Nota muy personal sobre Gabriel García Márquez

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Salvador Clotas *

salvador_clotasSin Gabriel García Márquez la literatura de nuestro tiempo sería muy distinta. Creo que no cabe dudar de este aserto como no cabría hacerlo respecto de Proust, Kafka o Joyce.

Su genial capacidad creadora, su mágica relación con las palabras se ha comparado estos días con las de Cervantes. Solo el tiempo decidirá si Cien años de soledad  llegará a rivalizar con las aventuras de Don Quijote de la Mancha. Hoy por hoy Gabriel García Márquez sigue en el presente y es, sin duda alguna, uno de los mayores genios literarios del siglo XX y de lo que llevamos consumido del sigo XXI.

Hace ya muchos años le vi por última vez. Recibí uno de sus grandes y afectuosos abrazos. Fue en un congreso o en un mitin de los socialistas catalanes.

Su muerte me apenó y fue un aviso de que nuestro tiempo se acaba.

Con él se van muchas cosas y no solo literarias.

Una parte de la Barcelona de los últimos años de la dictadura, de la vida de los que compartimos con él muchos momentos y conversaciones.

Haber conocido a un escritor no sé si ayuda a comprender su obra. Haber conocido y tratado aquellos años barceloneses a Gabo fue algo en sí mismo magnífico como lo era su personalidad tan sencilla y afectuosa en la forma como genial y compleja en el fondo.

Aquella Barcelona en la que vivieron  ocho años Gabo y Mercedes tenía algo de milagrosa aunque lejos de la que reflejó Mendoza. En plena dictadura, aparecía casi como una ciudad europea, abierta y moderna en lo que a un cierto ambiente cultural se refiere. Ocurrían cosas que quizá el régimen ignoraba más que toleraba porque pienso que, de saberlo, Carmen Polo lo habría cortado de raíz. El desembarco de muchos escritores  latinoamericanos la convirtieron en una especie de  capital de la narrativa latinoamericana.

Con  Gabriel García Márquez coincidieron Mario Vargas Llosa, José Donoso, Mauricio Vácquez y muchos otros. No  hay que olvidar tampoco que junto a los que  atravesaron el atlántico estaban en la Ciudad Condal escritores como Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Josep María Castellet, Ana M. Matute, los hermanos José Agustín, Juan y Luis Goytisolo, Manuel Vázquez Montalbán, Pere Gimferrer o los hermanos Moix y, aunque me ciña solo a la literatura, muchos más.

En algunos aspectos esa Barcelona contrastaba con la actual, un poco más provinciana, asfixiada por el nacionalismo cultural y un desbordante y a veces desbocado turismo, una ciudad que Félix de Azúa explica mucho mejor y con más matices de lo que yo soy capaz de hacer.

No quisiera desviarme de mi propósito de escribir sobre algunos recuerdos personales de mi trato con Gabo.

No fui habitual de su casa de la calle Caponata pero acudí allí en repetidas ocasiones. Recuerdo encuentros, cenas, sobremesas y creo que en más de una ocasión, haber compartido formar parte de un jurado literario, aunque quizás eso fue más tarde.

En La Vanguardia del pasado 20 de abril en un artículo sobre los amigos de Gabo, el periodista Xavi Ayen reproducía unas palabras mías sobre mi primer encuentro con el escritor, junto a Rosa Regás: “Vi a García Márquez la tarde en que llegó a Barcelona, en 1967, estaba también Rosa Regás, nosotros tomamos whiskey y Gabo una copa de vino, se refirió a nosotros despectivamente como ‘burgueses de Barcelona’. Entonces no lo conocía nadie. Tenía un aura simpática pero marcaba de un modo la lejanía entre su mundo y el nuestro, nos hacía notar que nosotros éramos europeos bienestantes y él un hombre de pueblo”.

