Capillas en la Complutense: nuestro indebido respeto

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Carlos Fernández Liria *

Carlos_Fernández_LiriaEstoy viendo imágenes del juicio contra Rita Maestre por el asunto del altercado en la capilla de la Univerdidad Complutense y no salgo de mi asombro. Es exactamente como siempre me he imaginado los procesos de Moscú.

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No me interesa ahora hablar de la mecánica jurídica de todo esto. Se trata de ver qué debemos hacer desde la UCM y de qué podría estar haciendo la Iglesia católica (más allá de decir que ya la ha cristianamente perdonado) frente a esta ignominia. Como profesor de la Universidad Complutense de Madrid quiero hacer algunas puntualizaciones. Los miembros de la comunidad académica y laboral de la UCM, durante los últimos treinta años, hemos sido no sólo tolerantes, sino de una magnánima elegancia respecto a la presencia de capillas en las Facultades. Hemos sido, en general, incluso muy educados, saludando con una sonrisa a los capellanes que a diario nos cruzamos en el pasillo (uno de los cuales se ha personado en el juicio como testigo, acusando a Rita de haber sido la lideresa de la acción en la capilla). Todo este ejercicio de tolerancia se nos paga ahora con un juicio político contra la portavoz del Ayuntamiento de Madrid por unos acontecimientos que ocurrieron hace ya bastantes años, una cosa tan grave como que varias estudiantes entraron en la capilla en sujetador y declararon ser lesbianas o bisexuales. Evidentemente, no se trataba de un intento de ofender a los católicos que ahí se encontraban, sino de un acto de revivindicación política que pretendía llamar la atención, en primer lugar, sobre la existencia misma de las capillas en una Universidad estatal y, en segundo lugar, sobre el papel que suele cumplir la Iglesia respecto a la opresión patriarcal de la mujer.

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Hace un tiempo, ocurrió algo semejante. Unas estudiantes entraron en el Rectorado de la UCM, se desnudaron y leyeron en voz alta un manifiesto en el que exigían un protocolo contra el acoso sexual por parte de los profesores. A nadie sensato se le habría ni pasado por la cabeza denunciar a esas muchachas por ofender las instituciones académicas de la Complutense, aunque, por supuesto hubo a muchas personas, estudiantes, profesores, trabajadores y autoridades académicas, que la 'performance' no les gustó ni un pelo. Naturalmente, se dirá, no es comparable: no es lo mismo entrar desnuda en un Rectorado que entrar (medio) desnuda en una capilla. Aunque uno podría preguntarse por qué. Eso comienza preguntándose Richard Dawkins, con toda la razón, al comienzo de su libro El espejismo de Dios. La verdad es que cosas como el juicio de Rita Maestre le llevan a uno a preguntarse por qué somos tan educados, tan tolerantes y tan magnánimos con esa gente que piensa que la virgen tuvo un hijo copulando con una paloma y luego siguió siendo virgen después de haber parido. Por qué toleramos que tengan un aula en una institución laica y estatal para practicar sus ritos y congregar a sus fieles, sin que se haya planteado ni por un momento la discusión sobre si ese local no podría tener fines más acordes con la vida académica de la universidad, albergando, por ejemplo, a grupos de teatro que a lo mejor representan sus obras en pelotas. En principio, no hemos planteado demasiado la cuestión en las Juntas de Facultad y los Claustros, porque, en efecto, hemos sido muy tolerantes, muy generosos y muy educados. Pero creo que ha llegado el momento de que pongamos el asunto abiertamente sobre la mesa, puesto que los tiempos demuestran que estamos tratando con gente tan sensible y tan susceptible que no puede tolerar ninguna afrenta −por pacífica que sea− a sus íntimas convicciones y en cuanto se les mete una teta de por medio, recurren a los tribunales y solicitan años de prisión, alegando además que se ha ofendido a la comunidad católica en su conjunto.

