Guerra y paz: el asesinato de Jean Jaurès

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Fernando Álvarez-Uría*

Álvarez-UríaA las 20h del viernes 31 de julio de 1914, hace ahora exactamente cien años, el diputado francés Jean Jaurès, el gran impulsor del socialismo democrático, entraba en la redacción de L’Humanité, el periódico que él mismo contribuyó a crear, y del que fue director desde la publicación del primer ejemplar, el 18 de abril de 1904, hasta su muerte, precisamente al caer la noche de ese mismo día, el 31 de julio de 1914.

Jaurès había tenido una jornada ajetreada, y aún no había escrito el artículo que debería salir al día siguiente, un artículo que ya nunca llegó a escribir y con el que quería contribuir a apagar el devastador incendio que estaba a punto de estallar: la Primera Guerra Mundial.

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A primera hora de la mañana de ese mismo día, Lucien Lévy Bruhl, íntimo amigo, compañero de Jaurès en la Escuela Normal Superior, lo había visitado en su casa, alarmado por las noticias. Su compañero de estudios y consejero estaba preocupado por el ambiente belicista que tanto en Rusia como en Alemania anunciaba la próxima conflagración mundial. Cuando esa misma mañana Jaurès llegó al Palacio de Borbón, sus compañeros del grupo socialista compartían con él el temor a que se hiciesen realidad los más tristes presagios, pues los acuerdos militares 'secretos' entre Francia y Rusia, así como los existentes entre Alemania y Austria, reforzaban las predicciones de quienes auguraban que se iba a producir una espiral imparable, una guerra en cadena.

En ese momento se sabía que tanto Rusia como Austria habían ordenado la movilización de las tropas, pero aún estaba viva la esperanza de que las cancillerías optaran por la sensatez. Jaurès confiaba en que la propuesta de mediación, reclamada insistentemente por el gobierno inglés, podía detener la contienda.

En la redacción de L’Humanité, Jaurès sabía que se avecinaba una larga noche, y propuso a sus colaboradores salir a cenar antes de enfrascarse en la redacción final del periódico del día siguiente. Compartían mesa con él otros nueve redactores del periódico.  Jean Jaurès estaba situado de espaldas a la calle, a corta distancia de  su asesino de 29 años, Raoul Villain, un "nacionalista idiota", como lo definió Karl Kautsky. No podía fallar.

A las 21,40h. Villain descorrió la cortina que mediaba entre la ventana abierta y la sala del restaurante, y disparó dos tiros de revolver hacia la nuca de Jaurès. Uno de ellos impactó en la cabeza del diputado socialista y acabó con su vida. La muerte se llevaba a un ser humano vitalista, inteligente, valiente, generoso. Vicente Blasco Ibáñez, en Los cuatro jinetes del apocalipsis, lo describió lleno de energía, paseando con su perro por París, entre su casa de Passy y el arco de Triunfo, y lo definió como "un hombre robusto, cuadrado, de barba rubia y ojos bondadosos". Como señalaron Gilles Candart y Vincent Duclert, dos de sus biógrafos mas recientes, "el último obstáculo frente  al desencadenamiento de la guerra en Europa acababa de desaparecer".

¿Quién fue Jean Jaurès? ¿Por qué en estos momentos de crisis y de perplejidad conviene recuperar su memoria? Jean Jaurès nació el 3 de septiembre de 1859 en Castres. Provenía de una familia conservadora católica de clase media del mediodía rural francés. Estudiante brillante, en junio de 1878 ingresó en la Escuela Normal Superior, con el número uno de su promoción, y tres años mas tarde quedó tercero en el concurso de la Agregación en Filosofía, inmediatamente detrás de su compañero de estudios y rival Henri Bergson.

En septiembre de ese mismo año recibió el nombramiento de profesor agregado de Filosofía  en el Liceo de Albi, muy cerca de su tierra natal. De hecho impartió cursos de Filosofía en la Facultad de Letras de Toulouse, colaboró en importantes revistas académicas, impartió conferencias. Sus principales amigos, que lo acompañaron y alentaron a lo largo de toda su vida, fueron profesores y compañeros de la Escuela Normal Superior de París, como el gran sociólogo Émile Durkheim, o jóvenes imaginativos como el antropólogo Marcel Mauss.

Sin embargo Jaurès no fue un intelectual académico, sino un hombre de acción, aún más, un atípico político socialista. Fue también un gran orador y un gran periodista. Defendió con pasión al capitán de origen judío Alfred Dreyfus, acusado injustamente de espiar para una potencia extranjera, acusación por la que fue degradado y deportado por un tribunal militar. También defendió con firmeza la escuela pública y la laicidad. Participó activamente en la Internacional Socialista en la que luchó en favor de la paz.  Como parlamentario batalló por la mejora de las condiciones de trabajo de los proletarios, a la vez que defendió la vía republicana y democrática hacia el socialismo.

