Günter Grass o los riesgos de la memoria

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Miguel Sánchez-Ostiz *

Miguel_Sánchez_OstizFallece Günter Grass e invoco a Seferis: «Allí donde la toques, la memoria duele». Solo que en Grass dolía sin tocarla, en forma de culpa y vergüenza corrosivas, incesantes en su labor de zapa, compañeras inseparables de las historias a contar... Grass vivió avergonzado, eso dijo una y otra vez, por no haber sabido, por no haber querido saber, que participaba en un crimen imprescriptible, un crimen que no tenía, para él, redención posible.

A los diecisiete años Grass intenta sobrevivir como puede en los combates crepusculares de la guerra de la que sale herido, pero vivo. Enseguida, cambalache astuto sobre imaginativa resistencia, tiene que resistir en los campos de internamiento para prisioneros de guerra, donde al cumplir los diecinueve años recibe con satisfacción la noticia de las ejecuciones de jerarcas nazis en Núremberg.

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Veinte años más tarde, en otro mundo, construido sobre el pozo negro no del todo saneado y cegado del anterior, Günter Grass se había convertido, según sus palabras, en «un aguafiestas debido a mi tendencia a llamar por su nombre a todo lo mucho tiempo silenciado». Para entonces ya había publicado El tambor de hojalata, ya había conseguido escribirlo, sería mejor señalar, y arrancarle página a página episodios y palabras concretas a la memoria avergonzada y a la culpa que crecía en ella.

Una página detrás de otra, Günter Grass fue un incómodo memorioso, un verdadero aguafiestas, gruñón y pesimista, un sombrío burlón que de sus puestas en escena literarias o académicas hizo mucho más que una mera acusación fiscal. A Grass, fuera de Alemania, se le perdonó mucho porque hablaba del nazismo, aunque no lo hiciera de una manera ortodoxa, aunque metiera el dedo en llagas maquilladas, pero cuando confesó –¿confesó o simplemente contó?– que, adolescente, había consentido sin reservas con la bambolla del nacionalsocialismo, se intentó lincharle. Un linchamiento mediático que hoy resulta bochornoso, pero que tuvo su eficacia para colocarlo con todos sus éxitos en la vitrina ferial de los sospechosos.

La buena y la mala conciencia, la vergüenza y la culpa inextinguible... la verdad con la propia vida se mueve en terrenos pantanosos, nunca a gusto de nadie. En Grass no se trató de tauromaquias a lo Leiris ni de inmolaciones, sino de un sencillo pelar la cebolla de los malos tiempos, la de la propia conciencia sin remilgos. Hay que hacerlo. Es un riesgo que pocos corren: presentarse en escena no bajo la mejor cara posible, sino despojado de esa arrogancia de matasiete, muy celiana, del «sí, qué pasa», al contar los episodios más comprometidos de la propia vida cuando sobre ellos pesa la condena o el olvido generalizados.

Es más fácil linchar a Günter Grass acusándole de nazi por su juvenil afiliación a las SS –al igual que Joseph, aquel polaco muy devoto con el que juega a los dados en el campo de internamiento y que haría carrera eclesiástica– o de antisemita por su poema «Lo que hay que decir», que asumir que se vive en un país podrido y en un tiempo abyecto en el que los causantes de la ignominia no acaban de pagar por los actos cometidos y pasan impunes de uno a otro régimen, como sucedió con la mayor parte del aparato judicial alemán y como sucedió aquí con todo un régimen, pero eso que lo denuncie en Alemania, no aquí. Grass fue implacable con la reconversión de los nazis en acendrados demócratas europeístas, algo que difícilmente se soporta y que muestra un camino: a la hora del recuerdo, o la complicidad y el ocultamiento habituales, o en el caso contrario, ninguna complacencia ni con el ambiente vivido ni sobre todo con uno mismo. Algo que más que a denunciar que el rey va desnudo, equivale a irrumpir corito en una pomposa procesión. Se puede objetar que lo hizo protegido por el premio Nóbel (y otros), pero creo que Grass lo hubiese hecho tarde o temprano. De hecho, de una forma o de otra lo vino haciendo desde que empezó a escribir.

