Historia de Livio Cozma, un músico rumano de la calle

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Benjamín Forcano *

Livio Cozma recoge su saco de dormir tras una noche en los bajos de un conocido centro comercial, en Madrid. / B. Forcano
Livio Cozma recoge su saco de dormir tras una noche en los bajos de un conocido centro comercial, en Madrid. / B. Forcano

Es la mañana de un lunes de verano, en Madrid. Los comercios van abriendo poco a poco. El consumidor anda casi ausente, son más bien los empleados quienes trajinan de una a otra parte para tener a punto los bares y tiendas.

Me acerco a un punto fijo de la calle Fuencarral, donde suele estar cada día Livio Cozman, un rumano de 61 años. Veo que se demora y pregunto en la tienda de al lado.

– Sí, sí, ha llegado, ha debido ir a algún recado.

Al final, lo veo llegar.

– Buenos días Livio. Te esperaba.

– Sí, pero he tenido que ir al Banco.

– Al Banco, ¿para qué?

– Para enviar dinero. Me defraudaron y tuve que afrontar un pago que no podía. Y entonces el Banco me dijo: o pagas o te confiscamos la casa. Y, claro, decidí emigrar para sacar el dinero como fuera. Dejé mi país, mi casa y mi mujer con mis ocho hijos.

Es duro lo que cuenta Livio, pero, a pesar de todo, se muestra apacible, sonriente. Recuesta su carrito en la pared y, en menos de un minuto, tiene a punto su asiento y se cuelga la acordeón.

– ¿Cuánto hace que llegaste a España?

– Un año y seis meses.

– ¿En qué pasas el día?

– Soy músico y toco la acordeón: lunes, martes ,miércoles y jueves de 4 a 9 de la tarde; viernes , sábado y domingo de 9 de la mañana hasta las 9 de la tarde.

– ¿Cómo te mira la gente?

– Me conocen todos en la calle, estoy siempre en el mismo sitio, y la gente me pregunta si necesito comida y ropa, muy amable. Me ayudan.

Yo, Benjamín Forcano, doy fe. Casi a diario veo a Livio y nunca le he visto malhumorado, sonríe a todo el que se le acerca. No se queja, no tiende la mano, no suplica. No le veo preocupado por si la gente le da algo.

– Es que a mí no me gusta molestar a la gente. Ya me ven.

– Pero, dinero ¿ te dan?

– Muy poco.

– ¿Cuánto recaudas al día?

– Entre 7 y 8 euros.

– ¿Y con eso tienes para vivir?

– No, porque eso, unos 50 € a la semana, lo mando a mi país, a un Banco, como te he dicho. Es lo primero que hago cada lunes por la mañana.

– Y para la comida, bebida, medicinas y otras necesidades , ¿cómo te las arreglas?

– Me ayuda la gente. Me preguntan si necesito ropa, comida… y me traen.

–¿No has encontrado a nadie que te ofrezca su casa, que te ayude por lo menos a buscar o a pagarte una habitación?

– Hay personas buenas. Una señora me vio, conversó conmigo y ya no me olvida. Me dijo que yo le recordaba a su padre, fallecido hace unos meses.

– ¿Vives en un piso?

– No, duermo en la calle, bajo los porches de un Corte Inglés. Los vigilantes me conocen y al ver que soy limpio y respetuoso, -que no dejo vasos, plásticos, basura- me dejan dormir allí. Aquí tengo mi carrito y mi saco de dormir. Paso la noche con dos más, que son españoles.

– ¿Has intentado buscar algún albergue público?

– No, va gente con muchos problemas de alcohol, drogas y, además, te obligas a un horario rígido… Prefiero así, por mi propia cuenta, y gozo de libertad.

– ¿Sigues teniendo relación con tu familia?

– La comunicación es poca, pero voy para Navidad y paso con ellos un mes.

– ¿Hasta cuándo?

– Hasta que acabe de pagar mi deuda. Me quedan por pagar unos 500 euros. Tan pronto como termine, me regreso para allá.

– Hace poco me dijiste que pensabas viajar a San Sebastián. ¿Cómo te surgió esa posibilidad?

– Por un compañero, que me dijo que allí podía ganar más dinero. Y que podíamos ir juntos. Yo no conocía para nada a San Sebastián.

Livio, con su acordeón, en el lugar del centro de Madrid donde se coloca todos los días. / B. Forcano
Livio, con su acordeón, en el lugar del centro de Madrid donde se coloca todos los días. / B. F.

Livio, ilusionado, se preparó para ir a San Sebastián. Me dijo que andaba ahorrando dinero y que el viaje en autobús le costaba 33 €. Le ayudé y , al poco, viajaba para San Sebastián. No habían pasado ni 10 días cuando lo vuelvo a ver donde siempre.

