¿Qué programa queremos para Educación?

Carlos Fernández Liria *

Carlos_Fernández_LiriaDudo si escribir este artículo sobre la enseñanza porque muchos me dirán que están hartos de leerme siempre lo mismo. Pero más sufro yo, viéndome obligado a repetirme una y otra vez. Había decidido cerrar la boca y que me dejaran envejecer tranquilo, pero la lectura de algunos de los puntos del programa electoral de Podemos en materia de enseñanza me ha vuelto a soliviantar. Por lo visto hay que inventar muchísimas cosas. Y que viva la imaginación y la novedad. Hay que crear “un nuevo sistema de acceso a la Función Pública Docente”. Sustentado, eso sí, en “criterios de objetividad y transparencia” (como si algún partido abogara por el oscurantismo y la parcialidad). Esa retórica no es inofensiva. Es la misma retórica con la que en la Universidad se ha acabado con el sistema de oposiciones públicas para sustituirlo por el dictamen de las Agencias de Evaluación. ¿Se pretende, quizás, desde Podemos, extender esta barbaridad al mundo de la enseñanza secundaria? Si lo que se busca es transparencia no hay nada más transparente que una verdadera oposición pública, frente a un tribunal que tenga que juzgar en voz alta, en una sala en la que pueda entrar cualquier ciudadano que pase por ahí. Al menos, debería reconocerse que la idea es buena. Si luego se han encontrado mil maneras de convertir el sistema de oposiciones en un tinglado indigno, corrupto y podrido, habrá que preguntarse de dónde viene tanta podredumbre. Pero si en casa descubrimos que las cañerías de la calefacción están podridas, lo que hacemos es sanearlas, no ponernos a inventar algo mejor que la calefacción. A cambio de las oposiciones, en la enseñanza superior, tenemos ahora unas Agencias de Evaluación que operan a puerta cerrada, encapuchadas como clérigos de la Santa Inquisición, mientras los aspirantes a profesor se ven obligados a no estudiar ya ninguna otra cosa que no sea el propio sistema de evaluación, el cual, por otro lado, remite en último término a unos índices de impacto que elaboran algunas empresas privadas normalmente estadounidenses. Toda una derrota de las luces públicas de la Ilustración a manos del oscurantismo feudal de la negociación privada y secreta. Y aquí, los autodenominados expertos en educación pueden darle a la cosa tantas vueltas retóricas como quieran, pero no hay opción. Si se intenta inventar algo mejor y más novedoso que el sistema de oposiciones, inventarán, inevitablemente, la ANECA, las agencias de evaluación, que en último término acabarán por ser privadas. Porque entre la Ilustración y el feudalismo -que hoy en día es el feudalismo de las corporaciones económicas-, no hay término medio. Nunca lo hubo y ahora tampoco lo hay.

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Y cuántas novedades más hay que traer a colación. Ante todo, los nuevos métodos pedagógicos. Eso de los “nuevos métodos pedagógicos” sí que tiene gracia. La primera vez que lo oí -y por cierto, con casi las mismas palabras con las que se explica hoy- fue en 1971, cuando, coincidiendo con alguna de las aperturas franquistas y con la música de los Beatles aún de fondo, una ola de renovación pedagógica agitó todo el mundo de la enseñanza, incluso en los colegios de curas. Entonces, ya se habló contra las lecciones magistrales, contra el aprendizaje memorístico, contra la sobreacumulación de contenidos y entonces también se habló de la novedad de la participación en clase, de las clases dialogadas, del aprendizaje en seminarios, de las tutorías, y sobre todo -hasta el límite de la paciencia- del carácter lúdico del aprendizaje, pues, al fin y al cabo, nunca hubo tiempos más lúdicos y juguetones, tras toda una década de movimiento hippie en la que el espíritu del 68 triunfaba ya que no como revolución, sí como un exitoso marketing insoslayable. Desde entonces, y ya bajo la democracia, cada ataque al sistema estatal de la enseñanza se ha vestido con esos ropajes pedagógicos que siempre nos prometen cambiar la cultura de la enseñanza y del aprendizaje para recortar el carácter público de la enseñanza a favor de lo privado y lo mercantil. Siempre las mismas denuncias, porque los profesores no saben enseñar y los alumnos no saben aprender. Nació así ese ejército de personas que no saben nada de nada excepto cómo se enseña a enseñar y como se aprende a aprender. Todo empezó a ser fiscalizado por estos nuevos expertos, algunos con el título de pedagogos y otros -los más- disfrazados de pedagogos, porque, al fin y al cabo, no hay nada más fácil que disfrazarse de una cosa que no existe. Por el camino, se fue perdiendo, sobre todo, el hilo más importante de la Ilustración en el sistema estatal de la enseñanza: eso que se llamaba libertad de cátedra. Fue una especie de revolución cultural maoísta en el mundo de la enseñanza que tuvo por efecto desempotrar de sus goznes todo lo público-estatal. En Francia, por cierto, ocurrió exactamente lo mismo (sólo que ahí se partía de algo infinitamente mejor que en España), como demuestra el excelente libro de Michel Eliard, El fin de la escuela: la escuela republicana fue triturada, “hecha migas” (cfr. su otro libro L’école en miettes), con la única intención de acabar con un sistema concebido para garantizar que la educación fuera un derecho inalienable que tenía que ejercerse en condiciones de absoluta igualdad republicana. La verdad es que a Eliard tampoco le han hecho ni caso en Francia, así es que uno pierde la esperanza de hacerse entender.

