El Estado Islámico y la tentación del cero

Santiago-Alba-RicoTras la destrucción por parte del Estado Islámico de las esculturas asirias y acadias del Museo de la Civilización de Mosul, algunos han sugerido en tono acusatorio, como si se tratase de una perversión de las proporciones, que la opinión pública se siente más impresionada por la demolición de una estatua que por la destrucción de miles de vidas. Creo, al contrario, que se trata de un atinado homenaje al sentido de las proporciones. Por supuesto que es más grave destruir una vida que una estatua y la humanidad no debería dudar en destruir las estatuas que hiciera falta para salvar una sola vida; pero es mucho más impresionante y, si se quiere, más “bárbaro” destruir un toro de piedra de 2.700 años de antigüedad que una existencia humana. La vida individual es muy breve y la única manera de no empezar en cada instante desde cero es pasarse de una generación a otra un montoncito de piedras, como los cubos de agua, de mano en mano, para apagar un incendio. El que mata a un hombre -o a mil- es un asesino; el que destruye la memoria de la humanidad es pura Naturaleza: opera como esos cataclismos que, según Platón, destruían cada 10.000 años la civilización obligando a un puñado de “hombres toscos y ásperos” a comenzar de nuevo. Bárbaro no es el que trata a los otros como a animales sino el que se trata a sí mismo como a un animal sin historia ni legado, disuelto en un único gesto o una sola palabra. Sólo una cosa impresiona más que un genocidio y es el apocalipsis. La destrucción del museo de Mosul impresiona mucho porque se trata de un apocalipsis a pequeña escala; la maqueta o el bonsai -digamos- del apocalipsis.

Los yihadistas son muy conscientes de este “impacto”, que han utilizado a su favor en un orgulloso vídeo publicitario. En la primera parte, un hombre barbado presenta, en un acartonado árabe clásico, la acción posterior. Habla de esos pueblos atrasados que adoraban la lluvia o el fuego y de esos “ídolos” que representan dioses combatidos por el Profeta. Pero importa mucho menos la justificación que el hecho de tener una para “pasar al acto”; un “acto” que podemos calificar sin vacilación de “revolucionario” en el sentido de que toda “revolución” implica más una ortopraxia que una ortodoxia; es decir, un conjunto de acciones destinadas a interrumpir el curso de la historia. A finales de los 90 hablaba yo provocativamente de un “islam jacobino” para referirme a esta tentación de apoyarse en una Ley para poner a cero el reloj de la Historia. Esa fue la tentación jacobina que tanto escarnecieron, con odio burlón, los reaccionarios europeos, cuyos intereses de clase estaban asociados al espesor social de las costumbres milenarias: a eso que los muy “revolucionarios” yihadistas llaman precisamente yahiliya para referirse a la “ignorancia” supersticiosa anterior a la revelación de Mahoma. No se trata, obviamente, de comparar a Robespierre y a Abu Bakr Al-Bagdadi -como les gustaría a nuestros tertulianos de hoy- sino de evocar un elemento que nada tiene que ver ni con la razón ni con la religión, pero que sus respectivos excesos goyescos comparten: lo que “impresiona” a todos, para bien o para mal, es la osadísima acción mediante la cual se destruyen 3000 años de memoria humana y se pone la historia en la hora justa para “un nuevo comienzo”.

