¿Es posible un nuevo Mundo?

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David Jiménez, nuevo director del diario El Mundo. / Efe
David Jiménez, nuevo director del diario El Mundo. / Efe

David Jiménez, nuevo director del diario El Mundo, escribe en su primera columna de opinión, publicada el pasado domingo, sobre el profundo desencanto que una parte de la sociedad siente con la prensa. Y exige, con toda la razón, que los periodistas seamos autocríticos: “Señalamos con el dedo a los culpables de la decadencia que ha vivido este país, sin preguntarnos si tenemos alguna responsabilidad en lo ocurrido”. Cuando leí que Jiménez decía que “Las causas de nuestra pérdida de credibilidad pueden encontrarse en las hemerotecas” creí que podía referirse a todas aquellas portadas en las que El Mundo ha relacionado el 11-M con ETA. Con dos cojones, pensé. Pero la frase siguiente despejaba dudas: “O, mejor dicho: en lo que no se puede encontrar en ellas”.

En las hemerotecas encontramos algunas de la principales razones que explican el deterioro del periodismo. Pero no todas. La mayoría están en los despachos de las redacciones, lugares como el que él ocupa en estos momentos. En España el periodismo comenzó a agonizar cuando los grandes diarios se hipotecaron para embarcarse en proyectos megalómanos y suicidas. Cuando los directores de esos grandes diarios y los presidentes del Gobierno comenzaron a hacerse confidencias, a conspirar, a intercambiar cromos, a ser uña y carne. Cuando los grandes periodistas, los de exclusivas filtradas y tertulias televisivas, se compraron los primeros Jaguar. Cuando sustituyeron el talento por la docilidad. Cuando informadores y políticos compartieron mantel y más cosas. Cuando en las redacciones se instaló un nivel de connivencia, deshonestidad, amiguísimo, mediocridad y corrupción no demasiado diferente del que sacudía a la clase política.

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David Jiménez ha tenido la inmensa suerte de no presencia en directo esa decadencia: “El día que llegué a EL MUNDO tras ser nombrado su nuevo director tuve problemas para que me dejaran entrar. Había olvidado mi DNI y los guardias de seguridad no me ponían cara, tras años trabajando lejos de la redacción, desde Kabul, Pekín o Ulan Bator”, escribe en su primer texto como director. Corresponsal (excelente) desde 1998, Jiménez se enfrenta ahora a una tarea titánica: devolver la credibilidad a un periódico que, no contento con haber convertido la información sobre el 11-M en la gran infamia de la historia del periodismo español, insiste de cuando en cuando en mantener vivas las dudas sobre la autoría de los atentados.

“Regreso a la redacción donde empezó todo para mí con la idea de hacer periodismo, nada más”, escribe Jiménez. “Pero me está costando encontrar alguien que me crea. "Hay demasiados intereses y no te van a dejar", me dicen”. No te lo van a poner fácil. El Mundo es un diario muy especial, en su día de autor, que hoy lucha por rejuvenecerse, por abrirse, por enterrar viejos vicios, por recuperar la chispa, por sobrevivir. El Mundo es un periódico lleno de fantasmas.

Cuando Pedro J abandonó la dirección de El Mundo lo hizo sin mochila, por la puerta grande: “Me han destituido por hablar claro”, escribió en el New York Times. García Abadillo se ha marchado sin irse, puesto que seguirá firmando en el diario: “Somos el periódico más independiente”, dijo en su despedida de la redacción, adelantándose a la línea de autocrítica que reclama su sucesor. Un David Jiménez que aterriza, por tanto, en un periódico en el que se habla claro, el más independiente. Un chollo: mientras mantenga a Jiménez Losantos, Salvador Sostres [ayer mismo se conocía su salida del diario] y Sánchez Dragó, y riegue cada tres o cuatro meses la teoría de la conspiración, no debería tener problemas para mantener el pulso del diario. Le deseo mucha suerte. La necesitará.

Termino citando, como él, a Kapuscinski: “No será nuestro director quien lo decida, sino nuestros lectores”.

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