Casta

Los expresidentes madrileños Alberto Ruiz-Gallardón, Ignació González y Joaquín Leguina, que forman parte del Consejo Consutlivo de la Comunicad de Madrid, en una imagen de archivo junto a la también expresidenta Esperanza Aguirre, que renunció en su momento a esta posibilidad. / Efe
Los expresidentes madrileños Alberto Ruiz-Gallardón, Ignació González y Joaquín Leguina, que forman parte del Consejo Consutlivo de la Comunicad de Madrid, en una imagen de archivo junto a la también expresidenta Esperanza Aguirre, que renunció en su momento a esta posibilidad. / Efe

En el último programa de la temporada de “El Intermedio” (La Sexta), Iñaki Gabilondo dijo que no le gustaba el término “casta”. Como no le gustaba, afirmó, el término “populistas”. Realmente se trata de unas etiquetas un tanto simplistas, brocha gorda, que utilizan líderes políticos y tertulianos para no desarrollar conceptos que, piensan, el pueblo llano no está preparado para comprender. Se equivocan. El populacho distingue a un populista en cuanto le ve bajarse del coche oficial para decir que bajará el IVA cuatro días antes de las elecciones. La chusma, que es más lista de lo que parece, identifica a la casta desde lejos. Por ejemplo, en el momento en que ve que uno se ha ido sin marcharse, que se fue para quedarse, que salió para entrar sin ser visto.

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La casta es un término precioso, pese a lo que proclame Gabilondo, por contundente, descriptivo y riguroso. La casta es… la casta. Magia con precisión, que diría Antonio Vega, capaz de levantar tantas ampollas entre PP como entre PSOE, principales beneficiarios de tan sugerente y despiadado vocablo. Porque hay circunstancias políticas, detalles administrativos, mamandurrias consultivas y descarados trapicheos que solo se pueden entender desde el concepto casta. Le pondré un ejemplo…

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¿Recuerda usted a Ignacio González? Sí, hombre, el del dúplex en Marbella. Creo recordar que también fue presidente de la Comunidad de Madrid en los días de furia, de bolsas y trapicheos, de testaferros y sociedades pantalla. Pues resulta que el tal González, lejos de dedicarse al sector inmobiliario, para el que sin duda tiene un gran olfato, sigue en la política: se ha incorporado al Consejo Consultivo de la región en calidad de consejero permanente. ¿Que de qué le estoy hablando? Pues de 8.500 euros brutos mensuales. Ni para pagar los gastos de comunidad del dúplex, que diría Enrique Cerezo.

La Comunidad paga 8.500 euros a González y, además, le facilita los medios técnicos y humanos para realizar su labor. Labor política, que no inmobiliaria, se entiende. Una faena en la que ya se encuentran enfrascados, dándolo todo, sus predecesores Alberto Ruiz-Gallardón y Joaquín Leguina. A 8.500 por barba. ¿Casta? Solo desde el populismo más repugnante, bolivariano a la par que perroflauta, se puede utilizar esta expresión para definir a este trío de madrileños ilustres. Son los últimos de su especie. Un género político irrepetible, me temo, si la nueva política no vuelve a fallarnos: la actual presidenta Cristina Cifuentes se comprometió en su pacto de gobierno con Ciudadanos al cierre del Consejo Consultivo. Permanezcan atentos a la crème.