El relato de ese primer encuentro ya lo he contrastado muchas veces con otro recuerdo algunos años más tarde que pone en evidencia el éxito de una novela que convirtió al escritor, casi desconocido, que llegó a Barcelona con problemas económicos y su nunca abandonado aire de hombre de pueblo, de pronto en una celebridad mundial y un millonario. Paseando  una mañana por las Ramblas Barcelonesas con Carlos Barral y  Gabriel García Márquez, pasamos delante de una naviera que muchos de los que peinan canas recordaran y que lucia en su escaparate un anuncio con la foto de un lujoso yate. Al verlo, Carlos Barral, con su sempiterna afición al mar y a la navegación, exclamó casi suspirando: “Gabo, el día que tú y yo podamos permitirnos un velero como este….”. Gabo fue rápido: “Perdona Carlos, yo ya hace tiempo que me lo puedo permitir”. Pensé y sigo pensando que así era y la anécdota es significativa de lo que fue no solo del ascenso espectacular del gran escritor y amigo colombiano sino también de lo que tan desafortunadamente se ha llamado el boom latinoamericano que tuvo además de unos cuantos genios literarios indiscutibles, dos agentes no menos indispensables, el editor Carlos Barral y la agente literaria Carmen Balcells.

Al contrario de lo que pudiera hacer creer a alguien,  este cambio en su prestigio y en su situación económica modificó poco su estilo llano, espontáneo, afectuoso, de hombre sencillo. Su complejidad estaba en su imaginación y en los silencios que menciona Rosa Regás en el texto citado.

Fueron años de contactos frecuentes aunque no habituales. En aquella Barcelona había más necesidad y facilidad de contacto. Quizás el carácter y el público especial de la famosa discoteca Boccacio respondían a esto. No recuerdo haberme encontrado a Gabo en ese lugar, aunque es casi seguro que así fue.

Recuerdo muchos encuentros, cenas, copas y conversaciones, sin duda literarias que, con alguna importante excepción, como suele ocurrir muchas veces, podemos recordar la mesa a la que nos sentamos, la indumentaria de nuestro  interlocutor o interlocutora, pero no el contenido de nuestra charla.

Con Gabo acuden a mi memoria algunas conversaciones más o menos políticas, sobre mi experiencia carcelaria, que le interesaban mucho, como a Mario Vargas Llosa, sobre escritores y otros temas pero de forma muy especial recuerdo dos conversaciones en las que es probable que estuviésemos solos.

Como tantos otros escritores que he conocido, Gabo no solía prodigarse en explicaciones sobre los secretos de su escritura aunque recuerdo que una noche lo hizo. Desde luego su secreto no era frecuentar el diccionario de sinónimos Casares como tantos escritores hacían sino su uso de la palabra precisa y mágica a la vez. Así lo entendí yo. Desde luego, su modelo no era el código civil precisamente. Frente a los escritores de pluma fácil, me aseguró que él nunca había publicado una página que no hubiera revisado y corregido veinticinco veces. Supongo que se  refería  solo a su labor como escritor, no a la de periodista. Ignoro si lo siguió haciendo el resto de su vida creativa.

En mis años de estudiante, cuando Gabriel Ferrater me explicaba y me leía autores que yo desconocía o conocía muy poco usaba el verbo “vender” para denominar sus auténticas lecciones: ”Hoy te he vendido Ausias March, La Fontaine o Choderlos de Laclos”. Pues bien, Gabo me vendió Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Su conocimiento de la novela era impresionante. Me dijo que la leía una  vez al año. Lowry se convirtió en uno de mis escritores favoritos. Durante años leí y releí sus obras y me hice una pequeña biblioteca de este autor incluido el maravilloso estudio de Douglas Day. En realidad, los seguidores del autor de Bajo el volcán constituían casi una secta. En Valencia se publicaba una revista llamada El Farolillo que yo recibía. Pienso que Malcolm Lowry, que tanto influyó, en los novelistas latinoamericanos y españoles, es indiscutiblemente uno de los grandes del siglo XX.

Gracias Gabo, por todo.

(*) Salvador Clotas es político, escritor y editor.

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