Si Pedro Sánchez no dimite

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Jesús Cuadrado *

Jesús_CuadradoSi Pedro Sánchez no dimite, el Partido Socialista, como saben bien quienes están detrás, desde Rubalcaba a Felipe González, seguirá en caída libre. Utilizando su propio lenguaje, lo que está en el ADN de los demócratas es que, cuando el líder de un partido político es contundentemente derrotado en las urnas, dimite. Es un acto de responsabilidad al servicio de las opciones electorales futuras de su propio partido. Así lo hizo, por ejemplo, el líder laborista británico, Ed Miliband, que perdió las elecciones en mayo pasado por un 30 por ciento, frente a un 36 por ciento del conservador David Cameron. Nadie le dijo qué tenía que hacer; se despidió escuetamente y de la mano de su mujer se fue a casa.

Parece que Pedro Sánchez no ha pensado en la dimisión, que opta por la línea Rubalcaba de resistir con todo su grupo de 'funcionarios' de Ferraz, colocando al PSOE en situación de riesgo vital. La liturgia seguida en la noche electoral confirma desgraciadamente que esta deriva está instalada en el PSOE. En Madrid, y en otros lugares con resultados igualmente desastrosos, se practicó la ceremonia de 'celebración de derrotas', ya ensayada antes. En esta ocasión Sánchez llegó aún más lejos y declaró solemne: “Hemos hecho historia”. Una historia de veinte diputados menos que en el anterior desastre.

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Unos resultados, los del 20D, que marcan el final sin vuelta atrás del sistema del bipartidismo de la Transición. ¿Cómo puede mantenerse un sistema en el que un partido consigue, con un 28 por ciento de los votos, el 60 por ciento de los senadores? Un sistema agotado y con un pecado de origen que, como demuestra el jurista Javier Pérez Royo, en su libro recién publicado 'La reforma constitucional inviable', está en la base de la degradación insoportable de la vieja política española. Señala que la crisis del régimen de partidos es sistémica y no serán unas capas de pintura las que arreglarán esto. La que Pérez Llorca, uno de los líderes de la UCD, llamó “Constitución bipartidista”, dibujó con el argumento de la estabilidad en tiempos muy difíciles, un sistema electoral estudiado al milímetro por Martín Villa, que tanta admiración suele declarar por Santiago Carrillo, para conseguir más con menos.

Así, en las primeras elecciones del 15 de junio de 1977, los partidos de la derecha, UCD y AP, consiguieron la friolera de 195 escaños, con 7,7 millones de votos, frente a 144 de los partidos de la izquierda, PSOE; PSP; PCE y PSUC, con 7,8. A nadie le extrañará que, a partir de esta hazaña, Martín Villa pudiera elegir en qué Consejos de Administración sentarse. La pregunta sobre por qué los partidos de izquierdas aceptaron semejante disparate la explica con total precisión Pérez Royo y, con intención diferente, el mismo 20D el historiador Santos Juliá también lo hace en un artículo en El País, en el que pretende darle réplica. Viene a decir el historiador de la Transición, utilizando como autoridad al hispanista Raymond Carr, que ese mismo sistema serviría para los triunfos posteriores del Partido Socialista. Y así fue, sin que eso justifique la continuidad de un modelo que ha llevado a los insoportables niveles de clientelismo político que hoy no soportan los ciudadanos españoles.

Aunque se suele ignorar, nuestro sistema electoral, basado en la circunscripción provincial y en un control férreo de los aparatos de partido, procede directamente de un acuerdo de las Cortes franquistas y se impulsó desde la política del miedo, que tan brillantemente utilizaron para sus objetivos electorales Martín Villa y compañía. Estos días ha declarado Alfonso Guerra que “habrá nostalgia de ese diabólico bipartidismo”. Lamento estas manifestaciones, ante la evidencia de la degradación política a que ha llevado el 'bipartidismo de la Transición', cuyas causas están en el propio diseño del sistema. Lo que consigue Guerra es situar al PSOE en un pasado del que parece no poder escapar, un partido percibido como una organización que renuncia al futuro. Es lo que hemos visto en una campaña electoral en la que, cuando una gran mayoría de electores exigen ruptura con ese sistema, los César Luena y Oscar López centran la oferta electoral en pasear por los mítines a González y Guerra y en el pasado glorioso del partido. La respuesta recibida ya se conoce.

¿Y ahora qué? Si se hace un análisis estático, la cuestión se centrará en qué gobierno, qué coaliciones, etcétera. Pero si el análisis es dinámico, es decir, sobre qué tendencias se observan, es bastante obvio que Podemos y Ciudadanos seguirán creciendo. Con posiciones políticas muy diferentes, Pablo Iglesias y Albert Rivera han demostrado capacidad de adaptación política a los hechos. Han demostrado que son mucho más que productos de platós. Han leído bien el profundo malestar de los españoles con un sistema político que revienta por todas partes. Ambos saben que los electores que les observan no les perdonarían que se contaminaran del sistema inservible del bipartidismo de la Transición.

Se juegan mucho en la administración de una agenda política de la que se han apoderado y, aunque muchos no lo acepten, se necesitan. Por ejemplo, para imponer una reforma electoral que es prioritaria para los objetivos de ambos. El 20D no permite la apertura de un proceso constituyente, pero, si las próximas elecciones lo hacen viable, Ciudadanos y Podemos tendrán que colaborar, por mucha distancia ideológica que les separe. Por su parte, el PSOE, si no abandona su tendencia a celebrar derrotas, será cada vez menos relevante. Y si Pedro Sánchez y su grupo se atrincheran, sin que nadie lo evite, conseguirán reducirlo a un partido regionalista. Como demuestra una mirada al mapa electoral. Ustedes dirán.

(*) Jesús Cuadrado es militante y exdiputado del PSOE.
2 Comments
  1. Karlos says

    No lo dudes, estos no dimiten ni locos. ¿Dónde van?

  2. Piedra says

    No sé yo si regionalista siquiera con tantos derrotistas creando opinión

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