Las elecciones y el robo de La Gioconda

Santiago-Alba-RicoEl 21 de agosto de 1911 desapareció del museo del Louvre la obra más famosa del mundo, la Gioconda o Mona Lisa, y durante dos años se perdió toda pista sobre su paradero. La policía interrogó al escritor Guillaume Apollinaire, que había pedido quemar todas las pinacotecas, y también a Picasso, sospechoso de comprar piezas de arte de dudosa procedencia. Sólo en 1914 se recuperó la pintura cuando el ladrón, un carpintero italiano de nombre Vincenzo Peruggia, trató de vendérsela a la galería de los Uffizi de Florencia con el propósito -declaró- de que La Gioconda volviera al país donde había nacido y pintado su autor, Leonardo da Vinci.

Lo que me interesa de esta historia es otra cosa. Tras el robo y durante casi tres años, la dirección del Louvre dejó vacía la pared de donde había colgado el cuadro y miles de visitantes acudían ahora a contemplar el hueco. Obviamente no era el hueco lo que atraía a la gente sino el hueco de un objeto determinado que sobrevivía así a su propia desaparición. Lo cierto es que la ausencia del cuadro más famoso del mundo se hizo tan famosa como el cuadro mismo. Muchedumbres de todo el mundo acudían a París y se sentaban en la sala del Louvre a contemplar extasiadas ese vacío concreto donde se combinaban indiscernibles el recuerdo de la enigmática mujer pintada por Leonardo y el gesto audaz del carpintero italiano que la había robado: “aquí estuvo La Mona Lisa” o, mejor dicho, “aquí no está La Mona Lisa”. De todos los lugares del mundo donde no estaba el cuadro de Leonardo, la pared del Louvre que lo había albergado era el único donde realmente no estaba el cuadro de Leonardo. Si se quiere localizar un objeto en el espacio, no tiene sentido formular frases interrogativas negativas (“¿dónde no he dejado mis gafas?” o “¿dónde no están las Montañas Rocosas?”) porque toda respuesta sería al mismo tiempo atinada, imposible e inútil. Pero en 1912 los colegios franceses habrían podido plantear en un examen la pregunta: “¿dónde no está La Gioconda”. Nadie sabía dónde estaba y esa pregunta había que hacérsela a la policía. Pero todos los estudiantes de Francia sabían dónde no estaba. El único lugar del mundo donde en 1912 no estaba La Gioconda era -correcto, sí- el museo del Louvre.

Parece una paradoja o un acertijo, pero no lo es. La pregunta por el lugar donde no están las cosas tiene una larga legitimidad metafísica (pensemos, por ejemplo, en Heidegger) y también estética, en la estela de las reflexiones de Walter Benjamin sobre al “aura” y la “autenticidad” de la obra de arte allí donde la fotografía permite de pronto la reproducción ilimitada de los objetos y convierte la imagen misma en un objeto más. Asimismo el hueco es uno de los ejes centrales del psicoanálisis de Freud y Lacán: el único lugar donde no está la satisfacción del deseo es precisamente el objeto del deseo. Pero podemos de la misma manera trasladar (significado original del término “metáfora”) la historia del robo de La Mona Lisa y la contemplación extasiada del hueco al ámbito de la economía y la política. Veamos algunos ejemplos.

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Si hablamos de la producción y del trabajo, podemos decir que la gigantesca obra de Marx, con todas sus elucubraciones teóricas y enredados análisis económicos, trata de responder justamente a esta pregunta: ¿dónde en concreto no está el esfuerzo de los trabajadores? No está en la mercancía como La Gioconda no estaba en 1912 en el Louvre y por razones parecidas. El robo de la fuerza de trabajo de los humanos concretos deja un hueco que los consumidores visitamos y contemplamos extasiados: es lo que Marx, pensando en las religiones animistas, llamaba fetichismo. Ese hueco Marx lo ponía en relación, y todo indica que en eso no se equivocaba, con la explotación, la miseria y la creciente desigualdad.

Pero podemos seguir con los acertijos. Si hablamos de política española, podemos preguntarnos, por ejemplo, dónde concretamente no está la verdad. La respuesta -correcto- es la prensa libre, las televisiones, los medios de comunicación. Podemos preguntarnos también dónde concretamente no están el derecho a la salud, a la vivienda, a la educación. La respuesta -exacto- es las instituciones del Estado. Podemos preguntarnos asimismo cuál es el único lugar de España donde no está la soberanía popular -como el Louvre era el único lugar del mundo donde no estaba el cuadro allí robado. La respuesta -aprobado- es el Parlamento.

