Políticos ejemplares

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El ex presidente de la Diputación y del PP de Castellón, Carlos Fabra, el pasado miércoles, a su llegada a la Audiencia de Castellón, donde se le notificó su ingreso en prisión. / Domenech Castelló (Efe)

“De todos los políticos de ahora, el que más me gusta es el pequeño Nicolás”, confiesa una señora a su compañera en el Metro de Madrid. No es una broma. Habla completamente en serio. “Un chaval muy educado, no como ese viejo al que le toca tanto la lotería”, responde su contertulia. Y se preparan para bajarse en Gran Vía.

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Las dos viajeras han resumido, sin pretenderlo, el proceso de renovación que está viviendo el partido que gobierna este país. Es la hora de la regeneración, y los populares quieren recobrar la confianza perdida tras decenas de casos de corrupción e innumerables muestras de ineficacia. Relevos, para no olvidar que la política se desarrolla en el terreno de la defensa de valores e intereses ciudadanos. Cambios, para fomentar medidas éticas y de transparencia. Y es que si la gente está cansada de los políticos actuales, pensarán en el PP, nosotros tenemos más.

Fabra y Nicolás. El que se va y el que llega. Es decir, el que sale y el que entra. ¿De chirona? No, por dios, de Génova. Los extremos de un mismo mimbre, alas opuestas de idéntica gaviota. La juventud y la veteranía, la frescura y la madurez, la insolencia y la… insolencia. Uno y otro, el pequeño Nicolás y Carlos Fabra, unidos en el tiempo y el espacio por el frío metal: el de las perras de un programa en prime time, el de los barrotes de la trena de Aranjuez.

La vieja política y la nueva política. El PP rejuvenece su cuadra. Dos generaciones de triunfadores. Nicolás, o si usted lo prefiere Fran, se considera “el Julian Assange español”, un prodigio de modernidad, osadía y compromiso social. Un activista. Fabra sigue sintiéndose “honorable”, un ciudadano ejemplar que, según sus compañeros, “ha trabajado mucho” (Alberto Fabra). Portador de “información muy comprometedora para la seguridad de este país”, Nicolás está en la cumbre: “Tengo un contacto en cada ministerio, en la comunidad, en el ayuntamiento. Estoy blindado por todos los sitios”. Conductor de proyectos tan altruistas como un aeropuerto sin aviones, Fabra está a la sombra: “quienes critican ese proyecto son una gentuza, una pandilla de inútiles”.

La política, últimamente un tanto desacreditada, necesita este tipo de gestos. Renovación natural, espontánea, sin traumas. Un soplo de aire fresco, un gesto de grandeza. El veterano líder, agotado tras darlo todo por su pueblo, deja el camino libre a un joven ambicioso que, si las cosas siguen su curso de manera lógica, imitará sus pasos y llegará lejos. Quién sabe si hasta la misma prisión en que, con los brazos abiertos, le estará esperando su antecesor. Son maestro y alumno, reyes del tongo, almas paralelas en la discreción: Nicolás no revela el origen de sus contactos, Fabra se niega a desvelar la procedencia de su dinero.

El sistema corría riesgo de colapso. La regeneración era necesaria. El relevo, inevitable: en las tertulias en que antes se hablaba de la desvergüenza de Fabra, ahora se comenta la caradura de Nicolás. Los políticos ejemplares de Mariano Rajoy. Tiempos salvajes, nombres nuevos. Los populares necesitaban un golpe de efecto, una catarsis como ésta, para no perder la confianza ciudadana.