El gran ritual sagrado de la democracia

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Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría antes del debate televisivo celebrado ayer, 7 de diciembre. / Ballesteros (Efe)

El autodenominado “debate decisivo”, emitido en directo por la mitad del duopolio televisivo español (Antena 3 y La Sexta, cadenas de Atremedia), nació muerto: el líder del partido político que gobierna España, el actual presidente, el que más opciones tiene de ganar las elecciones, el gran Mariano Rajoy, no se presentó a la cita. Le sustituyó una subalterna, la menina conocida como Soraya Sáenz de Santamaría. Y a partir de aquí todo lo que se diga del famoso debate es relleno.

“El gran ritual sagrado de la democracia”, repetía García Ferreras de manera un tanto prosopopéyica. Y lo decía en serio. ¿Sin Mariano? Ni de coña. ¿Y sin Izquierda Unida y UPyD? Ni te cuento. Yo más bien hablaría de una anomalía democrática, de un debate frustrado, de un engendro televisivo. La maquinaria de Planeta (Antena 3/La Sexta/Onda Cero/Atresplayer) intentó convertir este debate descafeinado, manipulado y trampeado en 'definitivo' y 'decisivo'. Misión imposible. No puede haber un debate 'definitivo' y 'decisivo' sin Rajoy. Sin Rajoy nada tenía sentido. Bien es cierto que con Rajoy tampoco nada suele tener sentido. La ausencia de la pata principal del banco, “7D, el debate a cuatro definitivo”, solo podía ser una tomadura de pelo importante. Para los telespectadores y para los ciudadanos. Un debate a cuatro con tres y medio, o quizá menos, no es serio. Era como pagar por un partido entre el Real Madrid y el Barcelona y que los primeros se presenten con el Castilla. O ir a una corrida de toros en la que José Tomás deje que sea su banderillero quien toree. Una estafa. En toda regla.

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Dicho esto, hubo debate. Todo un show televisivo, con dos presentadores bien diferentes (la discreción y el estrellato), un plató que parece el interior de una nave de Star Wars, comentaristas de la enjundia de Miguel Ángel Rodríguez, un montaje grotesco con la cúpula de la cadena haciendo el paseillo con cada candidato, una cuenta atrás y una sala del tiempo, camerinos privados con cinco únicos asesores por partido... y una duración absoluta y totalmente desproporcionada: entre Antena 3 y La Sexta sumaron 12 horas de televisión, doce, entre pre debate, debate, post debate. La pluralidad, ya sabe, una de las grandes cosas que ofrecen los duopolios.

El debate comenzó con una pregunta larguísima a Pedro Sánchez sobre el sondeo del CIS. No era 'la bomba' que anunció Ferreras. Luego Rivera. Sin novedad. Y después Iglesias (“Saludo a Rajoy que nos estará viendo desde Doñana”). Y finalmente, Soraya: “¿Por que no está aquí Mariano Rajoy?”, le preguntan. “Porque el PP es un equipo… porque nosotros somos muchos, responde tras confundir, imagino, el término “equipo” (Conjunto de personas organizado para realizar una actividad o trabajo) con el de “banda” (Grupo de delincuentes que operan de manera organizada).

“Paga, señor Monedero”, dijo Sáenz de Santamaría cuando le hablaron de Bárcenas, Rato, Gürtel, discos duros destruidos, sobres, sede pagada en B, Púnica… Fue quizá el momento cumbre de su aparición televisiva, junto a la lección que ofreció sobre cómo defenderse de la violencia machista. Olvidando citar, por supuesto, sus políticas de recortes. Los otros tres participantes, los verdaderos candidatos, no ofrecieron grandes novedades en sus discursos: están muy vistos, han recorrido muchas televisiones. Eso sí, de medio ambiente, cultura o de I+D, por ejemplo, ni pío.

Y al final, el publico aplaudió, por increíble que parezca. Sería por el chiste con que Sáenz de Santamaría cerró su intervención: "En el PP nos mueve el idealismo".

¿Este era el 'debate decisivo'? Pues quién lo diría. ¿Esto era 'El gran ritual sagrado de la democracia'? Pues menudo chasco.