El error de los mendaces (Occidente, erre que erre)

Pedro Costa Morata *

Pedro_Costa_MorataNo entro en analizar la histeria de Occidente (ahora, Francia) al sufrir en París el terrible golpe del terrorismo yihadista, del que piensa vengarse sabiendo que no lo puede doblegar; mejor me refiero a algunos de los culpables de todo eso, y de su abuso mendaz del error, ya que en estos días se han expresado al efecto.

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Como Tony Blair, el segundo en importancia de los responsables de la guerra de Iraq iniciada en 2003, que ha pedido disculpas por haber utilizado información errónea de los servicios de información acerca de la posesión por el gobierno de Sadam Husein de “armas de destrucción masiva”. También ha reconocido que no se midieron las consecuencias que podía entrañar aquella intervención masiva y asoladora, a la luz de la catastrófica situación actual que vive el Próximo Oriente. Atribuyendo a otros los errores de inteligencia pretende exculparse en lo esencial, que es la muerte de miles de seres humanos, la destrucción de un país y la generalización de la guerra en Iraq y Siria, entre otros países afectados por el integrismo religioso, islámico y antioccidental.

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El exprimer ministro británico no se muestra dispuesto a asumir responsabilidades, ni a reconocer que no fueron errores los que llevaron a la guerra sino –como se conoce desde hace años– una voluntad decidida de hacerla, tanto si los motivos aducidos estaban respaldados por la realidad o no. Y no hace más que lo habitual en estos casos: tratar de calificar como error lo que fue engaño, y como intervención forzada lo que fue premeditada voluntad de agredir a un Estado soberano para apoderarse de sus riquezas y tranquilizar a Israel (que generaba las noticias, falsas, de esas armas destructivas con las que pretendieron asustar).

Al poco, George Bush, senior, ha salido en defensa de su indefendible hijo George, junior, con lo de que estaba mal aconsejado cuando fue presidente y llevó a medio mundo a la guerra en Iraq, criticando duramente tanto al exvicepresidente Cheney como al secretario de Defensa, Rumsfeld. O sea, que fueron todos estos quienes lo indujeron a error (no su miserable condición personal y política).

José María Aznar, el tercero de aquella trinca de malversadores de la realidad y de culpables de una catástrofe que sigue ensanchándose, calla en relación con este asunto de Iraq, con el que empezaron tantas desgracias. Aunque, coincidiendo con este momento de cierta sinceridad de la parte de destacados líderes internacionales, en un libro autobiográfico el actual ministro de Asuntos Exteriores, García-Margallo, recuerda que el expresidente español no dudó en expresar que, con la guerra de Iraq, “en términos de influencia y de apoyo internacional a nuestros objetivos, España salió ganando”; lo que habrá hecho que los casi 200 muertos del 11 de marzo de 2004, víctimas directas de nuestra implicación en esa guerra y en otros conflictos en el mundo árabo-musulmán, se hayan removido en sus tumbas. El “tercero de las Azores”, que ahora muerde el freno como un profeta violento que aguarda el fin de su exilio para vengarse (de los suyos, en primer lugar), parece muy lejos de reconocer, siquiera, el error que sus compadres ya han admitido, porque su estilo arrogante y sus convicciones mesiánicas se lo impiden.

García-Margallo, por cierto, al quite pero incontinente (como suele), ha reconocido, aludiendo a ese libro, que no le gustó la decisión de Aznar de implicarnos en la guerra de Iraq, pero que “cuando se pertenece a un partido que manda algo, tienes que acatarlo”, explicando con una sonrisa, muy brevemente pero con claridad meridiana, el comportamiento infame de quienes ponen en paréntesis su moral y convicciones escudándose en lo más fácil, la voluntad del líder, como si esto los liberara de responsabilidad ante sus ciudadanos; y acababa su exhibición indecente con una coda: “Le aseguro que llevarse bien con Estados Unidos es mucho mejor que llevarse mal” (segunda sonrisa, ésta más abierta y franca).

Javier Solana, otro ilustre hacedor de guerras injustas y canallas, guarda silencio, dentro de la notable discreción que siguió a sus oficios belicistas en la OTAN y la UE. Se le ve muy lejos de reconocer errores y no digamos de pedir perdón, pese a ser partícipe de ese gran hallazgo –por potencias injustas y salvajes que, como la OTAN, se especializan en bombardear bodas y hospitales, caso de Afganistán– del llamado “derecho humanitario”. Más bien, ha de suponérsele tan ufano de haber sometido a los serbios por lo malos que eran maltratando a los kosovares. Y de haber contribuido, tan decisivamente, a la creación de ese Estado de Kossovo, escándalo internacional. Hay que lamentar que Solana no pueda contribuir a neutralizar el independentismo catalán tomando como referencia el caso de Kossovo (como algunos perturbados constitucionalistas han llegado a pensar en Cataluña), el mayor éxito de sus bombardeos sobre Serbia. Porque podría, así, mostrar a los secesionistas una de las diversas vías que hay para lograr la independencia y describirles la situación actual en Kossovo, que conocerá bien: un Estado no reconocido del todo, en manos de delincuentes, que amenaza el equilibrio en los Balcanes y maltrata a las minorías de su territorio, especialmente a los serbios, y que se sostiene por el protectorado de la ONU y el dinero de la UE.

Pero no, no es nada fácil lograr que los políticos se arrepientan, aunque sea de mentira, de las canalladas cometidas. El error, que no el engaño, la compulsión patológica hacia la guerra, se reconoce cuando las consecuencias son tan graves y de tanta envergadura que no queda otro remedio: el que ha protagonizado esas fechorías acude al error –nunca a sus insidias y mentiras– para obtener algo a cambio (no para acallar su conciencia, que se mantiene firme). En el caso de Blair puede ser el pastorear el Labour, ahora que ha caído en manos de Corbyn, un izquierdista que a gente como él (Blair: laborista thatcheriano, ahí es nada) no le gusta ni un pelo. En el de Bush, padre, exonerar al hijo innombrable para limpiar el apellido y echar una mano al otro hijo, Jeb, candidato a la Casa Blanca… tratando, de paso, de batir el récord en la historia de Estados Unidos, con tres miembros de una misma familia que alcancen la más alta magistratura.

¿Reconocerán algún día Zapatero o Rajoy que tanto el escudo antimisiles de Rota como la plataforma yanqui de Morón han sido errores? ¿De estas decisiones (de vasallaje e imprudencia) habremos los españoles de sufrir las consecuencias?

Vuelvo a enlazar los errores como seña de identidad de tantos líderes y poderes occidentales con los golpes del terrorismo ubicuo e incontrolable, movido por fuerzas nada convencionales y en consecuencia, en gran medida invencibles. El espectáculo que sigue al 13N de París no presenta cambio alguno de la parte de líderes y Estados en Occidente (incluyendo en este ámbito a Rusia, que con sus problemas de tipo islamo-religioso, en esto se iguala y asemeja) y sigue resultando inútil la invitación a un urgente y sincero ejercicio de introspección y sensatez: ¿Qué hace Occidente en el Próximo Oriente? Con tres respuestas (de trabajo) encadenadas en el tiempo y en la política: (1) añorar y retener su estatus colonial de siglos, (2) controlar y explotar el petróleo en beneficio propio y (3) amparar al Estado de Israel. Tres programas, acciones y empeños ilegítimos y violentos.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.