En definitiva, es lícito afirmar, con arreglo a esta metáfora, que los medios de comunicación, las instituciones del Estado y el Parlamento son los huecos ante los que una buena parte de los ciudadanos se quedan todavía extasiados o, al menos, paralizados, como ante la pared vacía del Louvre de la que colgaba, antes del robo, la obra de Leonardo. Ahora bien, entendamos lo que nos enseña esta metáfora. No se trata de despreciar por igual todos los lugares donde no está La Gioconda y decir, por ejemplo, que entre el Louvre y un basurero no hay ninguna diferencia y que, por lo tanto, el Louvre es un basurero. El único lugar donde no estaba La Gioconda en 1912 era el único lugar donde había estado hasta entonces: esa pared donde el robo había dejado un hueco. Podemos adorar el hueco o podemos destruir el museo vacío. Pero podemos también recordar algo muy simple que todo el mundo entiende: que el hueco de La Gioconda invoca, reclama, exige a gritos la vuelta de La Gioconda. No necesito aclarar que se trata de una metáfora y que no entro aquí en los procesos históricos por los que un determinado museo se apropia de una obra y selecciona a sus visitantes.

Lo que quiero decir es muy sencillo: si la verdad no está concretamente en los medios de comunicación, si el derecho a una vida digna no está concretamente en nuestras instituciones y si la soberanía popular no está concretamente en el Parlamento -porque están huecos- eso sólo ilumina los lugares de donde han sido robados esos bienes comunes y a donde hay que devolverlos. La izquierda debe reivindicar esos lugares y pelear por ellos: los medios de comunicación, el Estado, el Parlamento y las instituciones, instrumentos y condición de las transformaciones económicas y sociales. Adorar esos huecos es tan peligroso como renunciar a ellos. En ambos casos dejamos que nos gobiernen los ladrones.

Por eso son tan importantes estas elecciones. Alguien podrá objetar de manera razonable que el acertijo se puede extender a los comicios; que podemos preguntarnos dónde no está en concreto la voluntad democrática y responder que -precisamente- no está en las urnas. Las urnas, sí, son el hueco de la democracia robada. Correcto. Una combinación de dispositivos legales, electoralismo, hedonismo de masas, clientelismo y manipulación determinan que el voto antropológico y el voto prevaricador limiten con severidad las posibilidades de transformación por la vía electoral. Es lo que hay. La gente llega -llegamos- hecha y, si se quiere, mal hecha. Pero el problema no está aquí en las elecciones sino en la gente. Podemos prescindir, por tanto, de la gente, pero no veo cómo de ese modo vamos a lograr ser más democráticos que unas elecciones “burguesas”. O también podemos tratar de reformar a la gente, de reformarnos a ras de tierra a partir de lo que han hecho de nosotros. Que las elecciones sean también un hueco -el hueco de la democracia- implica que son difícilmente “superables” como marco jurídico, pero esta insuperabilidad revela asimismo que la voluntad democrática, al contrario que La Gioconda, al contrario que el derecho a la verdad o a la vivienda o a la soberanía, no está alojada en una institución; que sean un hueco quiere decir que la voluntad democrática, de la que dependen todos estos derechos, no se reduce a las urnas, de la que sólo son un medio de expresión. Por eso no es fácil ganar las elecciones y por eso no basta con ganar las elecciones. Sin ganarlas no podremos nunca devolver La Gioconda al hueco. Sin ganarlas no podremos nunca contar con la formidable potencia educativa de las instituciones, hoy utilizada contra la democracia. Pero para ganarlas, y para que ganarlas sea la condición de un cambio decisivo, hay que desactivar el voto prevaricador, casi inaccesible, y moldear el voto antropológico, potencialmente promiscuo. Para eso, aunque desgraciadamente irrenunciable, no basta la televisión. Para eso, igualmente irrenunciables, tampoco bastan las movilizaciones, las asambleas y el activismo. Entre el populismo antropológico, siempre conservador, y el militantismo universal, falto de realismo antropológico, hay que trabajar en varios mundos paralelos al mismo tiempo. No es fácil. Es como si para encontrar al ladrón y recuperar nuestra Gioconda hubiese que estudiar antes historia del arte y aprender a mirar como Leonardo. Será aún más difícil, en todo caso, si olvidamos que la izquierda está compuesta también de gente, no en el sentido democrático sino en el más jodidamente antropológico: somos prevaricadores, vanidosos, ambiciosos, machistas, tribales y pandilleros, arrogantes y a veces inmisericordes. Con esos mimbres estructurales se puede hacer literatura y hasta una despedida de soltero, pero no la Historia; de hecho, cada vez que la izquierda ha intentado hacer la revolución con esos andamios, la gente ha acabado por desear que la Historia se quedase como estaba. En definitiva, como organización, como discurso, pero también en cuanto que “gente”, la izquierda necesita una buena reforma. Se avanza, me temo, mucho más en lo primero que en lo segundo.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.