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En la propuesta de programa educativo de Podemos, he leído aterrado las siguiente palabras: “Además, vivimos en un contexto social en evolución, con culturas en transformación e innovaciones pedagógicas, que no piden una educación estática. Podemos apuesta por unos profesionales preparados para la innovación, la evolución, la flexibilidad y la competencia, estableciendo una formación inicial que asegure una sólida formación pedagógica y práctica adecuada a las nuevas metodologías y retos educativos”. Da escalofríos oír hablar de flexibilidad y de retos. Es exactamente el mismo lenguaje con el que se ha destruido la Universidad pública con la excusa de aplicar el plan Bolonia. Como no he parado de repetir, lo malo de Bolonia, evidentemente, no era Bolonia (que no era más que un mero sistema de homologar títulos), sino precisamente la “flexibilidad” que había detrás. Aquí lo único “rígido” y “estático” que se pretendía “flexibilizar” era todo lo estatal. Y no hay nada más flexible, novedoso e imprevisible que el mundo mercantil. Miedo me da ver los mismos eufemismos planeando sobre la educación secundaria. Y más miedo aún me da que eso salga en el programa de un partido al que voy a votar. Si tuviera que fiarme del programa, pensaría que da igual quién gane las elecciones. Aquí siempre ganarán José Antonio Marina (el de la Inteligencia emocional que, por cierto, Podemos también propone nada menos que como asignatura), Francisco Michavila (el experto en fabricar libros blancos sobre educación, gobierne quien gobierne) y Luis Garicano (recomiendo leer los artículos de Agustín Moreno Educar con la tribu o a destajo o La educación neoliberal de Ciudadanos, sobre este tipo de personajes).

Y uno se pregunta, ¿por qué tiene que ser todo tan flexible, movedizo, fluido y novedoso? Tanto más en una sociedad que decimos combatir precisamente porque está a punto de hacernos antropológicamente picadillo, en aras de la flexibilidad y de los juegos del mercado (aquí, si se trata de jugar, donde sobre todo se juega es en la bolsa de valores, y así nos va). Respecto al sistema educativo ¿no basta con recuperar lo que hemos perdido? ¿No es un programa más que suficiente y, desdichadamente, lo suficientemente utópico?

El programa de Podemos en educación debería ser tan simple como un cubo: recuperar lo que nos han quitado. Eso es ya casi una tarea inacabable o imposible. ¿Tenemos además que inventar la pólvora? ¿No vale sin más con devolver al sistema educativo todo lo que los sucesivos recortes del PP y del PSOE le han arrebatado? Con eso bastaría. Y por desgracia, sobraría, porque es una tarea de gigantes. No hay que proponerse “nuevos retos y desafíos”, ya tendríamos bastante con que nos dejaran como estamos. Llevo, exactamente, 34 años en la enseñanza como profesor, y 22 años como alumno. Es decir, toda mi vida. Cada vez que me han hablado de un nuevo reto y de un nuevo desafío ha sido para robarme algo. Y no es que el punto de partida fuera bueno, no. Es que ha sido el circo de lo imposible: siempre se ha conseguido ir a peor.

El programa educativo de Podemos debería resumirse en una línea: defensa a ultranza de la enseñanza pública-estatal. Eso supone, en primer lugar, invertir la tendencia respecto a lo que desde hace décadas ha sido el cáncer de la enseñanza secundaria: la enseñanza concertada. No se trata, no, porque es inviable, de suprimir los conciertos de la noche a la mañana. Se trataría tan solo de hacer con la enseñanza concertada lo mismo que llevamos sufriendo en la enseñanza estatal desde hace décadas. Se trata de asfixiarla económica y legislativamente, poco a poco y sin piedad, como han hecho con nosotros, invirtiendo las tornas en beneficio del sistema estatal. En primer lugar, no sería tan difícil una legislación que obligara a la concertada a contratar profesores dentro de la bolsa de interinos que hayan aprobado sin plaza ya alguna oposición. No se puede permitir que unas sectas privadas de derechas o de izquierdas (me da igual) contraten a dedo profesores pagados con dinero público. Se trataría, también de mandar un ejército de inspectores que acabaran con las tasas encubiertas con las que los colegios concertados logran filtrar a los alumnos, dejando todos las cuestiones sociales generadas por la emigración y la marginación para la enseñanza estatal.

