Como un solo hombre: Todo un Partido

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Julián Sauquillo

Un momento de la votación secreta que se produjo en el Congreso sobre la retirada del proyecto de ley del aborto. / Efe
Un momento de la votación secreta que se produjo en el Congreso sobre la retirada del proyecto de ley del aborto. / Efe

El disentimiento de Alex Vidal-Quadras y Jaime Mayor Oreja en el Partido Popular es una disputa familiar. No pueden ser más centrales en su Partido. Han virado de repente y se reservan mejores puestos de salida electoral en Vox. Ambos acaban de tener una visión, una conversión, de última hora. Apelan a razones de gran nobleza: acusan ver convertido al propio partido en una dehesa para el pastoreo; quieren no competir con figuras éticas indiscutibles. Pero no dejan de levantar una mera tempestad en un vaso de agua. Son un síntoma rápidamente absorbido por el Partido. Llama más la atención la rigidez disciplinaria del PP cara a la propia sociedad española.

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La votación del pasado 11 de febrero subraya el problema que tienen los partidos españoles. O, más bien, los ciudadanos de este país: las organizaciones partidistas digieren mejor que nosotros. Si, después de una aparente discrepancia interna en el Partido Popular  con la ley del aborto presentada por Alberto Ruiz Gallardón, todos cierran filas en una votación con 183 partidarios, 6 abstenciones, y 151 votos contrarios a la ley, se ve quien manda allí. Las organizaciones cierran filas como un solo hombre porque son estrictamente jerárquicas.  Tanta anuencia en esta votación coincide con la imposición de Mariano Rajoy sobre las discrepancias entre Arenas y Cospedal acerca de quién va a ser el candidato popular a Presidente de la Junta de Andalucía. El Presidente ha demostrado a todos su autoridad. Puede haber un fuerte rechazo social a la nueva ley de supuestos de aborto. Cabe que subleve la obligación de dar a luz a un cuerpo con malformaciones congénitas graves. Se ve que las mujeres de más de cincuenta –faltaban mujeres de menor edad en la llegada de los famosos trenes de protesta a Atocha- y los hombres nos indignamos masivamente por tamaña imposición que va a lastrar a familias, toda la vida, como a una condena. Pero, llegado el momento de decidir, ni las representantes populares se encomiendan a que son mujeres, ni temen la sangría de votos que pueden sufrir en futuras elecciones. La organización manda y no cabe ninguna discrepancia. Todos se deben a quien reparte el juego político. El secreto de la votación, propuesta por el PSOE, para votar su propuesta no de ley a favor de la ley vigente se observa como trampa saducea de la oposición para agrietar más la disciplinada unidad. La cohesión manda sobre cualquier imperativo moral. Hay una obediencia extrema a la cúpula del partido.

Que un grupo parlamentario esté atenazado por su dirección partidista ahoga cualquier sorpresa en el parlamento. Los parlamentarios son demasiado previsibles salvo que se equivoquen al pulsar el botón correspondiente. Después de todo, el pequeño disentimiento de Celia Villalobos con el Partido Popular al que pertenece, cuando votó a favor de una propuesta de Izquierda Unida en favor de las mujeres partidarias del aborto, es lo que sería esperable en un Parlamento con alguna vivacidad. Es un problema que ya Max Weber señaló. El líder del partido promociona al diputado a representante a formar parte de la lista electoral. Si gana las elecciones, más si es mayoritariamente, recibe ya como Presidente la pleitesía de todos, muy satisfechos por el lugar ocupado. Es necesario exponerse a ser vetado en el futuro, como hizo el sociólogo alemán, para ejercer la crítica dentro del partido. Todos piadosos se rinden al milagro con acatamiento obnubilado. Y esperan permanecer bajo el manto de gloria como si fuera la “vida eterna”. Así el Parlamento ratifica los imperativos del partido ciegamente.

A Celia Villalobos, su partido le impondrá una multa de quinientos euros por disentir. Pero ciertamente no hace nada que la Constitución no le autorice: “Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo.” (art. 67.2). Así que puede votar libremente, una vez que ocupe su escaño. Ningún partido reconoce esta libertad política y así vamos. Cuando Joaquín Almunia lideraba el Grupo Socialista en el Congreso, también señaló que su partido no reconocía la libertad de voto. Era una organización aconfesional, según él, y la libertad de conciencia es religiosa (sic). “No hay mal que no dure cien años”, pero no estaría de más que nuestros representantes empiecen a cambiar. A ver si se permiten alguna libertad. Necesitamos a los partidos tanto como que cambien.

2 Comments
  1. Ladislao says

    Están en sus cosas. Les interesamos en elecciones y poco más

  2. Jose says

    Los partidos no son mas que empresas donde ganar dinero y promocionarse. y como se hace en las empresas hay que seguir la ideología y la linea de trabajo del lider. Como no cambien los partidos, la credibilidad maltrecha de la que ahora gozan desaparecerá del todo y entonces la sociedad entenderá que no necesitamos a los partidos con los peligros que eso conlleva…No necesitamos partidos ni ideologías cerradas. Necesitamos personas. Gracias por el artículo.

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