Para denunciar la impostura nacional, la complicidad tácita o expresa con la abyección y el crimen, no le hicieron falta grandes discursos, sino señalar simplemente con el dedo, tocar el tambor en el momento menos adecuado, ejercer el don mayúsculo de la inoportunidad, ese que muchos esperan y otros temen y rechazan airados. Como muchos otros, podía Grass haberse escabullido detrás de una falsa biografía, pero prefirió la crudeza, más temible cuanto más simple. Bastó con que dijera que no preguntó cuando fue testigo de la infamia, que miró para otra parte... y que le costó admitir la evidencia de las atrocidades cometidas por sus compatriotas.

A la luz de lo escrito y leído, que de otra fuente no dispongo, creo que Grass se propuso contar del tiempo convulso que había vivido primero como novela y al final como crudo descargo de conciencia. Que su descargo encontrara eco en sus lectores alemanes y que supusiera una acusación en toda regla para quienes se negaban a admitir su complicidad activa o pasiva en el crimen, también. No estuvo solo en el no querer enterarse por miedo, por indiferencia moral o por complacencia plena. Si acabó siendo una especie de memoria nacional lo fue a pesar de aquellos alemanes que no quisieron reconocerse ni en su memoria ni en la vergüenza y la culpa que la acompañaban.

Es raro no coger vela en ese entierro, en Alemania... y aquí. Ese es para mí el mayor valor que tiene la obra de Grass leída en un país de desmemoria legendaria en el que nadie hizo nunca nada de qué avergonzarse y donde todo es pasado, pasado remoto, o culto desvergonzado. Quien se acuerda de lo que no conviene, se indispone, y es expulsado de la tribu por aguafiestas o por indeseable. Nunca te acuerdas a gusto de todos ni mucho menos cuando el pacto tácito es no recordar, abolir el pasado y como mucho pensar que nos emporcó a todos y que, en consecuencia, es mejor que nadie hable, que nadie pele esa cebolla. Todos culpables, nadie culpable. Y el que quiera tocar el tambor, que lo toque en extramuros.

(*) Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) es escritor. Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de la Crítica (1997) por No existe tal lugar (Anagrama, 1998). Su última obra publicada es A trancas y barrancas (Pamiela, 2015). Es autor del blog  Vivir de buena gana.
5 Comments
  1. valeria zabalegui says

    Este artículo me parece genial, enhorabuena¡¡¡ «Nunca te acuerdas a gusto de todos …» genial

  2. Patronio says

    La última y primera vez que leí un artículo del firmante, le felicité y prometí seguirle. Pero también le dije que le criticaría si lo considerase oportuno. Y hoy lo considero. Porque escribe desde su particular atalaya sin haber tenido el más mínimo conocimiento directo de la sociedad alemana. Los alemanes, estimado tocayo, han estado durante décadas avergonzándose de ese pasado y repudiándolo. Además de pagándolo bien caro económicamente, si nos remitimos a lo material. Nadie ha mirado a otra parte, incluso sin tener culpa alguna de lo que hicieran sus padres o abuelos. Lo que no van a hacer es pasarse toda la eternidad pidiendo perdón.
    Contésteme, si le place: ¿A que no me equivoco cuando afirmo que usted no conoce de primera mano la sociedad alemana actual ni la de hace sesenta años años? Pues procure ser más ecuánime.

  3. celine says

    Muy acertado. No hay que confundir el sentimiento de culpa que acompaña al pueblo alemán con el arrepentimiento, que es otro estadio. Reportajeando por Alemania, en los años 80, pregunté a un representante de los Verdes algo relativo al pasado nazi y éste se puso como un basilisco. Mucha culpa sí, pero poca humildad para arrepentirse.
    En cuanto a España, se han publicado los nombres de demócratas de toda la vida que habían hecho su agosto bajo y gracias al franquismo: desde Polanco, que en paz descanse, hasta el representante de la Generalitat en la embajada de Madrit, hace unos cuantos años; siento no recordar el nombre. Lo importante es tener todo esto presente sin hacer crecer el resentimiento, inútil para ser feliz en la vida que es de lo que se trata.

  4. Henry says

    Un gran uso de el el tambor de la tribu.

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