Richard Dawkins llama la atención sobre este extraño fenómeno del 'indebido respeto'. No se entiende muy bien por qué la gente religiosa puede mover los hilos de la justicia con más derecho que cualquier otro hijo de vecino. Si no quieren ver a chicas desnudas, que se metan en una catacumba y dejen de plantar sus templos en los campus de una universidad estatal. Si se pone a prueba nuestra paciencia con aberraciones judiciales como las que estamos asistiendo en el día de hoy (18 de febreo de 2016, día del juicio contra Rita Maestre por haber enseñado la marca de su sujetador), algunos podemos empezar a pensar en lo mucho que esos templos católicos ofenden nuestra sensibilidad ciudadana. Por mi parte, podría recordar, como tantos otros, que debo a la Iglesia católica doce años de tortura y de vejaciones en un colegio franquista de los marianistas, donde se me separó salvajemente del sexo femenino, se me molió a hostias, se me sometió a un adoctrinamiento aberrante que llamaba bueno a todo lo malo y malo a todo lo bueno, se me amenazó con las penas del infierno por hacerme una paja al mismo tiempo que se intentaba abusar sexualmente de mí (otros no tuvieron tanta suerte y la cosa no quedó en intentos), y sobre todo, se me enseñó a apoyar a una dictadura criminal. Un lugar en el que se consideraba enfermos o perversos a los homosexuales, alimentando el acoso brutal y despiadado sobre los que eran considerados los 'maricones de la clase'. Todo eso, bendecido por una institución que vigilaba la virginidad prematrimonial de la mujer, que condenaba el sexo cuando no tenía como fin la reproducción, que prohibía los anticonceptivos y el aborto, que era, en general, una columna vertebral para los todos los tópicos patriarcales que aún hoy en día siguen tan presentes.

La Iglesia católica, profiriendo amenazas superticiosas de todo tipo, ha vigilado milimétricamente la vida de la población de este país, y en especial del sexo femenino, su víctima más propiciatoria, a través de ese rito que llaman el sacramento de la confesión. En el confesionario todo se hacía público ante Dios, desde a quién ibas a votar en 1934, a si te tocabas los genitales en la cama o te mirabas el sexo al ducharte. Ningún dictador, ni siquiera recurriendo a la práctica de la tortura, podría soñar jamás con un dominio tan microscópico de la vida personal. Pero ahora resulta, que estos sujetos, que llevan siglos buceando en la intimidad personal de la población, se sienten ofendidos en sus intimísimas creencias personales si ven que una estudiante de veinte años enseña una teta en una capilla, y llevan la cosa a los tribunales. Bien es verdad que el arzobispado no ha sido quien ha puesto la denuncia, pero tampoco ha puesto el grito en el cielo denunciando esta impostura. Porque no sería tan difícil una declaración de esas que tanto se estilan en el mundo laico: “no en nuestro nombre”. Este juicio, señores, no en nuestro nombre, y mucho menos en nombre de Dios. Desde el punto de vista católico es una blasfemia y un pecado muy grave estar utilizando la religión para atacar políticamente a un cargo público. Pero no vamos a oir una declaración de este tipo, porque, al fin y al cabo, la Iglesia sabe muy bien de qué lado está.

Y por su parte, la comunidad académica y laboral de la UCM debería llevar inmediatamente a las Juntas de Facultad, el Claustro y la Junta de Gobierno, la cuestión de la permanencia de las capillas católicas en los centros de enseñanza. Yo, en tanto que miembro del personal docente e investigador, me siento profundamente ofendido por la presencia de esos locales de uso religioso y considero que lesionan los principios laicos más esenciales de la Universidad a la que pertenezco.

(*) Carlos Fernández Liria es profesor de Filosofía en la UCM.
10 Comments
  1. subliminal says

    Poder pastoral, que diría Foucault.

  2. ander says

    Y recuerden los confesionarios de Torreciudad, donde el cristal polarizado impide que veas al cura que te interroga, él sí puede verte, y a lo peor se la esta tocando mientras te pregunta si tú te tocas…

  3. ciberian says

    Me he sentido tan solo y tan triste, viendo a esa chica pedir que le perdonasen la vida, simplemente por exigir que la Iglesia salga de la Universidad pública, que este artículo me ha reconfortado muchísimo.

