Presidenciales en Túnez: lucha entre democracia y dictadura

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Santiago Alba Rico *

Santiago Alba RicoSi nos guiamos por el tratamiento que los medios europeos han hecho de las elecciones presidenciales del pasado domingo en Túnez, se podría juzgar exagerada, y hasta gratuita, esta advertencia: si en el segundo turno vence Elbeji Caid Essebsi, líder del partido Nidé Tunis, el retorno homeopático de la dictadura será casi inevitable. Es probable que dentro de dos o tres años los que hoy apoyan al presidente Marzouki e incluso algunos de los que, contra él, han votado al exministro de Bourguiba, acaben entre rejas o, al menos, en el exilio. Los que hace un año apostaron por un escenario egipcio -entre ellos un sector de la izquierda- podrán alcanzar su objetivo en pequeñas dosis: después de todo Sisi y Essebsi son nombres asonantes que, como lo demuestra su posición en Siria y Libia, comparten objetivos y proyectos (y el apoyo de Arabia Saudí y los Emiratos). Parafraseando lo que escribía hace poco el arabista Ignacio Gutiérrez de Terán, de lo que se trata es del “retorno del hombre fuerte” y del “hombre viejo” a un mundo en el que hace sólo tres años los débiles y los jóvenes se sublevaron contra décadas de dictaduras y humillaciones.

Pero vayamos por partes. Hace un mes Nidé Tunis se impuso en las elecciones legislativas a Ennahda con una ventaja superior a la esperada (86 escaños frente a 69 de los islamistas), lo que puso en marcha toda una serie de maniobras y negociaciones entre bastidores mientras se retorcía la constitución, según la denuncia del jurista Kais Said, para evitar que fuera el actual presidente de la república, Moncef Marzouki, el que encargara la formación de un nuevo gobierno al partido ganador. ¿Por qué? Como bien explica el conocido blog La Qasba, el objetivo era ocultar hasta el final el acuerdo al que habrían llegado los “laicos” de Essebsi y los “islamistas” de Ghanouchi para gobernar juntos, tal y como desea la Unión Europea. Este acuerdo, que puede soliviantar a los votantes “laicos” de Nidé, cuya campaña electoral giró en torno a la criminalización de los islamistas, se vio de alguna manera confirmado por la decisión de Ennahda (que no presentaba candidato propio a las presidenciales) de dejar libertad de voto a sus bases. Esto equivalía a abandonar a su candidato “natural”, Moncef Marzouki, aliado durante tres años en el gobierno, para franquear la victoria a su rival, el islamófobo y autoritario Essebsi.

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Hay que decir que este acuerdo Nidé-Ennahda resulta casi contra natura y no, desde luego, porque pretenda unir a “laicos” con “islamistas” (ya unidos en el gobierno de la “troika”) sino porque pretende unir a verdugos y víctimas, a los partidarios del ancien regime y a los partidarios de la democracia. El partido Ennahda, atrapado en la crisis regional del proyecto de los Hermanos Musulmanes, entre una Libia en llamas amenazada por un general golpista y un Egipto atenazado por un general golpista, lleva más de un año tentándose la ropa y haciendo concesiones “amargas” a fin de evitar el mismo destino. Su interés pragmático en conservar la democracia le llevó a ceder el gobierno el pasado mes de enero y luego, ante las elecciones legislativas y presidenciales, a renunciar públicamente a toda ambición de poder. Después de cometer el mismo error que Mursi en Egipto, el de tratar de cooptar el aparato vivo de la dictadura en lugar de depurarlo, ahora Ghanouchi cede todo el terreno a un rival que -para que el lector español se haga una idea- se parece mucho más a Fraga Iribarne (con toques de Arias Navarro y Carrero Blanco) que a Suárez. Muchos de sus dirigentes y militantes son conscientes de que de esta manera se aplaza pero no se conjura el peligro. El domingo por la mañana en la sede de Ennahda de Hay Tadamen, un barrio populoso y popular de Túnez, un dirigente local me decía, tras defender las ambiguas decisiones de su formación: “no hay ningún tunecino con un mínimo de conciencia que no tenga miedo”. La concentración de poderes (presidencia de la república y presidencia del gobierno) en manos de un hombre que ha ejercido funciones ministeriales y cargos dirigentes durante los últimos 50 años, con Bourguiba y con Ben Alí, y que ya ha amenazado con disolver la Comisión Verdad y Justicia, encargada de establecer los crímenes de la dictadura, encoge un poco el corazón.

El caso es que la primera vuelta de las elecciones presidenciales del pasado domingo ha deparado resultados sorprendentes, no tanto por el orden de los candidatos cuanto por la diferencia de porcentajes. Caid Essebsi no consiguió la mayoría absoluta, como algunos anunciaban, y Moncef Marzouki no se desplomó, como muchos deseaban: la distancia entre ambos candidatos ha sido sólo de entre cinco y seis puntos (40% frente a 34%). La reacción furibunda de Caid Essebsi criminalizando a los votantes de Marzouki como “islamistas y salafistas radicales” (sin ahorrarse además una alusión despreciativa a su extracción social, pues el sur del país le ha vuelto la espalda) revela su contrariedad, pero también revela el perfil de los que apoyan a Marzouki: junto a las bases de Ennahda, en efecto, están todos los tunecinos que abrigan “un mínimo de conciencia” y tienen miedo del retorno de la dictadura. El voto inesperadamente alto al actual presidente de la república tiene una lectura esperanzadora: pese a la campaña vergonzosamente parcial y agresiva de los medios, una parte de la población ha entendido lo que está en juego y ha votado contra el ancien regime.

