La verdad buscada de Emilio Lledó

Agustín_García_SimónEn la obra de Emilio Lledó brilla con luz propia una depurada fidelidad a la Grecia antigua, una fundamental constante de partida no tanto del cómo, sino del porqué de las cosas, del origen del pensamiento que hará de Europa terreno abonado para la razón y la ciencia, permitiendo al viejo continente dominar el mundo y escribir la Historia, al menos hasta la quiebra más brutal e inédita del siglo xx; pero también conformando la morada fecunda donde la dignidad humana alcanzará la sublimación de sus grandes anhelos en su irrefrenable busca de la felicidad: la libertad, la justicia, la solidaridad, la aspiración a la igualdad en toda forma de organización social; la civilización, la polis, el Estado; la educación, el cultivo de la belleza, la cultura como estadio elevado del ser humano, capaz de propiciar las condiciones, mejor que cualquier otro factor, del imprescindible sentido ético, que discierna la deseable bondad humana de su infamia o inicua perversión. Porque, en palabras del propio Lledó: “…el verdadero sustento de la sociedad, de la vida colectiva tan importante como la vida de la naturaleza, es la educación, la cultura, la ética. Ellas son las verdaderas generadoras de riqueza ideal, moral y material”.

Es una de las muchas sentencias necesarias para este tiempo de erradicación del pensamiento crítico, de la historia y la memoria, que Emilio Lledó vierte en su último libro: ‘Fidelidad a Grecia (Valladolid, cuatro.ediciones, 2015), conjunto de ensayos inéditos, inteligentemente articulados en cuatro apartados que compilan y recorren algunas de sus reflexiones más queridas sobre sus temas más selectos; desde ‘Lo bello es difícil’ y ‘Fusión de luces’ (Mythos, eros, epicureísmo, logos y teoría, la palabra y la escritura, felicidad e indigencia, la memoria imprescindible de Giner de los Ríos, la no menos fundamental de Antonio Machado…), hasta las finales ‘Crónicas impacientes’, más aristadas, como corresponde a la rabiosa actualidad, pasando por ‘Pruebas de imprenta’ (Desde la letra l, Gramática en su mundo…), un guiño del Lledó filólogo, no menor en ningún caso a su habitual despliegue de rigor, pedagogía y claridad, propios de sus textos filosóficos.

Este libro “podría haberse llamado Esa verdad buscada −escribe en el prólogo su editor, Mauricio Jalón, uno de los mejores conocedores de la obra de Lledó−. Bajo la forma de ensayos, viene a ser una síntesis muy personal de “consideraciones morales y de costumbres”; algo así como los Moralia de un autor contemporáneo”. No le falta razón; y aun podría añadirse a todo el empeño intelectivo de Emilio Lledó una divisa de reclamo genérico, que invite a los buenos lectores actuales a asomarse a una de las trayectorias intelectuales más generosas y brillantes de la cultura española de los últimos años: amor y pedagogía; entusiasmo y disidencia. Quizá a través de esos dos conceptos y actitudes se comprenda mejor el impulso filosófico y la unión inextricable que, en su caso, hace del pensamiento y la moral necesaria y consecuente.

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En el leitmotiv del discurso de las páginas de este libro, Lledó nos remite a lo primero y más importante, la palabra y su transformación en logos, en sustancia y ‘ser’ del pensamiento, en la formación del lenguaje lleno de significados, sentido y racionalidad. El hombre es un animal que habla, había dicho Aristóteles, pero también que sueña, nos recuerda Lledó; que crea mitos, descubre el conocimiento y se refina por la cultura; un animal político, escribió también Aristóteles, que necesita vivir en sociedad, en polis, donde nacerá una aspiración concertada hacia la libertad; pero también, insiste Lledó, una criatura que se asombra, que va educando su mirada hacia la belleza, que goza al contemplarla, conseguirla o sublimarla mediante el arte o la mera posesión amorosa. Porque “amamos el conocimiento, amamos el saber, pero sobre todo amamos la vida”, cita Lledó a los maestros antiguos. Y la luz, necesaria a la belleza, la perfección y la propia vida: “¡Padre Zeus, libra de la espesa niebla a los aqueos, serena el cielo, deja que nuestros ojos vean, y destrúyenos, ya que así te place, pero en la luz!”, exclama Ayax en la Ilíada. Y la escritura, como necesidad de atrapar el vuelo de las palabras, el sonido del aire de su soplo, que abre el espacio de la memoria, del recuerdo, de la historia e ilumina el agujero negro del olvido, que es la muerte.  Pero para andar por todo este mundo que merece la pena y va fascinando a los hombres, los antiguos griegos crearon un ideal que sugiere la unión de la belleza y la bondad, que Lledó traduce por lo “bellibueno”, y retraduce y adapta y rebaja al inframundo de nuestro tiempo actual como la necesidad de “la decencia”. He ahí un reto tan difícil como exigible, muy “lledoniano”, como principio político en una sociedad envilecida como la nuestra.

Si en general la prosa de este libro, como toda la obra de Lledó, tiene el atractivo de la autenticidad, no es menos cierto que su gran magisterio luce especialmente en la filosofía de Platón y Aristóteles, y de una manera, si cabe, más emocionante en figuras y ecos de doctrinas como la de Epicuro. En el artículo que aquí se le dedica encontramos de nuevo la curiosidad y el aliento conmovedor de algo que en un tiempo tan lejano produjo una ruptura y un ruido ensordecedores, como una auténtica revolución. Prueba evidente de ello, nos recuerda Lledó, fue “el hecho de que el pensamiento de Epicuro fuese casi barrido en la historia, y de que sólo quedase de él la caricatura que descubrimos en escritores posteriores (…), su mensaje: era el cuerpo humano con todas sus limitaciones pero, al mismo tiempo, con su capacidad de sentir y de pensar el único fundamento de la vida y la exclusiva fuente del existir”. Las sensaciones humanas como recurso de vida total, pero sometidas a un equilibrio perfecto que permitiera tanto la libertad interior como la renuncia al temor y los vanos deseos, de ahí que Epicuro aconsejara la renuncia a la acción política, fuente de incontrolables deseos, de poder, de riquezas y honores hueros. Una filosofía, pues, “incorrecta”, concluye sabiamente el autor.

Tan “incorrecta” como esta perla que Emilio Lledó escribe al final del capítulo titulado ‘Voz que no clama en el desierto’: “El día en que nuestros ojos, alumbrados únicamente por los fogonazos de esperpentos electrónicos, de imágenes desde la nada, dejen de añorar la serena visión de las letras habrá empezado, otra vez, la edad oscura de la piedra.” Un consuelo saber que no estamos solos. Lledó sigue interpretando magistralmente nuestro mundo actual con instrumentos originales. El resultado sigue siendo una sinfonía espléndida, como la “luz no usada” de Fray Luis.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.