Las flaquezas de la 'hipótesis Podemos' y la necesidad de Ahora en Común

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Sebastián Martín *

Sebas_MartinEstos días hemos podido leer numerosos artículos sobre la irrupción de Ahora en Común (AeC). Más que análisis han sido ataques, algunos procedentes de apresurados intelectuales orgánicos que han tachado a sus promotores de afán de protagonismo, de inclinación trepadora, de pretensión divisiva o de pulsión de derrota. Otros, de apariencia más generosa, han reducido de forma maniquea la cuestión a una preocupación gratuita por los asuntos internos, cuando lo que cumple ahora es ocuparse de las tribulaciones de la gente corriente, como si lo que estuviese en debate fuese otra cosa que emplear los mejores procedimientos posibles para afrontar óptimamente esas preocupaciones comunes.

En ninguno de tales análisis se ha querido aludir a lo que quizá suministre la clave de la aparición de este nuevo actor: el hecho de que responde a una necesidad material que la dirección de Podemos decidió hace tiempo dejar de cubrir, aunque constituyese la razón de ser originaria de su partido. Una necesidad consistente en contar con un instrumento al servicio de la ciudadanía organizada para penetrar en las instituciones e intentar dirigirlas. Una necesidad cuyo carácter perentorio ha sido revelado por la actual coyuntura crítica, en la medida que ha evidenciado que las instituciones se hallaban secuestradas en manos de minorías oligárquicas. La cuestión pertinente a este respecto, por tanto, no se refiere a qué conspiraciones, estratagemas o vicios morales han llevado a que nazca AeC, sino a qué motivos han hecho que en tan solo un año la cúpula de Podemos haya decidido desplazar a su partido hasta un lugar tan lejano del inicial.

Para responder a este interrogante es necesario dirigir la mirada a la hipótesis populista que inspira su hoja de ruta. En su carácter estrictamente cultural y discursivo, con deliberado desdén hacia la dimensión material de las cosas políticas, acaso radique uno de los motivos del viraje. El paradigma que su táctica reproduce deriva del giro lingüístico que experimentaron las ciencias sociales en los años 70 y 80. Asfixiados por un materialismo estrecho y conceptualmente rígido, y a través de las brillantes sugerencias de la epistemología, los saberes sociales comenzaron entonces a primar el conocimiento de las estructuras mentales con que se percibe la realidad por encima del análisis de la realidad misma. Llegaron a considerar que la realidad, como tal, era científicamente incognoscible; de lo único que podía darse cuenta era de los paradigmas, marcos o discursos con que era descifrada e interpretada.

Aplicada al terreno de la política, esta apreciación lleva a pensar que las decisiones de un sujeto no se hallan motivadas tanto por sus intereses materiales como por los resortes culturales a través de los cuales concibe su espacio y determina su acción. Alterados esos resortes mediante su resignificación, se supone que la forma en que ese sujeto comprende su contexto y dirige su acción cambiaría. Era en ese nivel, el de la semántica y el de los imaginarios colectivos, donde Podemos aspiraba a intervenir a través de la técnica prefabricada de la comunicación, con el fin de crear un nuevo sentido común capaz de inspirar consensos más inclinados a la izquierda, en contraposición al creciente predominio neoliberal.

Estos planteamientos «discursivistas» de la ciencia social posmoderna, que en su día ejercieron una valiosa función compensatoria y aperturista, han amarilleado debido a su postergación del dato material, muy especialmente en un tiempo como el presente, marcado por el renovado e implacable imperio de lo material. Tal y como acontece en la ciencia social, en su pragmática política se advierten claras incongruencias que debilitan la “hipótesis populista” de Podemos como herramienta para ganar elecciones.

En primer lugar, resulta llamativa la ingenuidad de pensar que la táctica discursiva del populismo podía hacer algo más que añadir complejidad en un espacio donde los medios de producción y difusión del discurso se hallan intensamente concentrados. Su relativo buen funcionamiento en otras latitudes no era razón suficiente para pensar que el trasplante prosperaría en sociedades más estratificadas, fragmentarias, con el poder mucho más trenzado e integradas en tramas institucionales aun más rígidas. Como ha quedado demostrado, en este país, el trabajo duramente labrado desde abajo en el plano de la comunicación política queda destrozado con cualquier traspiés, convenientemente amplificado por titulares insidiosos y tertulianos de criadero.

Por este motivo, las políticas de la hegemonía, practicadas en sociedades posthegemónicas, en lugar de fundar una nueva voluntad colectiva, como noblemente pretenden, solo logran constituir la identidad de grupos políticos minoritarios. Su empeño en construir mitos cohesivos, referencias simbólicas atrayentes y liturgias colectivas, más que elaborar una nueva identidad común, solo termina fundando grupos parcialmente cerrados cuyos miembros se identifican mutuamente por determinados referentes, indumentarias, ritos y, sobre todo, por un liderazgo, unipersonal o colectivo, común.

