Televisión social

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Mercedes Milá, presentadora de Gran Hermano. / mediaset.es

La televisión, tal y como la vemos hoy en día, es muchas cosas, pero sobre todo dos: un gran negocio económico y la mejor arma conocida de propaganda y manipulación. La televisión actual sin duda podría ir mucho más lejos, se trata de un medio de comunicación fascinante con infinitas posibilidades, pero no lo hace. ¿Quién necesita otra televisión?, se preguntan los ejecutivos que controlan las cadenas privadas. ¿Quién necesita otra televisión?, insisten los responsables de las cadenas públicas. Los políticos callan: son quienes han creado la televisión como la conocemos hoy en día, una máquina de hacer dinero, un altavoz en manos del poder. El duopolio Atresmedia y Mediaset, diseñado y consentido por la casta política para beneficio de unos pocos, domina el sector privado. Al mismo tiempo, el sectarismo y la manipulación reinan en la cadenas públicas. Unas y otras ofrecen entretenimiento de baja calidad, telerealidad infecta e información más o menos tendenciosa. La ausencia de servicio público es total. La pluralidad es cada vez menor.

La vieja política se siente cómoda con la nueva televisión, sin duda porque en realidad es vieja televisión. Grandes empresas de comunicación, de carácter tan conservador como la Atresmedia de Planeta o la Mediaset de Berlusconi, manejan el sector privado. Y lo hacen de manera muy rentable, y tan creativa como para jugar a dos bandas: la misma empresa tiene un canal continuista y otro supuestamente progresista, por aquello de llegar a todos los públicos, no poner todos los huevos en la misma cesta y, evidentemente, apoyar y presionar al Gobierno según convenga. Por otro lado, son los propios políticos quienes manejan a su antojo los canales públicos, sus instrumentos de desinformación y divulgación favoritos. El mercado audiovisual está en manos del poder económico y político, como se puede ver en un rápido zapping por una parrilla imaginaria: 16 edición de “Gran Hermano”, Inda y Marhuenda tertulianos estrella en los debates progresistas, el consejo de administración de Telemadrid despilfarra 2,3 millones de euros en dietas y gastos de representación, Bertín Osborne entrevista a la nieta de Franco, Mujeres y hombres y viceversa, corrida de toros en la autonómica, Alfonso Rojo tertuliano estrella en los debates de la televisión pública, películas de dos horas de duración con sesenta minutos de publicidad, realities infantiles en horarios nocturnos en TVE...

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El programa electoral de Podemos incluye, en su artículo número 206, las habituales buenas intenciones: “Desgubernamentalizar los medios públicos (RTVE, Agencia EFE, etcétera), y así garantizar su independencia y pluralismo, la calidad de sus contenidos y el cumplimiento del derecho de acceso”, crear un Consejo del Audiovisual independiente y revisar “los criterios de gestión del espectro radioeléctrico para garantizar un reparto más equilibrado entre los tres sectores de la comunicación (público, comercial y tercer sector)”. Nada que no prometan todos, ¿verdad? Pero cuidado, porque también encontramos una propuesta innovadora: “la creación de dos Open Channels de televisión digital terrestre (TDT) y radio con desconexiones locales, gestionados en colaboración con dichos medios como ocurre en Alemania, Noruega o Finlandia”. Los Open Channels son canales no comerciales de servicio exclusivamente público. No sustituyen a la televisión pública, la complementan: la televisión en manos de los ciudadanos, de las universidades, de las asociaciones culturales y de barrio. Una  televisión social al servicio del pueblo.

Los españoles dedicaron durante el pasado 2014 una media de 239 minutos por persona y día a ver la televisión. Está a punto de comenzar una campaña electoral basada en la pequeña pantalla. Mientras la televisión no cambie es mucho más difícil que cambie la sociedad. Que la gente lea y escuche música y vaya al cine. Que se apueste por la cultura, por la ciencia, por la auténtica solidaridad y la verdadera igualdad. Necesitamos otra televisión para que la ciudadanía deje de embrutecerse y el país avance. Otra televisión es posible. E imprescindible.

3 Comments
  1. Meca says

    ¡Sí se puede!

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