  4. Tanizaki says

    Es un artículo estupendo.

  5. Samuel says

    Es una pena que un profesor de la casa que yo tanto aprecio, mi queridísima facultad de filosofía de la UCM, escriba un artículo de tan poco rigor, tanto argumentativo como informativo. Liria documéntese un poco a la hora de publicar algo. Está claro que perderá todos esos seguidores que se ha ganado al convertir la facultad en una tienda de doctrinas, pero al fin y al cabo los que estudiamos filosofía lo hacemos para encontrar la verdad, y no para generar un rebaño de borregos que nos sigan después de haber abusado improcedentemente de un cargo público.

  6. huehuehue says

    Estimado profesor Fernández Liria, para empezar quería pedirle una mayor precisión a la hora de abordar un tema tan serio y también quería pedirle una mayor rigurosidad a la hora de desarrollar una argumentación sobre, como ya he dicho, un tema tan serio. En primer lugar, separe y aclare -en vista de unirlos en una observación y/o conclusión con la cual concluir el texto- los temas que quiere discutir y a colación de los cuales pretende exponer sus argumentos, no mezcle el debate sobre el juicio a Rita Maestre -y sus posibles connotaciones políticas- con el debate sobre la clausura de la capilla de la facultad en la que usted imparte clase. En segundo lugar, le pido de todo corazón, que no empañe su discurso con argumentos emocionales que no atañen al centro de la cuestión -y me atrevería a decir que a veces ni siquiera la enfocan tangencialmente- y presente el desarrollo de una argumentación que defiende fundadamente aquella causa que usted pretende sostener.
    Dicho esto, quisiera puntualizar un par de aspectos del texto: el primero, que el hecho de saludar a una persona con una sonrisa cada día, sea cual sea su condición política o religiosa, no implica un acto de extrema educación, sino una muestra de intentar formar comunidad en un espacio común,a saber, la facultad. Intento que no hace sino generar respeto en mi fuero interno por usted, pues veo que aún es humano -aristotélicamente, social-. El segundo aspecto es la diferencia entre el acto acaecido en la capilla y el que ocurrió en el rectorado. Empezando por lo que los hace semejantes, quería indicar el acto de escándalo público que supone para la comunidad en general, el cual no quiero valorar; y acabando por lo que los hace diferentes, quería denotar como el hecho sucedido en la capilla no solo atenta contra el común de la conciencia general -que de suyo plural y por tanto en enfrentamiento de posiciones frente al acto-, sino que afecta en particular a un sector demarcado de la comunidad.

    Deje claros sus sentimientos y demuestrenos si es mayor su preocupación por la existencia de una capilla en la facultad de filosofía de UCM que su posible preocupación sobre el marco que oprime la posibilidad de una educación en dicha facultad a raíz de la cada vez más frecuente indecencia de la indocencia. Filosofía seria y no política de patio, que nos merecemos algo más que el circo del Congreso.

    Desde el respeto y la más honesta consideración,
    alguien que leyó el artículo.

  7. Tanizaki says

    El señor «huehuehue» se piensa que los demás no hemos leído el artículo, o eso pienso yo, quizá maliciosamente, al leer su despedida, ese «alguien que leyó el artículo».

    Su respuesta, señor huehuehue, incluye una implícita afirmación: que los capellanes de las capillas forman parte de la comunidad de la Complutense. La opinión del señor Liria es evidente: no forman parte de la comunidad universitaria del ámbito público. Y la educación a la que se refiere el profesor Liria es, en efecto, un gesto de extrema tolerancia y de extrema educación con personas que no deben estar en una universidad pública. No se puede formar comunidad con personas que no son miembros de dicha comunidad.

    La comunidad de la universidad pública la forman los docentes, quienes la dirigen y administran, el personal de administración y el alumnado, punto. Si alguien quiere rezar me parece muy bien, pero que lo haga en su parroquia correspondiente o en la universidad privada dirigida por eclesiásticos. Insisto: universidad pública.

