Orueta, o la ilustración republicana del patrimonio artístico

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Algunas de las obras que pueden verse en la muestra dedicada a Ricardo de Orueta. / http://museoescultura.mcu.es/

Hasta el 8 de diciembre, puede contemplarse en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid una de las exposiciones más evocadoras y emocionantes que se hayan llevado a cabo en torno a la labor inmensa que la II República española efectuó sobre el patrimonio artístico. Un recorrido minucioso, espléndido, que desarrolla con un hilo conductor ajustado y riguroso las claves fundamentales y el ambiente que hizo posible la vida y obra del hombre que encarnó aquel empeño ejemplar: el malagueño Ricardo de Orueta, Director General de Bellas Artes republicano en los gobiernos provisional, del bienio reformista y Frente Popular. Setenta y cinco años después de su muerte, con el título de En el frente del arte. Ricardo de Orueta, 1868-1939, este singular Museo, tan magníficamente restaurado en los últimos años, rescata de un oprobioso olvido la memoria necesaria de quien lo conformó tal como lo conocemos, lo elevó a categoría nacional por un decreto firmado en 1933 por Fernando de los Ríos, ministro a la sazón de Instrucción Pública, y lo tuvo siempre como una de sus obras más queridas: “Pero de todo –declaró Orueta al cabo de su primer mandato, hablando de su trabajo museístico- lo más importante que he realizado ha sido convertir al Museo de Valladolid en el más bonito y original de toda Europa; puede decirse bien alto”. Una expresión que muestra su pasión por la escultura española, a cuyo estudio dedicó buena parte de su vida, pero sus logros fueron mucho más lejos de la indiscutible organización y belleza que reunió desde sus orígenes este soberbio Museo. Su trabajo en materia de rescate, protección, legislación y normativa de Patrimonio Histórico-Artístico puso a España a la vanguardia de las naciones europeas.

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Bastaría citar de la febril actividad normativa de Orueta la Ley de Protección del Tesoro Artístico Nacional de 1933, de cuya transcendencia da cuenta el que no fuera derogada hasta 1985, si no fuera porque de manera genérica el artículo 45 de la Constitución de 1931 llevaba su propio sello e inspiración: “Toda la riqueza artística e histórica del país, sea quien fuere su dueño, constituye tesoro cultural de la Nación y estará bajo la salvaguardia del Estado, que podrá prohibir su exportación y enajenación y decretar las expropiaciones legales que estimare oportunas para su defensa. El Estado organizará un registro de la riqueza artística e histórica, asegurará su celosa custodia y atenderá a su perfecta conservación. El Estado protegerá también los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico”.

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Ricardo de Orueta en una imagen que forma parte de la exposición. / museoescultura.mcu.es

Se explica así el despliegue asombroso que en tan poco tiempo llevó a cabo Ricardo de Orueta, y el alcance detallado de los aspectos más complejos y dificultosos de una legislación que necesariamente encontraría serias resistencias de la Iglesia y el poder del dinero; sobre todo ante sus medidas más contundentes y necesarias en una España que venía siendo expoliada con impunidad escandalosa en sus tesoros históricos y artísticos desde la Desamortización decimonónica. De ahí sus avanzadas medidas político-administrativas de catalogación, incautación y protección, de vigilancia sobre la venta y exportación de bienes artísticos, de la restauración y acceso público de monumentos y conjuntos, y el sentido de tutela eficaz sobre el patrimonio nacional que acompañó siempre su obra. Y de ahí también la inmediata incorporación al Tesoro Nacional Artístico del antiguo patrimonio de la Corona, el establecimiento del derecho de tanteo del Estado, la actualización de la ley desamortizadora, que impedía a la Iglesia ser propietaria de sus bienes; las medidas de acceso y divulgación del patrimonio entre profesores y alumnos de los colegios, las visitas abiertas al público en general; los reglamentos museísticos, los patronatos de los archivos, con especial cuidado para los más importantes (Histórico Nacional, Simancas, Indias, Corona de Aragón)…

Fue el fruto sazonado de una verdadera Edad de Plata. Al poco de entrar como Director de Bellas Artes, Orueta aprovechó la pregunta de un periodista acerca de la labor que pensaba desarrollar, para dejar bien claro su profunda convicción y su temple cívico: “Una, sobre todo, que me parece esencial. Impedir que se nos lleven el tesoro artístico nacional. Eso me trae aquí. Yo no diré nunca que me he sacrificado, no. Estoy aquí muy contento. Porque quiero… Creo que puedo hacer una gran labor, labor de cancerbero. Pienso proponer al ministro unos cuantos decretos que arreglen de una vez para siempre esta cuestión, porque no hay derecho a lo que pasaba antes… (…) Hay que hacer ambiente sobre todo esto. Hay que convencer al pueblo de que las joyas artísticas son intangibles, que nos pertenecen a todos, que son nuestra historia, nuestras grandezas, que hay que conservarlo y defenderlo. Como sea…”

“Nuestra historia”. He ahí la cuestión. Detrás de Ricardo de Orueta, amigo de Giner de los Ríos, Juan Ramón Jiménez, Jiménez Fraud, Ortega, Moreno Villa, Américo Castro… y, sobre todo, de Manuel Azaña, hay un hombre que descubre la historia de España a través del estudio de la escultura en el Centro de Estudios de Historia (CEH) y sus sabios, en la Junta de Ampliación de Estudios (JAE); un hombre hechura de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y la Residencia de Estudiantes (de la que fue tutor) que conoce y ama profundamente su país y, por tanto, quiere transformarlo, arrancarlo de su atraso patético y sus miserias, de modo que alcance, por fin, la frustrada y tantas veces negada modernidad ilustrada; una España que se abra a Europa y a la ciencia, tal como quería Ortega y los mejores hombres del momento, agrupados en la Liga de Educación Política Española (1914), en la que Orueta se integró procedente como tantos del Partido Reformista de Melquiades Álvarez. Orueta es un puente entre la Generación del 98 (más literaria) y la del 14 (más científica, más técnica, más moderna, a la que pertenece) que encuentra por fin en el republicanismo de Azaña la vía de acción reformista idónea para su país, a cuyo servicio se entrega con una austeridad de vida y una generosidad que, ante el reflejo del tiempo proyectado en esta preciosa exposición, nos conmueve tantos años después; ahora mismo, de nuevo en una España, moral, política y socialmente, harto miserable; rotos todos los lazos con las mentes y el ejemplo impresionante de aquellas generaciones que con tanta autenticidad, ilusión y entrega recibieron la II República. Como tantas veces desde entonces, resuenan las palabras de Azaña: “Nuestra generación se encuentra ante este horrible problema: sentirse español hasta en los huesos y en la sangre, y decir: esta España yo no la quiero, queremos otra mejor”.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.