Los restos del constitucionalismo doceañista y la reacción fernandina

Carlos García Valdés

Pedro_J._Ramírez
Cubierta de 'La desventura de la libertad'

El conocido y destacado periodista Pedro J. Ramírez ha dado a la luz su segunda gran investigación histórica, titulada La desventura de la libertad (La Esfera de los libros. Madrid, 2014), después del extenso volumen dedicado a la Revolución Francesa, también por mí recensionado en estas páginas. Su atención se centra ahora en los avatares del gobierno Calatrava y el derrumbamiento de nuestro régimen constitucional, en 1823, por mor de la actuación permanentemente felona de esa catástrofe de Rey que fue Fernando VII, apoyado por los denominados “Cien mil hijos de San Luis” del duque de Angulema, enviados en su auxilio por Luís XVIII, de ahí su nombre para la historia, al mando de algunos de los generales, como Oudinot y Guillemenitot, que habían servido a Napoleón Bonaparte en sus batallas y conquistas de un antaño glorioso no tan lejano. La invasión, cruzando el Bidasoa, tiene lugar a principios de abril del año mencionado.

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Si hubiera que destacar algo sobre todas las cosas en la presente monografía es, sin lugar a dudas, su sin igual documentación. Ramírez ha hecho lo mismo que efectuara en su anterior libro: proporcionarse, a finales de 2011 y a cargo de su personal peculio, unos archivos inéditos que atesoraban una información única publicada por él ahora, desconocida por inmanejada previamente e imposible de ser así  tratada por los especialistas. El análisis de Pedro J. Ramírez se convierte pues en superior a cuantos pudieran ofrecerse en el momento presente, precisamente por esa originalidad, perfectamente elaborada después. Por esto y por la brillante prosa exhibida, propia de un gran escritor. Siete capítulos (Libros se llaman en el texto por el autor) y 1165 páginas coronan la importante aportación y, en verdad, que son atractivas y esclarecedoras sobre el momento que diseccionan. Este segundo libro nos muestra a un historiador sólido, extraño a cualquier improvisación y merecedor de ser reconocido públicamente en esta difícil especialidad.

El personaje central  es, obviamente, José María Calatrava, imprescindible constituyente del 12, diputado por Extremadura -por eso Pedro J. Ramírez dice, con todo acierto, que su “hábitat natural era el parlamento”- ministro de Gracia y Justicia y magistrado del Tribunal del Supremo de profesión cuando acepta el encargo regio de formar gobierno. Luego, a mediados de su texto, añade el autor un diagnóstico más que certero, fruto del estudio del personaje y del conocimiento que del mismo posee, que básicamente le retrata: Calatrava no fue un caudillo militar ni un líder carismático, “tan solo un buen jurista, un orador cabal y un patriota recto” que, desde luego, no es poco.

Para quien esto recensiona, surge aquí la misma advertencia -que no puede ser objeción- que aconteció en el texto sobre la Revolución jacobina. El libro se ocupa, con la amplitud de páginas reseñadas, de únicamente seis meses escasos (de mayo a noviembre de 1823) de nuestra historia y ello es mucho escribir para tan corto espacio temporal. Bien es cierto que la literatura exhibida responde a la determinante ocasión pero, sin duda, es excesivamente detallista y, en ocasiones, prolija en mínimos aspectos que no sé si tienen el mismo superlativo interés que otros.

Al igual que efectuó en su anterior investigación histórica, Ramírez centra perfectamente el contexto en el que se desarrollan los hechos, estructura los acontecimientos que los envuelven, los sucesos militares y las traiciones acontecidas, el ambiente palaciego y, claro es, significa sus mejores protagonistas. Merece especial mención, a este respecto, la atención que, entre tantos dignos de cita, por ejemplo, presta a Agustín Argüelles, el doceañista más relevante, en mi opinión, cuya labor para el futuro se centró en la abolición de la tortura, que aún se practicaba en reinado de Fernando VII (“Fernando la había prohibido y Fernando la autorizaba”, dice el autor del presente libro) y en la lucha por la libertad de prensa. Represaliado, al igual que Calatrava, por los vaivenes del enfermizo monarca, fue uno de los máximos representantes del constitucionalismo de la época y de la que se abriría posteriormente, con la Constitución del 37, debida también a su pluma. Otros próceres protagonistas del trienio liberal y posteriormente exiliados, lo mismo que Calatrava,  como Antonio Alcalá Galiano y Francisco Martínez de la Rosa, ambos partidarios de Rafael del Riego, merecen también el justo detenimiento en el presente libro.

El general Riego también ocupa unas excelentes páginas en la obra de Ramírez que se extienden a lo largo de la misma, especialmente a partir de finales del  capítulo II.  Desde sus comienzos militares, cuando ya destacaba como teniente coronel, a la máxima expresión del mando, el levantamiento en pro de la Constitución en Cabezas de San Juan, su caída y ejecución mediante ahorcamiento, todo está bien narrado y con una cierta simpatía por el héroe equivocado, un hombre que, como decía Unamuno, al final fue más himno que persona de carne y hueso. El autor de su letra fue el general Evaristo San Miguel, luego destacado revolucionario de 1854. Como una prueba más de la irregularidad del enjuiciamiento del militar, Ramírez señala como el mismo se atuvo a disposiciones anteriores al Código penal de 1822, ya en vigor. El gran penalista Francisco Pacheco ya había significado, en líneas generales, lo disperso de la legislación española y la aplicación en este periodo de unas disposiciones medievales.

Entre los episodios más notables, por humanos, de la monografía de Pedro J. Ramírez quiero reseñar el de la recepción por Calatrava de los cuerpos de los mártires del 2 de mayo de 1808 en Madrid, los capitanes Daoíz y Velarde, contado con una solvencia y una cercanía extraordinarias. Patriota donde los hubiera, Calatrava preside la entrega de los queridos despojos de los artilleros, preso de sincera emoción, mirándose hacia dentro, pareciendo consciente del antecedente que supusieron de cuanto él mismo vino a significar luego en la historia. Otro gran apartado es el que dedica el autor a la caída de Cádiz y su bombardeo por las tropas francesas, donde el Gobierno se había desplazado desde Sevilla por el empuje de los ocupantes galos, prácticamente postrero y largo capítulo del libro.

De nuevo la felonía del Rey se hace patente, investigada y demostrada contundentemente, sin posibilidad de error o vacilación, por Ramírez.  El definitivo golpe al constitucionalismo se consuma dando comienzo a lo que se denomina la década ominosa. Aquí la expresión cabal de lo acontecido alcanza un supremo esfuerzo y un magnífico resultado. El detalle preside los lamentables acontecimientos que desembocan en aquélla.

Una bibliografía evaluada, por capítulos, al final de la inmensa obra y las correspondientes citas a pié de página, así como un índice onomástico, cierran el texto de Pedro J. Ramírez. Todas las referencias son extremas, pues no creo que nada falte al respecto. En ello radica, entre otros aspectos, la validez del mismo como documento historiográfico del corto periodo analizado, verdaderamente ejemplar y digno del máximo encomio.