Podemos debería aquí, además, librar una lucha por la hegemonía, eso, precisamente, que tanto le gusta. Ya está bien de que todo el mundo considere tan de sentido común la ideología de Esperanza Aguirre (y de cierta extrema izquierda, por cierto) de que los padres tienen derecho a elegir la educación de sus hijos. La enseñanza pública se inventó para todo lo contrario. Se inventó para poner a los niños a salvo de la ideología de sus padres. Un niño no tiene por qué cargar con la desgracia de haber tenido unos padres que sean testigos de Jehová o del Opus o de ETA, para el caso es igual. Los padres pueden educar a sus hijos en casa, pero no tienen derecho a someter a sus hijos a una dictadura ideológica según sus prejuicios o sus convicciones. En la escuela estatal no se obligará a nadie a ser cristiano o musulmán o comunista, pero ahí los niños tendrán que convivir con cristianos, musulmanes o comunistas. Es una idea magnífica y parece mentira que no se sepa defenderla. Antes de que los padres tengan derecho a elegir la educación de sus hijos, los hijos tienen que tener derecho a librarse de sus padres. Es algo elemental. Pero en lugar de argumentar por este camino, la extrema izquierda no ha parado de darle la razón al PP alegando que quieren una escuela a su medida, en una casa okupa o en un colegio montesori de élite con nuevas pedagogías acordes con sus convicciones o sus prejuicios ideológicos. De hecho, en alguna asamblea de educación del 15M, ante mis ojos atónitos, tras mucho discutir sobre cómo debería ser la enseñanza del futuro, acabaron por inventar el cheque escolar de Esperanza Aguirre: a mí que me den el dinero y ya veré cómo educo yo a mi hijo. Como nosotros somos de puta madre, tendrán una educación de puta madre. Lo que no se explica es por qué, si tú tienes derecho a hacer eso, no lo van a tener también los padres del Opus o los testigos de Jehová. Así es que nada, ¡viva la familia!

Una apuesta por la enseñanza estatal se resumiría también en algo muy sencillo y nada novedoso: volver a la situación en la que salían a oposición todas las jubilaciones. O incluso, siendo aún más osados e intrépidos, sacar a oposición tantas plazas como sean necesarias, que son, por cierto, muchas más. La gente no se lo creerá, pero hubo un tiempo (cuando yo aprobé la oposición de secundaria en los años ochenta) en que los profesores no sólo no teníamos que impartir “asignaturas afines”, sino que nos estaba prohibido impartir una asignatura distinta a la nuestra. Tras la implantación de la LOGSE, los profesores empezaron a impartir afines, entre otras cosas porque desembarcó en el mundo de la enseñanza un ejército de pedagogos para los que los conocimientos eran mucho menos importantes que unos supuestos métodos que sólo ellos podían enseñar. Todavía recuerdo con espanto el día en que, siendo jefe de departamento, dos profesoras de francés vinieron a decirme que tenían que impartir Historia de la Filosofía y que no entendían nada del libro y que a ver si se lo podía explicar. – Sí, claro, os lo explico; tardaré unos cinco años de licenciatura, pensé. Ahora es de lo más normal que el profesor de gimnasia explique conocimiento del medio, o, lo que es más gracioso aún (y es un caso real) que el profesor de Filosofía dé clases de Francés sin saber una palabra de francés. En una situación así, resulta que la enseñanza va mal (ya lo dice el informe PISA, al parecer) y los expertos de educación, se calzan bien las gafas, y tras mucho meditarlo, llegan a la conclusión de que el problema es que los profesores no saben enseñar y que lo importante es que hagan un cursillo pedagógico.

Sacar plazas. En estas dos palabras quedaría resumido el programa educativo que yo esperaba de Podemos. Harían falta unas cuantas decenas de miles de plazas, más o menos equivalente a la lista de interinos (bastantes más que los 32.000 recortados, cfr. Agustín Moreno) ¿Es esto utópico? Pues quizás. Pero al menos es una utopía que merece la pena. Pero en lugar de eso ahí está la izquierda, rascándose la cabeza a ver si inventa la pólvora y da con el sistema educativo con el que se soñó en el 68.