  8. Tanizaki says

    Mírelo por el lado bueno, señor Samuel: si se cierran las capillas, la universidad Complutense tendrá una doctrina menos… Así sus alumnos podrán buscar la verdad con menos estorbos…

  9. huehuehue says

    Querido Tanizaki, ya que me ha respondido directamente a mí, haré yo lo mismo.

    En primer lugar, quería disculparme por dos cosas: uno, de si el modo en que finalicé mi anterior comentario ha ofendido a alguien,

    pues no se me ocurría ninguna forma ingeniosa de cerrarlo y dos, de lo largo que me ha quedado el comentario.

    En segundo lugar, la afirmación implícita que se podría sustraer de mi texto es que la facultad, en tanto que lugar común social, es

    susceptible de convertirse en una comunidad abierta, porosa. Tanto es así, que en mi comentario se puede leer: «… intentar formar

    comunidad en un espacio común, a saber, la facultad.», donde en ningún momento escribo «formar una comunidad». La matización es

    notable, pues si hubiera escrito lo segundo, habría de admitir (quizá no, pero estaría indudablemente más cerca de hacerlo) la

    afirmación implicita que atribuye a mi escrito; al no singularizar aquello sobre lo que recae la acción, no entro a distinguir una

    comunidad de otra, sino que doy por supuesto que hay un tipo de conducta social, o estructura social (no sé muy bien como explicar

    esto, error mío) que atraviesa los distintos lugares en los que se organiza la sociedad. Por otro lado, cada uno de estos lugares

    tiene a su vez su propia comunidad, eso no lo niego, pero estas comunidades a mi parecer han de ser como ya he dicho: abiertas,

    porosas. Siguiendo con lo dicho, aquella comunidad a la que me refiero en el texto es esta primera que no es particular de un lugar

    concreto sino común a todos ellos. En mi comentario aludo al hecho de saludar a las personas con sonrisas, sin atender a las

    diferencias que nos pudieran alejar de estas, su condición política, religiosa, su trabajo, etc. Actuar de tal manera para con el

    prójimo no es señal sino de un intento de engordar dicho tejido comunitario (altamente debilitado hoy en día, en mi opinión, debido

    a la característica organización de los nucleos urbanos de gran nivel de población) con las acciones menos visibles pero acaso sí

    las más importantes.

    De esta manera, entiendo que su comentario a este respecto no es del todo acertado. Y digo no del todo pues va en camino de dar en

    la diana, en mi comentario no explicito que pienso acerca de si el capellán forma parte de la comunidad de la universidad o de si

    debería. Usted afirma que la comunidad universitaria la forman los docentes, el personal administrativo y el alumnado, a lo que yo

    le contestaría que entonces no estamos moviéndonos en los mismos términos de comunidad, a mi parecer, la comunidad no se establece

    mediante ritos burocráticos donde se establece quien pertenece a esta y quién no en función de el estatus administrativo de cada

    cual. La comunidad de la Complutense, a mi entender, la forman tanto el personal docente, como el personal de administración y

    servicios (conserjes, camareros, jardineros, técnicos de laboratorio, el personal de secretaría, etc.), el alumnado (que asiste a

    clase, claro está), las personas que vienen de oyentes a las distintas clases o José que vende libros en la Avenida de la

    Complutense. Todos estos trabajan día a día en el tejido comunitario de la UCM, que no es otro que una región de un tejido

    comunitario más amplio. De esto que yo pueda afirmar que de hecho el capellán es parte de la comunidad de la Complutense, incluso en

    términos burocráticos, pues sino estoy equivocado conformaría parte del personal de servicios de la universidad.

    Todo esto nos lleva al problema del ser y del deber ser, como ya he dicho, entiendo que el capellán es de facto parte de la

    comunidad, y lo que se me podría criticar es que no voy a entrar en si debería o no debería serlo, solo pido que el debate se lleve

    a cabo con rigurosidad y buena fe.

    No quisiera añadir ninguna palabra más acerca de este tema, solo pedir disculpas otra vez acerca de tamaño texto que he dejado caer aquí y quizá también de su redacción, pues desde donde escribo hace bastante calor.

    Atentamente, alguien que leyó su comentario.