Como sabemos, a muchos les impresiona de manera favorable, hasta el punto de que estos vídeos, como los de ejecuciones, tienen un irresistible efecto propagandístico. De hecho, en las calles y carreteras de los territorios ocupados por el EI en Iraq y Siria se han colocado pantallas gigantes donde se reproducen las escenas sangrientas de los degüellos, replicadas también en los medios y las redes. Incurriríamos en un grave error si nos ocupásemos sólo de los análisis geoestratégicos para desdeñar la potencia política de esta dimensión antropológica. El conocido arabista Olivier Roy ha insistido a menudo en que el éxito del yihadismo tiene que ver con el hecho de que es “la única causa rebelde en el mercado” y tanto el número de conversos que acuden voluntariamente a Siria e Iraq como la “coquetería” con que cuidan su atuendo y se fotografían, kalatchnikov en mano, le dan sin duda la razón. Algunos datos abundan en esta dirección. El 55% de los jóvenes británicos no musulmanes, por ejemplo, declaran sentirse atraídos por el Estado Islámico; y, según un reciente estudio, tras el atentado contra el Charlie-Hebdo han aumentado en Francia el número de conversiones y las ventas de ejemplares del Corán. Es esta ortopraxia -un conjunto de acciones asociadas en este caso a la restauración violenta del “cero”- y no una ortodoxia religiosa, o una doctrina teológica, la que atrae a cientos de jóvenes árabes, pero también franceses, australianos y españoles, a las filas del yihadismo.

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Tienen razón Alain Gresh o Gilbert Achcar cuando denuncian el uso del término islamo-fascismo, acuñado por las clases dirigentes europeas y sus vanguardias intelectuales para justificar y alimentar la islamofobia. Pero en este sentido el daeshismo (de Daesh, como se conoce al EI en árabe) tiene menos que ver con el jacobinismo que con el fascismo. La exhibición bravucona, espectacular, de la violencia tiene una vertiente disuasoria y otra vinculante. Por un lado se advierte a los laxos y por otro se los compromete; como sabemos una idea sólo es convincente cuando “pasa al acto”, y esto sirve para las maras, las mafias y los ejércitos. Pero la exhibición de la violencia por los medios tecnológicos más refinados y con las escenografías más operísticas tiene también un efecto directamente -narcóticamente- persuasivo. Destruir 3000 años de historia o degollar a prisioneros es una declaración de indiferencia subversiva por la “moral burguesa”: “hemos cruzado el umbral”, proclaman, “estamos por encima del bien y del mal y despreciamos todas las convenciones sociales”, mensaje “revolucionario” que, desde hace siglos, seduce en momentos de crisis a miles de jóvenes.

Que el EI pretenda tener alguna relación con el islam no tiene nada de extraño; en esa zona del mundo lo raro -y sospechoso- sería que actuase en nombre del budismo. Pero el daechismo tiene relación, en realidad, con un mundo harto de hipocresía, de dobles raseros y de miseria vital; tiene que ver con un mundo cansado de la civilización. Ahora bien, este “cansancio de la civilización”, cuyos efectos políticos son aún imprevisibles, tiene a su vez causas políticas. Es, por evocar a Gramsci, el resultado de una revolución fallida. Muchos de los jóvenes que hoy gravitan hacia el EI creían realmente en la dignidad, la justicia social y la democracia en 2011 y se jugaron la vida por esos principios. Las tres o cuatro contrarrevoluciones convergentes en la zona que hoy devuelven a un primer plano a las fuerzas zombis del imperialismo y la dictadura han prolongado y pervertido la politización incipiente de la mal llamada “primavera árabe” en la más “revolucionaria” de las contrarrevoluciones: la de una ortopraxia violenta hasta tal punto “soberana” (tan “ideológica” y “autorreferencial” como Israel) que ni quiere ni tiene que negociar nada con nadie. Por eso, todos los bombardeos son inútiles y, aún más, contraproducentes; sólo servirán para reforzar la ilusión “revolucionaria” y la “tentación de cero”.

Por lo demás, este “cansancio de la civilización”, en el marco de una verdadera crisis civilizacional, no es ajeno a Europa, como lo demuestra el propio EI, pero también la islamofobia. O hacemos políticamente creíble la vieja civilización de las piedras y la ética común o nuestras vidas se van a poblar de bonsais del apocalipsis. Para lograrlo habrá que cambiar, al mismo tiempo, de modales, de economía y de política exterior.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.