El salto a lo desconocido

Arresto_Gavrilo_Princip_I_Guerra_Mundial
Momento en el que la policía captura a Gavrilo Princip (a la derecha) en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, minutos después del asesinato del archiduque austrohúngaro Francisco Fernando. / Archivo militar serbio (Wikipedia)

El domingo 28 de junio de 1914, un joven nacionalista serbobosnio, Gavrilo Princip, asesinó a tiros en Sarajevo al archiduque y heredero del trono del Imperio austrohúngaro, Francisco Fernando, y a su esposa. El doble crimen fue obra de la organización terrorista la Joven Bosnia, un grupo de fanáticos nacionalistas eslavos, infiltrados y alentados por los servicios de inteligencia militar serbios. Era el día de la fiesta nacional serbia. Exactamente un mes después, el 28 de julio, Austria-Hungría, con el impulso decidido y la aprobación de Alemania, declaró la guerra a Serbia. Fue la chispa de un incendio de proporciones nunca imaginadas a lo largo de la historia. Al principio, en la Europa occidental se pensó que, pese a la gravedad del atentado, el conflicto inevitable no traspasaría los límites propios del avispero de los Balcanes. Pero en las primeras semanas de agosto Europa entera estaba en llamas. Se había precipitado sobre ella lo que Theodore Roosevelt, denominó “el gran tornado negro”, cuyo siniestro vendaval alcanzaría en breve lo que sería el frente oriental, extendiendo la catástrofe al Cáucaso y Oriente Medio, una vez que el Imperio otomano entró en la guerra al lado de las “potencias centrales” (Alemania, Imperio Austrohúngaro) en noviembre de ese mismo año. La temprana alineación de Japón con los aliados o “Triple entente” (Francia, Rusia y Gran Bretaña), al declarar la guerra a Alemania y la posterior, decisiva intervención de los Estados Unidos, luego del añadido de Bulgaria a las “potencias centrales” en 1915, y el sucesivo ingreso al lado de los aliados de Rumanía, Italia, Grecia y China, hicieron de la Gran Guerra la primera conflagración mundial. Como zanjó Hobsbawm, asumiendo el sentir de otros grandes historiadores: “En conclusión: 1914 inaugura la era de las matanzas”.

La más espeluznante de todas, si cabe, se produjo en el frente occidental, precipitado al solidarizarse Rusia con Serbia, contra el Imperio Austrohúngaro. Siguiendo el plan Schlieffen (Alfred Von Schlieffen), Alemania organizó la respuesta en dos frentes: en el este contra Rusia; en el oeste contra Francia, con un ataque relámpago que, necesariamente, habría de violar la neutralidad de Bélgica y Luxemburgo, y tentar la entrada en guerra de Gran Bretaña, como así fue. La imprevista resistencia belga ralentizó el ataque alemán, que llegó, no obstante, muy cerca de París, donde fue contenido por las fuerzas aliadas. Un grave error militar de Moltke, jefe del Estado Mayor alemán, atemorizado por la entrada en Prusia de las fuerzas rusas, hizo dirigir un considerable cuerpo del ejército alemán hacia el frente ruso y mandó retroceder al resto para reagruparse y atrincherarse. El otoño del catorce fue una carnicería inenarrable y, ya en el invierno, la línea de trincheras se fijó de tal manera que en los tres años y medio siguientes ninguno de los bandos avanzó apenas unos metros, en ocasiones excepcionales unos pocos kilómetros.

Publicidad

Soldados_británicos_máscaras_antigas_I_Guerra_Mundial
Dos soldados británicos equipados con máscaras antigas y una ametralladora Vickers en junio de 1916, durante la Batalla del Somme (norte de Francia). / Imperial War Museum (iwm.org.uk)

