El milagro de la sanidad (pública)

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Escalera del Hospital Niño Jesús abarrotada de personas. / Javier Pérez de Albéniz

En estos tiempos de epidemias globalizadas, farmacéuticas depredadoras y gestores zarrapastrosos conviene no perder de vista la medicina cercana, el ambulatorio rural, la auxiliar de enfermería. Es decir, la medicina diaria e imprescindible. Que el ébola no nos impida ver el sarampión. O una legionela que ya ha causado diez muertos en Sabadell y Ripollet.

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Le cuento esto tras escalar el Everest de las escaleras interiores del madrileño Hospital del Niño Jesús. Para acceder a Endocrinología he tenido que sortear a decenas de personas que, sentadas en esas zonas de paso, utilizan sus teléfonos, desmontan carritos de bebé o dan de mamar a sus hijos. El eslalom termina al llegar a una planta abarrotada de gente, algunos sentados rodilla contra rodilla en bancos azules, otros en pie, todos esperando educadamente su turno. Algunos niños lloran, otros berrean, unos pocos se entretienen con ruidosos juegos de piezas, los menos permanecen atentos a sus tabletas y móviles. Presidiendo esa zorrera, un cartel que muy bien pudo colgarse en los años setenta: “¡Silencio!”, exige un niño espantoso, de rostro porcino y pelo amarillo, mientras se coloca dos corchos en la orejas.

En medio de ese caos, los encargados de Admisiones se muestran tan atentos como eficientes, en Información son directos y eficaces, las enfermeras miden y pesan a los niños con una enorme sonrisa y la doctora es un ejemplo de profesionalidad. El paciente y su familia salen del hospital satisfechos, olvidando retrasos y salas atestadas. Es el milagro de la sanidad pública. Porque cabría considerar como milagro que este gran sistema de salud universal sobreviva a la gestión ultraliberal del Partido Popular. Como portento o prodigio debemos estimar que la sanidad pública española, durante décadas motivo de orgullo para todo un país, sobreviva a políticos como Ana Mato, seguramente la ministra más incompetente que se recuerde portando esa cartera.

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Cartel en el Hospital Niño Jesús. / J. P- A.

El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad que dirige Mato presume de haber ahorrado más de 6.500 millones de euros desde que se aprobara el decreto de recortes. Un Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad que ha eliminando miles de plazas de médicos y enfermeras (los jubilados no se sustituyen), medida que supone un 42% del ahorro total. Orgullosos de recortar, de desmontar, de desmotivar… y de privatizar: en los últimos cinco años el número de pólizas privadas ha aumentado en más de 130.000, un crecimiento anual superior al 8%.

La crisis del ébola ha facilitado el retorno a los titulares de una ministra hasta entonces famosa por el Jaguar de su garaje y los confetis de las fiestas de sus hijos. Hoy añadimos a esas virtudes una torpeza e ineptitud sin parangón a la hora de gestionar un problema inédito de medicina epidémica. Algo que no debe hacernos olvidar el día a día, la medicina popular, el desprecio a los profesionales, el desmantelamiento de hospitales y centros médicos… Por eso Mato es mucho más que una amenaza sanitaria de ámbito nacional. Es el símbolo de una conspiración, de un atropello, de un disparate. Pero también de un milagro: el de la sanidad pública.