– ¡Pero, Livio! ¿Qué pasó? ¿Cómo te fue?

– Mal. Llegamos un día ya anochecido y, al día siguiente, a las 6 de la mañana, ya estaba yo en la playa. Todo el día dale que dale, recogí 18 euros. Quise comprar algo para comer, todo muy caro. Al acabar el día, como de costumbre, preparé mi saco y buscaba acomodarme, junto a la arena de la playa, sin más techo que el cielo de la noche. No tuve tiempo, pues enseguida se me acercó la policía y me dijo que allí no podía dormir, tenía que hacerlo en algún hostal o piso… Me ofrecieron hasta un folleto , indicándome lo que me costaba una habitación para pasar la noche, 60 € . Pero yo, les dije, no puede pagar esto.  Entonces, me llevaron a una oficina, me extendieron un papel en el que se me daba permiso para tres días. Y, sabes, pasados estos días, “¡Lárgate!”.

Livio estaba en contacto con la mujer que le había dicho que le recordaba a su padre y con su ayuda y algunas otras, la misma noche que llegó a San Sebastián había reservado, por si acaso, una habitación para un mes, por un total de 160 €. Pero, después de lo que le dijo la policía, no podía seguir allí. Fue a reclamar a la “propietaria” y le dijo que no, que no tenía nada que devolver, que eso era problema suyo.

A partir de ahí, Livio vio cómo se agravaba su calvario. Quiso probar suerte y viajó para Hendaya. Ni a estrenar le dieron tiempo: mucho turista elegante, francés sobre todo, nadie semejante a él, ningún lugar para tocar la acordeón, se sentía sobrante. Pero Livio no se sentía vencido pues le habían hablado de que allí había más turista, más dinero, más acogida. Y se encaminó hacia Irún.

Caminó, observó y preguntó. No daba crédito a su desencanto, la gente le hablaba pero todos le decían que allí no, que no había inmigrantes como él para tocar música y dormir en la calle, no, y que se iba a encontrar abandonado, sólo, sin ayuda. Quiso Livio quemar un último cartucho: Zarauz. Llegó, terrazas lujosas junto al mar, pero él no se acercaba, no quería molestar, y enseguida notó que no encajaba, que aparecía como un aguafiestas. Le comentaron que allí eran especiales, en conflicto con España, distintos y apartados, y que no, que no le iba a ser posible, que no iba a ganar nada y no tenía futuro.

¡Otra mentalidad!, ¡Otra mentalidad!, me repetía Livio. Y añadía:

– Sí, la gente se interesaba, me preguntaba, pero sin solución, lo mejor era marcharme.

Menos mal que la mujer amiga, aquella que le recordaba a su padre, estaba en comunicación, lo captó rápido, le mandó 60 € y Livio pudo regresar a Madrid, a su sitio, y allí continuar, a la espera de cubrir su deuda y poder regresar a su país.

Caso éste de Livio entre mil. Espejo de nuestra civilización y de nuestra anestesiada humanidad. Un ser humano, sin más, que nos delata a todos, que hace polvo todos nuestros pretextos para encubrir nuestro egoísmo y rehuir la solidaridad. La globalización, la urbe, el confort y el ilimitado consumo nos ponen de espaldas a tanta vida humana, tan idéntica a la nuestra y tan insoslayable. Hemos perdido la felicidad de sentir el gozo que revive en quienes ponemos oído y alma y poder así despertar de nuestro vacío y atolondrado vivir.

Un hombre como tú

Ábreme, hermano,
he golpeado a tu puerta,
he llamado a tu corazón
para tener un techo,
para tener un poco de fuego para calentarme;
ábreme, hermano,
no soy negro,

ni un piel roja,
ni un oriental,

ni un blanco,
sino solo un hombre,
el hombre de todos los tiempos,
el hombre de todos los cielos.
Un hombre como tú.

 René Philombe

(*) Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo claretiano.
4 Comments
  1. niko says

    «enseguida se me acercó la policía y me dijo que allí no podía dormir, tenía que hacerlo en algún hostal o piso… Me ofrecieron hasta un folleto , indicándome lo que me costaba una habitación para pasar la noche, 60 €»

    Curioso lo de San Sebastíán: además de nacionalistas, parece que también intentan mantener su ciudad limpia de pobres y mendigos.

  2. pepe says

    conozco a livio, conozco a la mujer a la que le recuerda a su padre, todos los domingos le hago una visita, fumamos un cigarro, hablamos un poco e intercambiamos un poco de humanidad…. una buena persona de la que yo aprendo todos los domingos….

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