  10. huehuehue says

    De nuevo perdón, al pasar del programa donde estaba escribiendo al cajón para escribir se ha cambiado el formato del comentario, lo vuelvo a poner con buen formato (no me deja borrar el otro comentario, lo siento de verdad):

    Querido Tanizaki, ya que me ha respondido directamente a mí, haré yo lo mismo.

    En primer lugar, quería disculparme por dos cosas: uno, de si el modo en que finalicé mi anterior comentario ha ofendido a alguien, pues no se me ocurría ninguna forma ingeniosa de cerrarlo y dos, de lo largo que me ha quedado el comentario.

    En segundo lugar, la afirmación implícita que se podría sustraer de mi texto es que la facultad, en tanto que lugar común social, es susceptible de convertirse en una comunidad abierta, porosa. Tanto es así, que en mi comentario se puede leer: «… intentar formar comunidad en un espacio común, a saber, la facultad.», donde en ningún momento escribo «formar una comunidad». La matización es notable, pues si hubiera escrito lo segundo, habría de admitir (quizá no, pero estaría indudablemente más cerca de hacerlo) la afirmación implicita que atribuye a mi escrito; al no singularizar aquello sobre lo que recae la acción, no entro a distinguir una comunidad de otra, sino que doy por supuesto que hay un tipo de conducta social, o estructura social (no sé muy bien como explicar esto, error mío) que atraviesa los distintos lugares en los que se organiza la sociedad. Por otro lado, cada uno de estos lugares tiene a su vez su propia comunidad, eso no lo niego, pero estas comunidades a mi parecer han de ser como ya he dicho: abiertas, porosas. Siguiendo con lo dicho, aquella comunidad a la que me refiero en el texto es esta primera que no es particular de un lugar concreto sino común a todos ellos. En mi comentario aludo al hecho de saludar a las personas con sonrisas, sin atender a las diferencias que nos pudieran alejar de estas, su condición política, religiosa, su trabajo, etc. Actuar de tal manera para con el prójimo no es señal sino de un intento de engordar dicho tejido comunitario (altamente debilitado hoy en día, en mi opinión, debido a la característica organización de los nucleos urbanos de gran nivel de población) con las acciones menos visibles pero acaso sí las más importantes.

    De esta manera, entiendo que su comentario a este respecto no es del todo acertado. Y digo no del todo pues va en camino de dar en la diana, en mi comentario no explicito que pienso acerca de si el capellán forma parte de la comunidad de la universidad o de si debería. Usted afirma que la comunidad universitaria la forman los docentes, el personal administrativo y el alumnado, a lo que yo le contestaría que entonces no estamos moviéndonos en los mismos términos de comunidad, a mi parecer, la comunidad no se establece mediante ritos burocráticos donde se establece quien pertenece a esta y quién no en función de el estatus administrativo de cada cual. La comunidad de la Complutense, a mi entender, la forman tanto el personal docente, como el personal de administración y servicios (conserjes, camareros, jardineros, técnicos de laboratorio, el personal de secretaría, etc.), el alumnado (que asiste a clase, claro está), las personas que vienen de oyentes a las distintas clases o José que vende libros en la Avenida de la Complutense. Todos estos trabajan día a día en el tejido comunitario de la UCM, que no es otro que una región de un tejido comunitario más amplio. De esto que yo pueda afirmar que de hecho el capellán es parte de la comunidad de la Complutense, incluso en términos burocráticos, pues sino estoy equivocado conformaría parte del personal de servicios de la universidad.

    Todo esto nos lleva al problema del ser y del deber ser, como ya he dicho, entiendo que el capellán es de facto parte de la comunidad, y lo que se me podría criticar es que no voy a entrar en si debería o no debería serlo, solo pido que el debate se lleve a cabo con rigurosidad y buena fe.

    No quisiera añadir ninguna palabra más acerca de este tema, solo pedir disculpas otra vez acerca de tamaño texto que he dejado caer aquí y quizá también de su redacción, pues desde donde escribo hace bastante calor.

    Atentamente, alguien que leyó su comentario.

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