Gallardón, sé fuerte

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Alberto Ruiz-Gallardón durante su intervención, ayer, en la sesión de control del Congreso. / Chema Moya (Efe)
Alberto Ruiz-Gallardón durante su intervención, ayer, en la sesión de control del Congreso. / Chema Moya (Efe)

“Los hombres no pueden estar seguros sin el poder”. Maquiavelo.

“El proyecto (de la nueva Ley del Aborto) se aprobará antes de que termine el verano”, prometió un Alberto Ruiz-Gallardón que sabía que la estación finalizaba el próximo martes 23 de septiembre. Pero entonces llegó, macachis, el desafío soberanista catalán, y Gallardón tuvo que aparcar a los bebés asesinados, pobrecillos, para poder defender con todas sus energías la unidad de la nación. ¿Patria o muerte? Siempre patria. Y es que donde esté España (se me llena la boca de patria cuando digo ¡España!) que se quiten un puñado de cadáveres de enanos nonatos. “Los programas electorales hay que cumplirlos”, le recuerda Ricardo Blázquez, sustituto de Rouco Varela al frente de la Conferencia Episcopal Española.

Se veía venir. El fracaso de Gallardón, el cabreo de los obispos, la indiferencia de Mariano Rajoy, la alegría de la población. Se veía venir porque ni el más necio de los ministros, ni el más radical de los políticos, ni el más inane de los presidentes del Gobierno, es capaz de dispararse en un pie de manera consciente. No podía ser de otra manera. ¿Quizá porque un 80% de los ciudadanos no quiere que la Ley del Aborto de Gallardón salga adelante? No, por la herencia recibida, el legado de un Gobierno socialista que, recuerde, defendió con mayor entusiasmo a los linces ibéricos que a los concebidos.

La Ley del Aborto de Gallardón solo ha existido en la mente enfermiza de un hombre que vive en constante contradicción, en permanente insatisfacción. El libertino que se siente virtuoso, predestinado, bienaventurado. El ministro que quiere ser califa en lugar del califa. El beato del pico pardo, la lengua torcida y la mirada acuosa del impostor. El continuador del pensamiento político moderno, iluminado en el siglo XVI por el filósofo florentino Nicolás Maquiavelo.

Gallardón, sé fuerte, dice un Rajoy que, acostumbrado a traicionar a sus votantes, no tiene reparos en guardar en el cajón de los sueños rotos la ley electoral, la ley del aborto o el cadáver de un ministro. Y Gallardón, habituado a amenazar con dimitir mientras se agarra con más fuerza al sillón, continúa alimentando su idea medieval de la mujer y de la autoridad religiosa, su concepto doctrinal de la moral y la moderna tiranía. Maquiavelo negó que el objetivo de las sociedades fuese mantenerse inalterables. Así que ya sabes Mariano, cuidado con el príncipe, maestro de la suspicacia y señor de la zalamería. Porque ni siquiera los votantes de derechas son para siempre.


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4 Comments
  1. Mecacholo says

    Sublime artículo.
    Sólo una duda: ¿se dice «macachis» o «mecachis»? 🙂

  2. luigi says

    «El libertino que se siente virtuoso».

  3. Selito says

    Jo, pobre Gallie, el que estaba tan Galli-to con su supermegahiperley de la muerte, que había comprao con ella todos los billetes para el Cielo con vistas al Padre Celestial mismamente y que se va a tener que conformar con los suburbios de los mediocres y los fracasados…

    ¿Es que ya no se va a poder confiar ni en un partido de derechas cuando hace promesas electorales ad hoc para la Iglesia? ¿Nada es ya sagrado para Rajoy?
    Si, bueno, ya… los votos, no?

    La cuestión es: ¿Evitarán con esto perder un número suficiente de votos de centro, esos que se podían ir al PSOE o UPyD, o incluso los más locos a Podemos? ¿Número suficiente para que les salgan las cuentas con los que puden perder por la derecha más a la derecha, esos que podrían inflar Vox?

    A ver como se les da el cálculo… Lo peor es que les salga bien encima…
    Nahhh… O si?

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