Me parece que la grandeza del Jaurès político no es ajena a la lucidez del Jaurès intelectual, y de esa fusión se deriva a la vez su fuerza y la actualidad de su pensamiento. Fue un hombre de acción guiado por una fuerte capacidad reflexiva, supo hacer de la teoría social una guía para la acción política consecuente. Al igual que su amigo, Émile Durkheim, sustituyó la filosofía, entendida como un pensamiento sin tierra, por una "nueva ciencia social" capaz de impugnar la metafísica del "homo oeconomicus" que, desde el centro de la economía política clásica, convertía a los seres humanos, al trabajo y a la tierra, en meras mercancías. Tanto Durkheim como Jaurès creían que la relación entre la teoría y la práctica debía estar mediada por la moral social, la moral de la solidaridad orgánica y de la ciudadanía. Creían que en nuestras sociedades los vestigios evidentes del Antiguo Régimen se resisten a desaparecer, a pesar de que la Revolución francesa marcó un punto de no retorno hacia sociedades laicas, modernas, democráticas, sociedades de iguales en las que la cuestión palpitante sigue siendo la resolución de la 'cuestión social', es decir, la fractura entre las clases sociales.

Para Jean Jaurès el socialismo no era sino la prolongación del espíritu republicano mediado por la propiedad social y la valoración del trabajo para todos. Frente a la filantropía y la caridad, frente a los fundamentalistas del mercado, frente a los fanáticos de lo local y de la tradición, los que constantemente apelan a "mi lengua, mi bandera, mi patria, mi cultura", defendía una justicia universal, el internacionalismo, el europeísmo, el pacifismo, la redistribución de la tierra y de la riqueza, el desarrollo de los derechos sociales, las leyes de protección social, el avance del cooperativismo, la ayuda mutua.

Frente al fanatismo de algunos nacionalistas, como el estudiante serbio Gavrilo Princip, que asesinó en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando de Austria, y a su esposa Sofía von Hohenberg, y que aún hoy sigue siendo saludado por muchos patriotas serbios, entre los que figura el patriarca de la Iglesia ortodoxa, como un héroe, "un orgullo nacional", Jaurès defendía el amor a la tierra natal, el derecho al uso de las "lenguas regionales", defendía la diversidad y la riqueza cultural, pero siempre en una marco universalista de solidaridad internacional. En este sentido son expresivas las palabras con las que culminó su último discurso público en Lyon-Vaise el 25 de julio de 1914 ante una multitud de trabajadores:

"Cualquier cosa que ocurra, ciudadanos, y digo estas cosas con una cierta desesperanza, en el momento actual en el que no encontramos amenazados de muerte y de salvajismo, sólo hay una única oportunidad para mantener la paz y la salud de la civilización, y esta es que los proletarios reúnan todas las fuerzas con las que cuentan. La única cosa que nosotros les pedimos a un gran número de hermanos franceses, ingleses, alemanes, italianos, rusos, a esos millares de hombres, es unirse para que el batir unánime de sus corazones descarte esta horrible pesadilla.

Sentiría vergüenza de mi mismo, ciudadanos, si tan sólo uno de vosotros pudiese creer que intento beneficiarme con una victoria electoral, por preciosa que esta pueda ser, aprovechándome del drama de los acontecimientos que estamos viviendo.  Pero tengo el derecho de deciros que es nuestro deber, el deber de todos, no desperdiciar una sola ocasión para mostrar que todos vosotros estáis con ese partido socialista internacional que representa en la hora actual, bajo la tormenta, la única promesa de una posibilidad de paz, o del restablecimiento de la paz".

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Jean Jaurès en 1898. / Wikimedia

La terrible pesadilla que se desencadenó tras el atentado de Sarajevo y tras el asesinato de Jaurès, nos legó cerca de diez millones de muertos y una Europa calcinada. En la actualidad distamos de vivir en un mundo sin guerras. A diario en Ucrania, en Palestina, en Israel, en Siria, en Irak, en Nigeria y en otros lugares de la tierra, mueren soldados y civiles inocentes sin que se produzca la mediación efectiva de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas. Continentes enteros como África sufren una sangría permanente de miseria y desarraigo sin que los organismos internacionales ni los gobiernos de los países ricos tomen medidas para contenerla. En demasiadas ocasiones el amor a la patria, al igual que el sueño de la razón, engendra monstruos. Pero Jaurès nos enseñó que la paz es inseparable de la justicia y que la dignidad de los seres humanos pasa también por el derecho a un trabajo bien hecho que sirva de soporte a la identidad personal, y al reconocimiento de un estatuto fuerte de ciudadanía.

Cuando crece el desempleo, cuando el trabajo se precariza, cuando en un mundo globalizado el capitalismo financiero impone la ley del más fuerte, y hace crecer cada vez más la sima que separa a los ricos de los pobres, necesitamosque "el batir unánime de los corazones" descarte esta horrible pesadilla de nuestro tiempo, precisamos voces y compromisos, como los de Jaurès, que nos ayuden a poner en marcha medidas de solidaridad, necesitamos ese empuje para avanzar en el reparto del trabajo, urge, en fin, que los idealistas de todas las naciones se unan para encontrar caminos hacia el socialismo con rostro humano con el que legítimamente han soñado y siguen soñando los trabajadores del mundo.

(*) Fernando Álvarez-Uría es catedrático de sociología en la Universidad Complutense de Madrid y coautor con Julia Varela de Sociología, capitalismo y democracia.
3 Comments
  1. celine says

    Bonito relato, profesor. Se sabe bien poco de este hombre tan valioso. Gracias.

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