Es lo mismo que pasa cuando en las tertulias y debates sobre educación sale a relucir lo bien que queda Finlandia en el informe PISA. Como no nos va como en Finlandia, debe ser que ahí sí saben enseñar y que aquí no sabemos, de modo que habrá que enseñarnos a enseñar y a los alumnos habrá que enseñarles a aprender a aprender. Así da gusto hacer diagnósticos. Llevamos dos décadas con lo del milagro finlandés en comparación con el supuesto desastre español. Ahora bien, nunca se explicaba cuál era la clave de semejante éxito. Tuvimos que esperar, para enterarnos, a un excelente programa de Jordi Évole en Salvados (3/2/2013) (otra notable excepción fue Ignacio Escolar, cfr., por ejemplo, No es la ley educativa). Y la sorpresa fue mayúscula porque resultó que la clave del milagro no era otra que el modelo mismo que en España estaba siendo atacado: la escuela pública-estatal. Merece la pena resumir lo que habría que hacer en nuestro país para imitar ese famoso modelo finlandés:

  1. Suprimir la escuela concertada en su totalidad.
  2. Suprimir la escuela privada hasta que sea un 2 por ciento del total.
  3. Que el Estado apoye con más recursos a todos los colegios e institutos que tengan descompensada la tasa de alumnos inmigrantes, sin recursos o marginales, etc.
  4. Una media de 18 alumnos por aula.
  5. Dos profesores por aula cuando haya algún discapacitado o algún alumno con necesidades especiales.
  6. Todo gratis: tasas, libros, guardería, comedor (muy importante para combatir el absentismo escolar, porque, al parecer, en España, un gran porcentaje de niños que por falta de recursos van a comer a su casa, luego no pueden regresar por la tarde), etc.
  7. Prestigio social blindado de los profesores (vaya duro reto para la apuesta de la “hegemonía” en un país como éste en el que no se han orquestado verdaderas campañas mediáticas para denigrarlos).
  8. Ni rastro de pedagogos (¿por qué nunca se sometió a evaluación el famoso CAP impartido por los pedagogos, y, sin evaluación ninguna se decidió ampliarlo a un máster anual?).
  9. Que los más ricos, los más pobres, los inmigrantes, los hijos del ministro, etc., puedan caer aleatoriamente en el mismo aula (Lucía Figar o Wert se habrían pensado dos veces lo que estuvieron haciendo si hubieran tenido a su sobrina sentada en algún instituto de Entrevías que yo me sé).
  10. Hasta tres años de baja por maternidad o paternidad, cobrando y conservando el puesto de trabajo (una buena idea para la tan reclamada “colaboración de los padres en la enseñanza”, porque así enseñan a sus hijos a sentarse, a comer, etc.).
  11. Presupuesto blindado para la escuela pública (sería el último ámbito en poder ser “recortado”, gobierne quien gobierne).
  12. Libertad de cátedra total del profesor: se confía en él y no tiene que dar cuentas burocráticas ni pedagógicas.
  13. Televisión subtitulada, siempre en idioma original (muy buena solución, por lo visto, a las encrucijadas del bilingüismo).
  14. Y sobre todo: clara conciencia de que la enseñanza es un asunto estatal, no gubernamental (nada de que los gobiernos cambien la ley de educación cada cuatro años).

¿En Podemos, este programa que podría importarse de Finlandia ha resultado demasiado utópico o es que queremos ir en otra dirección?

Pero no se piense, tras leer este artículo, que pienso ni por asomo que algún otro partido quizás tenga un programa menos malo. En su momento, perdí la esperanza de ello, ya en la lucha contra Bolonia, cuando empecé a constatar que, en este asunto de la educación, las derechas y las izquierdas (en ese caso era IU, con la excepción muy notable de algunos luchadores de la UJC y, desde luego, del propio Agustín Moreno que vengo citando) se complementaban a la perfección y que la cosa, al parecer, no tenía ningún tipo de remedio. La novedad es que ahora pienso que, con Podemos, la cosa sí que tiene remedio. ¿Por qué? Porque hay mucha gente ahí que, en la lucha por defender la universidad estatal contra Bolonia y en la lucha desde la Marea verde para la defensa de la enseñanza estatal, demostró tener las ideas muy claras. ¿Dónde están? Pues sí que están, por ejemplo (y es solo un ejemplo), aquí o aquí o aquí (porque el caso de los abogados de oficio es exactamente semejante al que hemos tratado en este artículo), o aquí, etc. Es decir, basta con escuchar lo que sí que están defendiendo nuestros diputados y diputadas. Podemos es el único punto de apoyo para la palanca que nos puede hacer recuperar la sensatez. Es un espectáculo sublime y grandioso ver a nuestros compañeros y compañeras tomar la palabra en esa cueva de ladrones que han sido nuestros parlamentos durante tantos y tantos años. Lo que pasa es que muchas veces, creemos estar haciendo una cosa y estamos haciendo otra. Normalmente, ocurre que estamos haciéndolo mal y creemos que está bien. En este caso es al revés, Podemos lo está haciendo bien, pero luego lo pone en el programa y le salen tonterías.

(*) Carlos Fernández Liria es profesor de Filosofía en la UCM.