Cataluña es España

Hugo Martínez Abarca *

Hugo-Martínez-AbarcaEl 16 de septiembre, apenas cinco días después de la Diada, Alberto Garzón presentaba una propuesta de IU en el Congreso pidiendo que se celebrara de acuerdo con lo previsto en la Constitución de 1978 un referéndum consultivo para que los españoles, todos los españoles con derecho a sufragio, votemos si preferimos seguir en una monarquía o iniciar el proceso constituyente hacia una república. Todo ello de acuerdo con las leyes vigentes y apelando a que todos los españoles decidamos lo que sea España. La propuesta de IU fue tumbada y votaron en contra PP, PSOE y UPyD, los mismos partidos que se oponen a que los catalanes puedan votar sobre su independencia porque “lo que sea España es una decisión que compete a todos los españoles, que son los que tienen la soberanía nacional, y no le corresponde a ningún Gobierno, ni partido, ni a ningún Parlamento(cita textual de Mariano Rajoy, presidente del Gobierno). Hasta que se les pide que los españoles decidan qué sea España y también se oponen.

Fue una votación muy clarificadora porque puesta junto al pánico a que los catalanes sean consultados muestra una grieta estructural del marco político heredado de la Transición. Frente a los miedos del pasado se impuso una democracia encorsetada, con límites rígidos en nombre de la estabilidad institucional. Por ello ninguna "regeneración democrática" dentro del marco político del 78 será más que apenas cosmética porque un avance sustantivo de la democracia supone un cambio de marco político. Esa sí era una diferencia crucial con el referéndum escocés: con el ‘No’, el Reino Unido ha salido muy reforzado; en cambio el sólo hecho de que en España se resolviera alguna cuestión estructural para el país dando la palabra al pueblo sin tener claro de antemano el resultado supondría por sí mismo un giro político inasumible.

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Durante años los propios monárquicos han planteado la necesidad de igualar al hombre y la mujer en la sucesión al trono (esto es: eliminar la discriminación de género, mantener la discriminación genética y reforzar la discriminación por edad) pero no lo hacían porque no querían que se convirtiera en un plebiscito para la monarquía (lo cual llevó a la patética angustia cortesana desde que se conoció el segundo embarazo de Felipe de Borbón y Letizia Ortiz hasta que se supo que era una niña). Los constituyentes de 1978 blindaron hasta hacer prácticamente imposible su  reforma la Corona y en ese pecado la penitencia fue que cuando se quiso "modernizar" no se podía hacer por la puerta de atrás como las otras reforma constitucionales. El pánico a que los españoles voten qué quieren que sea España siempre ha sido más poderoso que la necesidad de aprobar reformas que hicieran más fuerte (por algo menos obsoleto) el modelo monárquico.

Durante la Transición hubo una serie de límites que los sectores franquistas impusieron con éxito: desde luego la amnesia respecto de los crímenes de la dictadura (cuyo rechazo supuso grandes manifestaciones en Madrid al inicio de la actual crisis de régimen), la asunción de una monarquía incuestionable (sólo se legalizó para las cortes constituyentes a partidos que pasaran por ese aro), el “España antes roja que rota” (la Constitución del 78 no se fundamenta en la soberanía popular sino “en la indisoluble unidad de la Nación española” -artículo 2-) y el bipartidismo como gran cauce de la expresión de diferencias políticas. Todo ello con un instrumento imprescindible: la limitación de la participación popular a la menor y más cosmética posible. Y con un gran objetivo: el mantenimiento del poder de las oligarquías económicas franquistas.

Todos los límites incuestionables de los últimos años 70 están hoy en cuestión: la memoria, la monarquía, el modelo territorial y el bipartidismo son las costuras cuyos rasgones están ilustrando la crisis de régimen. Por eso el ensanchamiento de la democracia (la petición de consultas ya sea en Cataluña, ya en el conjunto de España) es el espejo que está devolviendo al régimen del 78 su cara más deformada. Por eso en el fondo de la crisis de régimen quien se ve amenazada es la oligarquía económica (inmersa también en su propia sucesión dinástica) y escuchamos que fueron esas crisis (la del bipartidismo, la territorial) las últimas preocupaciones de Emilio Botín.

La exigencia de consulta catalana no puede ser entendida como un conflicto con España, sino que los sectores que abogamos por una ruptura democrática en el conjunto de España debemos ver con ilusión cómo desde la movilización popular se erosionan los cimientos de un edificio cuya sustitución nos conviene a la gran mayoría social. Uno no desearía que Cataluña se independizara pero el mero hecho de que se colocaran las urnas supondría un terremoto político que (más allá de las convicciones meramente democráticas) nos conviene también a quienes vivimos a cientos de kilómetros de Cataluña. A diferencia de lo sucedido en Reino Unido la mera colocación de urnas incluso con un resultado contrario a la independencia sería un bombazo demoledor para el régimen del 78.

El conflicto catalán es el conflicto español, es uno de los conflictos del agonizante Régimen del 78. De su resolución depende en buena parte cómo salimos el conjunto de los españoles de la quiebra política. Si se sigue intentando resolver mediante la imposición de silencio e inercia el resultado será resentimiento y melancolía, acaso una nueva crisis del 98, dado que nadie puede ser tan miope como para pensar que un trámite administrativo (un recurso al Tribunal Constitucional) resolverá un hondo conflicto político y social. Y quien, como CiU, no vea desde Cataluña que la reivindicación democrática para España forma parte de su solución evidencia la falta de vocación democrática también para Cataluña. Sólo una salida democrática para el conflicto catalán puede suponer para el conjunto de España una transformación del país emancipadora. Y viceversa. E incluso esa salida (el respeto a la voluntad de los catalanes) es la única que tiene alguna posibilidad de convencer a la mayoría de los catalanes de que con nosotros no se está tan mal. Si es que aún estamos a tiempo de eso.

(*) Hugo Martínez Abarca es miembro del Consejo Político Federal de Izquierda Unida y autor del blog Quien mucho abarca.