La miseria de África y la responsabilidad de Europa

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Pedro Costa Morata *

Pedro-Costa-MorataEl drama insostenible que se libra en las fronteras de Ceuta y Melilla, con el sufrimiento diario e indecible de miles de personas, principalmente subsaharianos, viene desestabilizando a las autoridades españolas, que no parecen encontrar otra que la opción represiva in crescendo. De momento, con urgencia y sin problemas presupuestarios, se atenderá lo más urgente: fortalecer la valla frente al asalto de los hambrientos. No se sabe todavía si con ampliaciones metálicas que se alcen al cielo, si con tensión eléctrica que abrase a los escaladores o con ponzoña tóxica para las heridas, aunque de momento se aplicará gas pimienta: caridades, en todo caso, que habrán de ser aliviadas por las ONG a pie de valla, con las que se pretende enmascarar la mala conciencia, ya que no la ignominia. Aumenta la queja del Gobierno español, un tanto agónica, acerca de la escasa y siempre insuficiente ayuda de la Unión Europea, ya que “la inmigración es un problema europeo”.

Y es verdad: la miseria de la que huyen estos seres humanos es el producto y resultado de una historia de casi seis siglos de intervenciones, saqueos, esclavización y sometimiento de las potencias europeas sobre el continente africano. Historia de exacciones y crímenes que empieza, por aludir a un hecho y una fecha significativos, con la conquista de Ceuta por Portugal (1415), y que presencia durante el siglo XV la conquista de Canarias por cuenta de Castilla y la circunnavegación del continente por los portugueses, que inician el asalto instalando sus primeros establecimientos de firme vocación esclavista. En esos siglos XV y XVI existen en el continente varias sociedades tan desarrolladas como las europeas, con estados organizados y culturas florecientes en el Magreb, el Sudán saheliano (la “Curva del Níger” y territorios anexos), el Congo y otros territorios ecuatoriales, Zimbabue… Es verdad que la costa oriental africana estaba ya sometida al comercio y las razzias esclavistas de los mercaderes árabes, pero serán las sucesivas acometidas europeas, incrementadas a partir de 1800 y consolidadas en imperios coloniales en la segunda parte del siglo XIX, las que impedirán cualquier organización política que las pueda hacer frente y, en consecuencia, posibilite el menor desarrollo endógeno.

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Portugal y España empezaron, sí, pero la responsabilidad de Francia y Gran Bretaña es incomparablemente mayor, aunque sean las potencias que menos sufren, actualmente, la invasión mediterránea de subsaharianos, que afecta sobre todo a España e Italia. Ambas se repartieron y adjudicaron la mayor parte del continente en la Conferencia de Berlín (1884-85) y, con sus políticas agresivas impulsadas por economías insaciables (que también han saqueado gran parte de Asia, Oceanía y América), han condenado a numerosos pueblos y regiones del planeta a la pobreza y la desesperación. También tienen con África, desde luego, una deuda pendiente Alemania, Bélgica, Italia, Holanda y hasta Dinamarca (así como Estados Unidos desde la segunda mitad del siglo XX y ahora la China híper depredadora), pero fue la entente franco-británica, con sus burguesías desalmadas, la que con mayor ahínco ha subdesarrollado a África (obligado es recordar el trabajo pionero de Walter Rodney: How Europe undervelopped Africa, 1972). Siendo un asunto de singular gravedad la sangría humana que produjo el tráfico de esclavos –de nuevo cosa de franceses y británicos ante todo, aunque también de portugueses, españoles y holandeses– que entre 1519 y 1867 afectó a más de once millones de africanos: hombres, mujeres y niños (Pétré-Grenouilleau: Les traites négrières, 2004).

El resultado ha sido que, bajo el régimen colonial y más todavía tras las independencias, controladas férreamente por las expotencias, las economías africanas se han ido hundiendo más y más, arrastrando a la miseria (o, técnicamente, la “pobreza absoluta”), a la mayor parte de su población, que en estos momentos malvive, en un 54/55 por 100, con un dólar diario. Las redes económico-financieras internacionales se vienen felicitando de que en la última década el PIB del África subsahariana haya crecido en un 5,5 por 100, una media doble que en la década anterior, pero este dato corresponde casi exclusivamente a la producción y exportación de materias primas agrícolas y sobre todo minerales, que esquilman la tierra y el medio ambiente africanos, beneficiando bien poco a sus poblaciones.

La auténtica realidad socioeconómica no la refleja nunca el PIB y en este caso nos resulta más descriptivo de la desolación africana el Índice de Desarrollo Humano (IDH), elaborado por Naciones Unidas y que tiene en cuenta, además de la renta per cápita, el nivel de educación y la esperanza de vida. Efectivamente, los datos del IDH correspondientes a 2012 sitúan a 46 países subsaharianos (de 54 para todo el continente) entre los lugares 130 a 186, haciendo bloque la mayoría de ellos en el último tramo.

Es la Unión Europea, heredera y beneficiaria de las exacciones y crímenes del colonialismo en África, la principal responsable histórica, política, económica e ideológica de esta tragedia sin medida y sin fin. Pero sus relaciones con África, enmarcadas en acuerdos comerciales leoninos, hipócritas y perjudiciales, y en una “ayuda al desarrollo” al servicio de esos acuerdos, no sufren, sino todo lo contrario, por la miseria de todo un continente. De la reunión UE-África, ya prevista y celebrada a principios de abril, a continuación de los recientes y penosos sucesos de Ceuta y Melilla, apenas se ha informado porque no ha servido para nada.

La deuda que Europa tiene contraída con África sólo podría empezar a hacerse visible y apremiante si los Estados africanos se decidiesen a lo mismo que los quince países de la Comunidad del Caribe, que exigen a ocho estados europeos (incluyendo España) que paguen los costes derivados de la esclavitud secular sufrida. Un planteamiento aparentemente utópico, pero tan justo y documentable que debiera constituir, también para África, el horizonte más vigoroso en política exterior y, muy específicamente, en sus relaciones con la UE, poco dispuesta a admitir que en gran medida su prosperidad y hegemonía en la historia se asienta sobre el sufrimiento de millones de africanos.

Subrayemos, finalmente, lo poco que España se ha lucido en África: véanse, si no, los casos de Guinea Ecuatorial, república infrabananera y vergonzante desde su mismísima independencia, de la que todos procuramos hablar poco por no poder resistir el sonrojo; y Sáhara Occidental, cuyo carácter de provincia no dificultó que se la regalásemos de hecho a Marruecos sin atrevernos a reconocer que, aunque formalmente sea sólo la administración lo que le cedimos (fórmula sin precedente que ignoró el derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas), en realidad es una entrega a cambio de la tranquilidad para nuestras plazas africanas de Ceuta y Melilla, producto ambas de nuestra rapacidad imperialista del siglo XVI.

(En esta saga de indecencias, ni siquiera falta el papel del cipayo con ese ejemplo, históricamente significativo y, desde luego, grotesco, del delegado del Gobierno en Melilla, un tal El Barkani, de indudable origen marroquí cuyo empleo de jefe político-policial en Melilla consiste en reprimir, en definitiva a sus iguales, por encargo de la expotencia colonial).

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.
2 Comments
  1. tonio52 says

    Por fin leo la verdadera «irresponsabilidad» de la «civilizada» Europa para con Africa. Después de robarles hasta el Alma, ahora cuando vienen a mendigar unas sobras, les ponemos cuchillas. La historia futura hará justicia con ellos y con nosotros

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