Pandemónium israelo-norteamericano en Oriente Medio

Pedro Costa Morata *

Pedro-Costa-MorataSe encuentran activados, prácticamente, todos los resortes de conflicto en el Oriente Medio actual con el predominio de las causas histórico-políticas y la responsabilidad habitual, singular y abrumadora del Estado de Israel.

Un vez más, Israel, Estado de creación catastrófica y de extraña naturaleza teocrático-revanchista, se ensaña con la población palestina de la Franja de Gaza, ese exiguo territorio donde millón y medio de seres humanos malviven hacinados y cercados por las armas vengativas de Israel por tierra, mar y aire, abandonados del mundo. Como de costumbre, Israel apela a su «derecho a defenderse» utilizando su inmenso poder militar frente a unas milicias que de tanto en tanto le hostiga con un armamento que, comparativamente, no deja de ser nimio. Israel, que ocupa, asesina, esquilma y desespera a los palestinos, exige que estos y sus milicias se dobleguen, soporten de buen grado su asfixiante violencia militar, económica y política y asuman con resignación el evidente plan de aniquilación que lleva a cabo.

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Una vez más, el Consejo de Seguridad de la ONU se limita a pedir el cese de la violencia «en ambos lados», como si fueran equivalentes o comparables; y no procede a la condena de los abusos de Israel porque Estados Unidos lo impide desde hace años, desde poco después de la crisis de Suez de 1956 y la confirmación de la potencia bélica judía en 1967. A partir de entonces se alinearía con este Estado aborrecido por casi todos sus vecinos, saliendo fiador de sus crímenes, sean éstos cuales fueren. Israel somete y fuerza a Estados Unidos a la acción brutal y neocolonial en el problema palestino y en Oriente Medio, haciéndolo cómplice de su sistemático desprecio por la legalidad internacional: su dominio sobre la vida política estadounidense es completo, lacerante. La Administración norteamericana y la Casa Blanca que, republicanas o demócratas, siempre aparecen cuajadas de nombres judíos, anteponen sin vacilar los intereses de Israel a los de Estados Unidos, que no siempre coinciden, ni mucho menos.

Se añade a esta aparatosa sumisión del ejecutivo norteamericano un Congreso que en ambas cámaras vota siempre en un 95 por 100, o más, por los intereses económicos y políticos de Israel, ofreciendo de la vida política norteamericana un cuadro penoso y culpable. Tanto más cuando que, con frecuencia, la opinión pública norteamericana muestra su desacuerdo con esta política, señalando con dureza a la política israelí. Tampoco este seguidismo hace que salgan siempre bien parados los intereses norteamericanos, pero la realidad es que la tenaza israelí oprime al país con eficacia desmedida.

En El lobby israelí y la política exterior de Estados Unidos (2007), uno de los análisis de este tipo más profundos y, a la vez, más moderados, Maersheimer y Walt describen la constelación de grupos y asociaciones que constituyen ese lobby tan dinámico y productivo. La ‘estrategia’ de su influencia es, qué duda cabe, la presión política, es decir, la vigilancia, advertencia y denuncia de todo aquel que, desde la política, el periodismo o la intelectualidad, critica o pone en duda las políticas e intereses de Israel, enarbolando como ‘instrumento de coacción’ la sempiterna acusación de antisemitismo… auténtica arma de destrucción masiva del Estado de Israel y el sionismo internacional. La ‘vía de actuación’ de este lobby omnipotente –los autores, datos y testimonios al canto, así lo demuestran– es, simplemente, la financiera: ningún aspirante a diputado (¡ni a presidente!) que se muestre desafecto a la causa puede pretender conseguir el apoyo económico necesario; por el contrario, si muestran su adhesión e incondicionalidad a la causa israelí les lloverán los dineros desde personalidades, fundaciones y empresas, y conseguirán su escaño.

Israel impone así sus intereses desde poco después de su aparición en 1948 en el escenario de Oriente Medio, manipulando a los Estados Unidos hasta llevarlos a guerras, contradicciones y catástrofes que no hacen más que empeorar, con el tiempo, la situación general en esta geografía convulsa, en la que el Estado de Israel (con el petróleo, reconozcámoslo, como segunda causa de conflicto, no enteramente desconectada de la primera) parece siempre dispuesto a provocar crisis y conflagraciones que incluso podrían poner en peligro la seguridad del planeta; pero siempre obteniendo el plácet y el apoyo de los Estados Unidos.

En gran medida los autores citados –y gran parte de la opinión pública internacional, qué duda cabe –la atribuyen a Israel la guerra contra Iraq de 2003, en cuya gestación destacó la potencia combinada de los halcones de Bush, los numerosos miembros pro-sionistas de su administración y la presión del estrato político-militar del régimen israelí, que se aplicó a suministrar datos falsos sobre armas de «destrucción masiva» (que sí posee Israel, incluyendo centenares de bombas atómicas). Las consecuencias están ahí: victoria falsa, caída de un régimen estable aunque dictatorial, al que han sucedido gobiernos incapaces y corruptos, grotescamente democráticos y generadores de crisis cada vez más graves; y, sobre todo, atracción de combatientes yihadistas de todo el mundo.

Tras el panorama de desastres y amenazas crecientes en Oriente Medio, siempre con la intervención más o menos velada de Israel, algo parece alzarse en Washington contra esta política necia y, en cierto modo, suicida. Israel no ha cesado, tras la guerra de Iraq, de pedir la intervención armada norteamericana en la guerra civil siria, considerando que cualquier debilitamiento del régimen de Damasco le beneficia: menos mal que Washington se ha resistido, al estimar que el derrocamiento de Al Assad podría llevar a un escenario todavía peor que el del desastre iraquí. Más insistencia ha mostrado el gobierno enloquecido de Israel pidiendo que Irán sea bombardeado, con el objetivo de destruir su infraestructura nuclear, mostrándose dispuesto a hacerlo por sus propios medios en el caso de que no lo haga Estados Unidos (de los que da por descontado su aquiescencia). También aquí el Gobierno de Obama parece hacer oídos sordos, aunque la experiencia no invite al optimismo. Israel parece ignorar que Irán es una potencia a la que no puede vencer y se arroga descaradamente el monopolio en todo Oriente Medio del arma nuclear, recurriendo siempre al argumento del «acoso de los Estados vecinos».

Ni a Israel ni a Estados Unidos parece importarles gran cosas humillar a Estados árabes que, gusten o no a Occidente, forman parte de un mundo cultural, religioso y político que continúa achacando a Occidente lo peor de sus males. Usama bin-Laden y sus partidarios en Al-Qaeda y en las demás milicias, sea cual sea su adscripción religiosa islámica o sus objetivos político-militares, saben bien lo que dicen cuando llaman a los ejércitos norteamericanos y de la OTAN como «nuevos cruzados», cuyos objetivos son, como en los siglos XI-XIII, la invasión militar y el saqueo de los recursos, con independencia de la jerga y el pretexto (entonces, la liberación de los Santos Lugares, ahora el derrocamiento de las dictaduras y la implantación de la democracia: ¡ja!). Y citó como especialmente insoportable para los musulmanes la presencia militar norteamericana en la tierra santa del Islám, concretamente en Arabia Saudí.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.