, con cerca de 6 millones de parados según Eurostat, y con un riesgo de vulnerabilidad de familias y empresas altísimo, fruto del desmantelamiento de todos los instrumentos de amortiguación social, sin mentar los estabilizadores automáticos que han dejado de actuar como tales. Las sucesivas subidas de impuestos al consumo, con una pendiente del IVA al 21%, las recientes alzas de las cotizaciones a la Seguridad Social, y la anemia del consumo e inversión privada, ahogados por la deuda privada, son factores que han dejado a la economía española en una incapacidad para generar empleo estable y bien remunerado que permita cerrar la brecha de pobreza que se ha abierto de forma estructural.

El mecanismo de manipulación de datos estadísticos que está posibilitando el cambio de tendencia de algunas variables chocará con la realidad cuando se revisen las cifras de crecimiento de 2013, y se verá que el consumo está mal medido, lo que nos devolverá a las cifras de caída del PIB en este año, algo que con otras variables ya se percibe. Con todo, la cierta alegría del Gobierno con la limosna del FMI, crecimiento del 0,6% en 2014, se debería disipar cuando se sepa que el empleo no va a crecer en términos netos, ya que se computa como empleo a tiempo completo, y que la tasa de paro se reducirá por la peor variable posible: la reducción de la población activa. Si a esto unimos el drama demográfico, la fuerte caída de la natalidad, nos encontramos un panorama a medio y largo plazo que para cualquier Gobierno sensible y sensato sería motivo de renuncia a esta política económica.  No hay que olvidar que las cifras de déficit público, del que ya no se habla, terminará 2013, después de maquillarlo, en más del 7%, lo que nos deja una obligación de ajuste para 2014 de más de 15.000 millones de euros que saldrán del seguro de desempleo, sanidad, educación y dependencia. Justo para seguir abriendo la brecha económica y los niveles de pobreza que nos marca Oxfam.

(*) Alejandro Inurrieta es economista y director de Inurrieta Consultoría Integral.