¿Qué va a pasar en la segunda vuelta? Una vez conocidos los resultados, Rached Gahnoushi, líder histórico de Ennahda que hace unos días publicaba en The New York Times una encendida defensa del “islamismo democrático” y recordaba que la verdadera lucha en Túnez es la que enfrenta a democracia y tiranía, ha anunciado una revisión de su postura de neutralidad. ¿Pedirá el voto para Marzouki? Si lo hace no está claro que de esta manera Ennahda ayude al actual presidente; más bien al contrario. Casi se podría interpretar como una forma de facilitar la victoria de Essebsi contentando a sus propias bases y salvando la propia dignidad democrática. Ennahda, en realidad, está contra las cuerdas; y junto a Ennahda, todos aquellos que, laicos e incluso antinahdauis, ahora que no se puede salvar la revolución, quieren salvar al menos la Constitución y la transición democrática.

Es muy improbable que se salve. Con el apoyo obsceno de todos los medios de comunicación y de la mayor parte de los candidatos fracasados, como en tiempos de Ben Ali, Caid Essebsi ganará sin duda la segunda vuelta y se volverá tarde o temprano contra Ennahda, por muchas concesiones suicidas que los islamistas hagan. Pero al menos este resultado parcial determina dos consecuencias clarificadoras. La primera es que, a partir de ahora y hasta los comicios decisivos, la campaña se va a hacer no en torno a la alternativa islamismo/laicismo, como en las legislativas, sino en torno a la cuestión democracia/dictadura. El laico es Marzouki y también, nos guste más o menos su figura y su ejercicio presidencial, él es el preso político de Ben Alí, el expresidente de la Liga de DDHH, el exiliado de la dictadura y el único candidato con credenciales democráticas. Del otro lado, nos guste más o menos su populismo bourguibista, Caid Essebsi es la perfecta síntesis de cincuenta años de autoritarismo y dictadura y sus declaraciones públicas (sobre los Derechos Humanos, por ejemplo) invitan poco a creer que, a sus 88 años, haya sufrido una mutación celular democrática y libertaria.

En cuanto a la segunda consecuencia, es casi seguro que nos deparará alguna amargura. El tercer candidato en número de votos ha sido el líder del Frente Popular, Hamma Hamami, preso también durante la dictadura y militante comunista combativo y respetable. Su 8% es una buena noticia para la izquierda, pero es casi seguro que se transformará enseguida en una mala noticia. Esa es nuestra especialidad. Porque las primeras declaraciones del propio Hamami y de otros dirigentes del Frente (como Zied Lakhdar, del partido nacionalista Watad, donde militaba el mártir Chukri Belaid) dejan claro que el Frente Popular no va a apoyar a Marzouki, lo que equivale a apoyar de hecho a Caid Essebsi. No debe extrañarnos. Una izquierda islamofóbica que hace un año pidió la disolución de la Constituyente, se unió a Nidé Tunis en un promiscuo Frente Nacional de Salvación y coqueteó con una solución a la egipcia, va a olvidar ahora a los otros mártires, los que murieron en 2011 a manos de los amigos de Essebsi (uno de cuyos compañeros de partido, en un mitin público, llamó “traidores” a los revolucionarios que derrocaron a Ben Alí) y va a facilitar el retorno del ancien regime.

Produce bastante dolor la ceguera de un partido que, tras aceptar de manera realista el juego electoral, no entiende que en estos momentos no hay en Túnez ninguna revolución en marcha y que, por lo tanto, no hay ningún posible voto revolucionario (ni tampoco una abstención revolucionaria). Se trata de salvar los muebles, como condición de cualquier transformación futura y de cualquier revolución venidera. ¿Se acuerdan los lectores de las elecciones presidenciales francesas de 2002? A la segunda vuelta llegaron Le Pen y Chirac y la izquierda, obviamente, votó -nariz tapada e insulto en mente- al derechista Chirac para evitar un gobierno fascista. Se dirá que hay diferencias. Las hay, en efecto. La primera es que Marzouki es mucho más progresista y de izquierdas que Chirac. La segunda es que Francia era una democracia burguesa asentada y Le Pen podía hacer poco daño a sus instituciones mientras que Túnez tiene un sistema fragilísimo, aún sin fraguar, y Caid Essebsi, que ha retenido en sus manos buena parte del aparato del Estado de la dictadura, tiene la capacidad para abortar el proceso antes de que se consolide.

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales (dentro de unas semanas) los tunecinos, nativos o de adopción, nos jugamos la diferencia entre un poco de democracia y el retorno de la dictadura. Produce desconcierto y amargura pensar que el RCD va a volver triunfalmente gracias al voto, directo o indirecto, de los intelectuales, el sindicato UGTT, el Frente Popular y la izquierda liberal eurocéntrica.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.