Otra vuelta sobre el terror revolucionario

Agustín_García_SimónTodavía nos sobresalta el recorrido de la Revolución Francesa, el repaso de sus hechos irreversibles, inéditos en la historia hasta entonces. Al volver sobre ellos, aún nos sacuden y sobrecogen sus actos más terribles, sus escenas más espantosas. Nos siguen impresionando vivamente la espiral endiablada de sus odios, la barbarie atroz de su violencia desenfrenada, el estupor de sus momentos más crueles. Tanto tiempo después, nos seguimos preguntando cómo se explica, si cabe racionalmente, el trecho que va de la ilusión y entusiasmo universales de la primavera de 1789 al Gran Terror de los años 1793 y 1794, al colofón del 9 Termidor del año II de la Convención (27 de julio de 1794) y final ejecución de Robespierre. Entre los testigos y protagonistas de aquel cataclismo histórico, hubo alguno que intuyó lúcidamente la dificultad de comprensión de la posteridad acerca de la contradictoria dialéctica de la Revolución: “Los siglos venideros -escribió el diputado y ministro Dominique Garat- sentirán estupor ante los horrores que hemos cometido; el mismo estupor que sentirán al contemplar nuestras virtudes. Lo que jamás llegarán a comprender es el increíble antagonismo de nuestros principios y nuestros desmanes”.

La cita es del libro de Timothy Tackett, El terror en la Revolución Francesa (Barcelona, Pasado & Presente, 2015), edición española reciente de la original inglesa publicada por la Universidad de Harvard, también aparecida en este mismo año. Última obra, sin duda necesaria y más que oportuna, de este gran especialista en la Revolución Francesa, que, con rigor encomiable y una documentación minuciosa de los testimonios de muchos de los propios actores de la Revolución, trata de responder a esa sencilla y, a la vez, complicada pregunta: ¿cómo se llegó al Terror? Su respuesta es sugerente y no carece de lógica. No sería tanto una cuestión explicable por un fanatismo unilateral, sino por la acción complejamente interrelacionada del propio proceso revolucionario, en el que la necesidad, la debilidad y la profunda y confusa incertidumbre fueron conformando una mentalidad de feroz exterminio: “Visto desde nuestra posición -escribe Tackett-, parece claro que la aparición de una mentalidad terrorista no se puede explicar de una manera unidimensional, ni a través de la cultura del Antiguo Régimen, ni por la influencia de unos pocos individuos y tampoco apelando sólo a las circunstancias. El Terror surgió más bien merced a una concatenación de hechos surgidos del propio proceso de la Revolución”. Al repasar y analizar esos hechos, Tackett consigue una revisión sugestiva de los años revolucionarios, poniendo énfasis en una dialéctica tan constante como frustrante, entre el entusiasmo imparable, la incertidumbre y el miedo.

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El inicio, propiamente, de la revolución de 1789 tuvo lugar con la transformación de la convocatoria de los Estados Generales (representantes de la aristocracia, el clero y los plebeyos del Tercer Estado) en una Asamblea Nacional soberana, proclamada unilateralmente (17 de junio) por los diputados del Tercer Estado, a los que se fueron sumando los elementos más liberales del clero y la aristocracia. La resistencia de Luis XVI a esa proclamación revolucionaria, apoyada por los sectores más reaccionarios de la aristocracia, prendió la mecha de la violencia una vez que la Asamblea se protegió votando su propia inmunidad parlamentaria: todo aquel que arrestara o atentara contra cualquiera de sus diputados sería culpable de un delito punible con la pena capital. Por primera vez, los diputados utilizaron el término “revolución” que abría la puerta a su legitimación y plasmación legal: la redacción de una Constitución. Hasta llegar a este punto es necesario comprender el ambiente de estímulo y confianza en las posibilidades de los propios hombres que había establecido la Ilustración hasta entonces, el entusiasmo de la politización de los meses prerrevolucionarios, la exaltación y encumbramiento de la Asamblea y sus diputados como un sueño hecho realidad por primera vez en la tierra. Estos factores rompieron las creencias, valores y normas del viejo mundo para establecer un marco nuevo con límites tan deseados como inseguros en su consecución. Mirabeau intuyó las dificultades de su realización: “Suprimidas las antiguas fronteras, pasará un tiempo hasta que se puedan reconocer y respetar los nuevos límites”.

Ese tiempo fue el tiempo impelido por la contrarrevolución, la resistencia a muerte de la aristocracia, el clero refractario, pero también de grandes masas de campesinos que sufrieron de inmediato la quiebra de la autoridad, el bandidaje, la destrucción de sus haciendas y la aniquilación de sus vidas. Un tiempo de violencia generalizada, multiforme, que atizó los odios, desató las venganzas y sembró la sospecha y la desconfianza en un clima de pánico que dio lugar al “Gran Miedo”. Con el “tumulto de revoluciones -escribió el periodista radical Prudhomme- se ha perdido el carácter nacional y un pueblo normalmente afable y amistoso se ha tornado feroz y bárbaro (…). Franceses, vuestro odio es terrible y vergonzoso. Vuestras ejecuciones son un ultraje a la humanidad y hacen estremecer a la mismísima naturaleza”.

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Cubierta de la obra de Timothy Tackett.

En el camino hasta el “Gran Terror”, esta espiral de violencia no hizo sino crecer y enriquecerse con una complejidad alucinante y siniestra. Los grandes acontecimientos venideros (doble juego del Rey, su huida frustrada, su ejecución, la guerra contra Austria y Prusia, la guerra civil, la Vendée…) propiciaron un clima irrespirable de todos contra todos en el que fueron apareciendo formas de represión y acción políticas protototalitarias, como la delación sistemática o la eliminación física por simple sospecha. Este caldo de cultivo se espesó de manera asfixiante, de modo que la psicología de la desconfianza amparó toda clase de aberraciones y alcanzó el proceder de las propias facciones revolucionarias, simbolizadas por el enfrentamiento a ultranza entre girondinos y montañeses. El miedo a la conspiración, los complots omnipresentes, la crispación y nerviosismo por las amenazas tan reales como invisibles, la violencia salvaje, incontenible…, demenciaron el sectarismo, dieron paso a la demonización de los oponentes e hicieron de la deshumanización una práctica monstruosa, como afirmó Ruault con tintas sombrías de Saturno: “La Revolución devora a sus propios hijos; mata a sus hermanos; roe sus intestinos; se ha convertido en el más horrible y cruel de los monstruos”.

El terror de la Revolución Francesa fue la escuela de buena parte del horror político contemporáneo, sólo superado por los totalitarismos fascista y comunista del siglo xx. Sin embargo, a la vista del terror que emerge a principios de este siglo en curso, cabe preguntarse si la humanidad no asistirá en un futuro cercano a formas de terror, si cabe, más feroces.

(*) Agustín García Simón es editor y escritor.