Las trincheras del frente occidental iban desde Flandes, en el Mar del Norte, a Suiza, cruzando la frontera norte y este de Francia. Paul Fussell, en su excelente libro La Gran Guerra y la memoria moderna (Turner, 2006) calculó en kilómetros la extensión de las trincheras: “Como los franceses ocupaban un poco más de la mitad de la línea, la extensión total de las numerosas trincheras ocupadas por británicos debió de ser de unos 9.600 kilómetros. Así que debía de haber unos 19.600 kilómetros de trincheras solamente en el bando aliado. Si a esto añadimos las trincheras de las potencias centrales, tendremos una cifra de alrededor de 40.000 kilómetros, lo que representa una trinchera suficiente como para dar la vuelta al mundo”. Un matadero serpenteante, interminable en la entraña de la tierra, como un estrecho ataúd putrefacto a cielo abierto, donde los soldados chapoteaban tratando de sobrevivir como ratas, entre el fango y los cadáveres de sus propios compañeros, siempre pendientes del cielo. Y por el cielo venía la muerte, y el gas tóxico que la industria química alemana puso a disposición del exterminio, con efectos tan monstruosos como ineficaces. Así que los que vivieron para contarlo todavía sentían al cabo de muchos años una sensación de enclaustramiento, presos de una pesadilla de la que no terminaban de salir. Al cabo de cincuenta años, uno de los testimonios del libro de Fussell se expresaba aún incrédulo: “Haber salido de esa miseria presente, siempre presente, eternamente presente, ese apestoso mundo de tierra pegajosa y chorreante, techada por un fragmento de cielo amenazante”.

El frente occidental fue la clave del largo estancamiento de la Gran Guerra, de cuyo desbloqueo dependía la victoria final, una vez que la guerra naval hubo entrado también en punto muerto.  Sólo cuando los submarinos alemanes decidieron atacar con endiablada eficacia e indiscriminadamente a los buques mercantes norteamericanos que abastecían a Gran Bretaña, la irritación de los Estados Unidos se concretó en declaración de guerra en abril de 1917, un punto de inflexión en el desarrollo del desastre que sentenciaría el hundimiento de las potencias centrales. El esfuerzo enorme y postrero de Alemania en los primeros meses de 1918 para recuperar la iniciativa, luego de firmar la paz con Rusia, tras la Revolución bolchevique de Lenin, acusó el desgaste de una sociedad exhausta y desesperada por una guerra total. El armisticio, la paz obligada, aparecían como necesidad imperiosa en medio del caos, la violencia revolucionaria y la desconfianza hacia un futuro ruinoso.

Al acabar la guerra en noviembre de 1918, unos diez millones de personas habían muerto, cerca de veintiún millones habían sido heridos, sin contar los afectados por secuelas psicológicas de toda índole. Los Imperios alemán, austrohúngaro y ruso habían desaparecido; el otomano estaba en trance de extinción. Un mundo desconocido se abría ante el funeral patético de una Europa en declive demográfico, económico y político. El mundo había dejado de ser eurocéntrico. Los Estados Unidos emergían como un gran potencia, anunciando perfiles  de hegemonía que confirmaron en la II Guerra Mundial; en todos los órdenes, con la eclosión de una cultura de masas que colonizaría completamente el siglo. La Revolución soviética, el gran miedo e interrogante del momento, trataba de sacudirse su propia guerra civil, a la espera de erigirse en alternativa de un modo económico planificado, frente al capitalismo, tocado gravemente por una depresión que abocaría al crack de 1929. Pero, sobre todo, la Gran Guerra arrasó la paz, el progreso y la civilización de un siglo que, salvo conflictos muy localizados, se afianzó en Europa desde las guerras napoleónicas y la paz de Viena en 1815. A partir de 1918, el regreso de la barbarie adoptaría formas de oscuro vértigo e involución de la mano del nacionalismo, el fascismo y el comunismo, hasta alcanzar la suprema perfección de la destrucción política, social y humana: el totalitarismo. A lo largo de los siguientes decenios y todo el siglo, la inhumanidad más despiadada y monstruosa campó por todo el planeta, superando las formas más horrorosas de opresión y muerte conocidas a través de la historia. El siglo XX se convertiría en el de la atrocidad y la guerra por antonomasia. En palabras de Isaiah Berlin: “Lo recuerdo como el siglo más terrible de la historia occidental”.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.
 (I) / Los años previos a la Gran Guerra.
(y III) El espejismo de la paz.