El Siglo de Oro de la melancolía

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Dos operarios montan uno de los cuadros de la exposición que podrá verse en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid desde el próximo 2 de julio. / R. García (Efe)

Así llegó a denominarse al tiempo que transcurrió desde mediados del siglo XVI hasta iniciada la segunda mitad del XVII, larga y traumática etapa en las sociedades europeas que fija el sentido de la melancolía moderna y, entre el Renacimiento tardío, manierista, y el retorcimiento lóbrego de la vida y las formas barrocas, va alumbrando lo que, finalmente, será en siglos posteriores la subjetividad contemporánea. Las profundas tensiones de la época, derivadas fundamentalmente de la emergencia férrea y el asentamiento de las ortodoxias religiosas, hacen de esa melancolía un fenómeno bastante generalizado en la sociedad de su tiempo, que asiste en los países de mayor fricción y represión a una eclosión creativa asombrosa en el arte, el pensamiento y la literatura, como una espita descompresora de un estado febril, ansioso, que libera el espíritu humano a través de su más alta capacidad de creación. Allí donde la tensión fue más aguda, los logros artísticos alcanzaron mayor excelencia. Lo advirtieron muy pronto Klibansky, Panofsky y Saxl en su libro memorable, Saturno y la melancolía: “En la España de Cervantes, donde el barroco se desarrolló bajo la presión de un catolicismo particularmente severo, y aún más en la Inglaterra de Shakespeare y de Donne, donde se afirmó frente a un protestantismo altivo. Ambos países fueron y seguirán siendo el ámbito verdadero de esta melancolía específicamente moderna, conscientemente cultivada; durante mucho tiempo el “español melancólico” fue tan proverbial como el “inglés esplenético”.

Con esta idea de partida, el Museo Nacional de Escultura de Valladolid inaugurará el próximo 2 de julio una magnífica exposición itinerante titulada Tiempos de melancolía. Creación y desengaño en la España del Siglo de Oro. Esta gran muestra, singular y primera en su género en España, permanecerá abierta en ese soberbio Museo a lo largo de julio, agosto y septiembre, para pasar en los meses y año siguientes al Museo de Bellas Artes de Valencia y CaixaForum de Palma de Mallorca. Se trata de una exposición concebida con amor y rigor, con entusiasmo e impecable realización, en la que la inspiración y el aliento de de su comisaria y directora del Museo vallisoletano, María Bolaños, son indudables. El patrocinio del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y de la Obra Social “La Caixa” han hecho posible el alcance e interés poco comunes de este verdadero hallazgo cultural y artístico. Las obras, objetos, libros, instrumentos musicales, etc., aquí expuestos llegan de los mejores museos españoles, de las mejores colecciones, especialmente del Prado, la Biblioteca Nacional, de la vallisoletana de Santa Cruz, del museo Lázaro Galdiano, Thyssen-Bornemisza, del Bellas Artes de Valencia, Academia de San Fernando…, pero de no menos importantes museos europeos: Rijksmuseum, The National Gallery… Reúne un elenco apabullante de grandes artistas con obras de primerísima categoría o valor excepcional: Durero, Antonio Moro, Alonso Berruguete, Veláquez, Murillo, El Greco, Alonso Cano, Sánchez Cotán, José de Ribera, Antonio de Pereda, Brueghel de Velours, Van der Hamen… Un festín para el gozo estético y la inteligencia.

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Cartel de la exposición.

A través de los cinco capítulos de su desarrollo, desde la “Fábula cultural” de su origen en la Antigüedad griega hasta su “Escenario cristiano”; desde “El poder imaginativo del melancólico” hasta “El signo del desengaño” y la “Nada” final de las sombras y el sueño de la muerte, que abre como emblema el verso de Quevedo (“No hay día que pase por ti que no vaya sacando tierra de tu sepultura”), la melancolía como mito, concepto, impulso y anhelo sublimes de la creación humana a lo largo de la Historia, aparece aquí ilustrada con precisión y belleza nunca vistas, con erudición escogida, ajustada; con una autoridad de conocimiento manifiesta, con un gusto estético exquisito. El viaje que se nos propone en esta exposición hasta alcanzar le melancolía de los siglos modernos y la consecuente subjetividad contemporánea es la historia misma de la creación y el genio, unidos inextricablemente en el Problema XXX atribuido a Aristóteles. Es su historia y la recreación fecunda que el arte engrandece y mitifica a lo largo de los siglos.

Pero es, sobre todo, una contemplación reflexiva y una respuesta clarividente que desde la actualidad se proyecta al pasado, al fondo de los grande hitos de la civilización y la cultura humanas, desde la Antigüedad y la Edad Media hasta el despertar de una nueva sensibilidad del signo de Saturno, inédita hasta entonces, en el último Renacimiento y el Barroco. Una respuesta, en todo caso, que sigue girando en torno a la pregunta que preludia el texto aristotélico: “¿Por qué razón todos aquellos que han sido hombres de excepción, bien en lo que respecta a la filosofía, o bien a la ciencia del Estado, la poesía o las artes, resultan ser claramente melancólicos, y algunos hasta el punto de hallarse atrapados por las enfermedades provocadas por la bilis negra…?”

Esa melancolía antigua, fruto de las teorías humorales, que se transforma en acedía en el milenio medieval, en la “pena de Adán”, la variante religiosa de la melancolía, nacida con el pecado original, que afrentará gravemente la verdad de la Iglesia, llegará a los siglos modernos bastante transformada. La sociedad y su escenario han cambiado tan abruptamente y de tal manera que la afección melancólica se generaliza con el pesar amargo del desengaño. Una novedad que el protoperiodista Jerónimo Barrionuevo apunta en sus Avisos del Madrid de los Austrias (1654-1658): “Falta el contento en todo; y anda la gente tan melancólica, que parece han venido de otro mundo”. En la España moderna aquí representada, la melancolía se agranda y configura como el propio paisaje espiritual y artístico que va dejando una estela oscura, lúgubre, de decadencia; una señal constante y persistente que nutre la aflicción y el desconsuelo. Es el tiempo del memento mori, de la vanitas que recuerda el sueño de la vida, su fugacidad y sinsentido, la contemplación morbosa del humo y de la nada. La melancolía ya había inspirado a principios del siglo XVII (1621) el monumento incomparable de Robert Burton, Anatomía de la melancolía, quien había consensuado su definición: “En general, se define como un tipo de locura sin fiebre que tiene como compañeros comunes al temor y a la tristeza sin ninguna razón aparente”. Una ansiedad inevitable que frena el impulso vital para reconducirlo hacia una morbosa necesidad creativa. Una enfermedad tan imaginada como real que ha labrado la excelencia de los siglos y cuyo eco redivivo se escucha, en efecto, en esta exposición admirable

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.