En la condición del líder se cifra, en efecto, uno de los elementos básicos de la praxis populista. Para que sus propósitos mayoritarios surtan efecto, el líder debe ser encarnación fiel del pueblo postergado, verdadero depositario del interés común. Y eso parece lograrse, primero, cuando existe un colectivo mayoritario autoconcebido como pueblo injustamente relegado, y segundo, cuando su representante visibiliza ostensiblemente sus atributos. Algo que puede acontecer cuando el líder procede de tal colectivo y habla su lenguaje, o cuando dicho colectivo, por su sabiduría y por sus virtudes, le atribuye una posición prominente. Como puede suponerse, todo ello resulta de complicada aplicación en España, donde, a lo sumo, puede lograrse un grupo reducido de seguidores incondicionales del líder y de su discurso esquemático, no un liderazgo de arraigo transversal.

Incluso la pretensión realista de erigirse en representante de una clase media castigada por la crisis tropieza con serias dificultades. Para que el vínculo de reconocimiento basado en la sabiduría surtiese efecto, los líderes de Podemos deberían contar con alguna década más de trayectoria profesional y política. Por otro lado, su condición de intelectuales les suele jugar malas pasadas. Decía Max Horkheimer, interpretando a Maquiavelo, que la religión solo podía servir al príncipe para gobernar en la medida en que no reconociese públicamente que la utilizaba para tal fin. Si la mencionaba, el encantamiento se rompía. Contradiciendo esta consigna elemental, los dirigentes de Podemos nos han expuesto en numerosas ocasiones, de forma magistral, los flancos más detallados de su táctica política, invalidando así sus efectos emocionales. A una verdadera populista, como Susana Díaz, no se le ocurriría desvelar los motivos por los que se autoidentifica con todo el pueblo andaluz, por más evidentes que resulten.

Como exponía hace unas semanas Luis Villacañas, el mérito de Podemos no ha consistido en construir un nuevo lenguaje para el pueblo, sino en darle los cauces necesarios para que conquiste parcelas de poder institucional efectivo. Pero este logro es ya de índole material y una de sus condiciones preliminares es precisamente la involucración activa del pueblo en la selección de sus futuros representantes, sin mediaciones de aparatos partidarios afectados por intereses corporativos, y con el fin tanto de activar una corriente contagiosa de participación popular como de seleccionar a los que la colectividad considera mejores.

Cuando la dirección de Podemos optó por el sistema de lista única y centralizada, aparte de abortar la institucionalización territorial de su propio partido, clausuró de golpe ese camino, hoy ineludible. Para intentar reabrirlo nació AeC con su propuesta de primarias abiertas de radio provincial, composición ciudadana y apertura a todas las personas sin distinción que anhelan el cambio en España.

 (*) Sebastián Martín es profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Sevilla.
7 Comments
  1. alejandro says

    Lo más importante que ha surgido en la política en este último año no ha sido la existencia de Podemos, o la descomposición de las viejas estructuras de la izquierda, ha sido la Unidad Popular como marco amplio de encuentro, desarrollo y concreción de la nueva izquierda. No se cuales serán los resultados en las generales ni de qué forma se presentarán, en las distintas circunscripciones, las diferentes propuestas para el cambio. Lo seguro es que se ha abierto un camino que toma fuerza y en el que el espacio de construcción de esta alternativa están llamados partidos, sindicatos, movimientos sociales y gente corriente sin filiación. Este núcleo esencial (la unidad popular) ha sido el mayor logro surgido de este año y medio, casi, de terremoto político.

  2. Juankarasporosa says

    Creo que lo primero que dijo Pablo Iglesias en una conferencia en una universidad,,preguntado sobre el proyecto,aún no creado,,!! Pablo Iglesias contestò,,’ La importancia del proyecto político depende en un 95% de la TV y un 5% del PROGRAMA ELECTORAL,,!! Pasmado me quedè,,!! @AhoraenComún tiene,bajo mi punto de vista claro està,que aprovechar esa barbaridad de Iglesias y hacer un uso de las TIC,,Internet,Twitter,Facebook Google +,WordPress,etc,etc,etc

  3. fjmm says

    Un análisis clarividente. No se puede obviar en politica los intereses materiales, las fidelidades históricas,etc. en base a una mera politica emocional y retórica. Dicha politica es de cortos vuelos y si triunfa será incapaz de hacer cambios porque su voto de aluvión no resistirá el empuje que el poder ejercerá, como hemos visto en Grecia.

  4. pedrorodríguez says

    Siglo XIX: liberales, exaltados, demócratas, federalistas, y en el último tercio, socialistas y anarquistas. Siglo XX: socialistas, anarquistas, radicales, demócratas republicanos, y , tras la guerra, antifascistas y antifranquistas. Todos perdieron frente a las oligarquías de su tiempo debido, principalmente, a su desunión y a veces al personalismo infantil (en ocasiones también por contextos nacionales e internacionales adversos muy adversos). Principios del Siglo XXI: ¿hemos aprendido de nuestra Historia? ¿O el postmodernismo (con su falsa autonomía de la «Política»), nos llevará a un nuevo fracaso? Para evitarlo: yo, Ahora en Común. Esto solo es el principio, venceremos.

  5. Rafel says

    Enfrentados IU con Podemos y este con Ahora Común, no hay mas posibilidad de coincidir que en un colectivo con la denominación de «Ahora 15M». De otra forma, la soberbia de algunos dirigentes hará imposible, una vez mas, desterrar a la derecha del poder, como se hizo con UCD.

  6. oferta says

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