La España al revés de los primeros liberales

Agustín_García_SimónEn un excelente artículo titulado ‘La Castilla organicista. El liberalismo que no pudo ser’ (Historia de una Cultura, Las Castillas que no fueron, III, 1995), Julio Aróstegui expresaba sus dudas acerca de la difícil aclimatación de la frondosa planta del liberalismo político, no sólo en el territorio de la Castilla contemporánea, sino en el resto de toda España. “Pero, verdaderamente, ¿dónde podríamos hablar con propiedad de un liberalismo consistente y autoconcienciado entre los pueblos de esta monarquía llena de reminiscencias premodernas? ¿Es que es ésta una planta próspera en nuestros campos políticos recientes?” Parece evidente que no. Desde el primer intento de trasplante a suelo hispánico de esta compleja planta por nuestros primeros ilustrados y liberales, a finales del siglo XVIII y primeras décadas del XIX, se hizo patente la enorme dificultad que el proyecto entrañaba.

Las ideas venían de Francia, cuya Revolución había espantado a la España absolutista, católica a machamartillo, todavía con la Inquisición imperante, y una alianza férrea del trono y el altar que troqueló la imagen del país como el fruto unitario y mítico de un catolicismo triunfante, tras una Reconquista secular que, providencialmente, había vencido y expulsado a los musulmanes del solar patrio. En esa España fanática y autoritaria, cuyo concepto y mitos monopolizaban las fuerzas más conservadoras y clericales, trataron los liberales de abrirse paso para modernizar su país con una Constitución que garantizara la democracia liberal. Lo intentaron y llevaron a cabo en la peor de las coyunturas posibles, entre la Revolución Francesa, de la que se nutrían, y la invasión napoleónica de España, con la que, malévolamente, se les identificó y que, paradójicamente, asentó en el trono al más abyecto, si cabe, de los reyes españoles: Fernando VII. La represión, persecución y exilio desatados contra los liberales; el odio que la España eterna y el clero instigaron contra ellos, sin distinción de afrancesados y patriotas; pero, sobre todo, la decepción y el desengaño profundos que sufrieron tras la Guerra de la Independencia, al constatar que el populacho y el pueblo no se habían levantado por la liberación modernizadora de la nación, sino movidos por el llamamiento del clero, a favor de la religión y la tiranía, les llevaron a la conclusión de que su proyecto no sería posible sin antes destruir el mito e imaginario del relato de la nación española, cincelado secularmente por los conservadores. Y reescribieron la historia, más bien como un deseo de ahormarla a su propio ideario político, que no era otro que el de vindicar la España derrotada, perseguida y exiliada a lo largo de la Historia, tal como ellos mismos lo estaban padeciendo en esos momentos.

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¿Cómo lo hicieron y qué contramitos, levantaron? Es lo que nos cuenta Jesús Torrecilla, catedrático de literatura española en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) en un libro recién aparecido, tan ágil y legible en su escritura, planteamiento y desarrollo, como riguroso en su documentación: España al revés. Los mitos del pensamiento progresista (1790-1840), Madrid, Marcial Pons, 2016. Un no menos sugestivo análisis, por lo que tiene de certero y preciso, sobre los grandes mitos liberales, cuyos ecos no sólo llegaron a la II República, sino que, muy bien podríamos decir, han resucitado entre nosotros en los últimos años hasta constituir de nuevo parte del lenguaje y meollo de la política ahora mismo. ¡Y de qué manera! Esos mitos, en resumen, son el de los Comuneros de Castilla, el de los fueros medievales y el de al-Andalus, a los que el autor acompaña del relato lúcido de la conflictiva relación de los liberales con el pueblo, ilustrándolo con una fina revisión de las peripecias vitales de dos de los grandes liberales españoles: Blanco White y Larra.

En resolución. El problema que, desde el inicio, se les planteó a los liberales españoles era cómo entroncar su proyecto de una sociedad nueva con la tradición de los fueros y libertades de la Edad Media hispánica, supuestamente democráticos, de modo que se conjurara el recelo hacia lo francés y la sociedad española redescubriera e identificara, con su nuevo nacionalismo alternativo, la auténtica y legítima tradición liberadora y democrática. Así que  vieron en el absolutismo de los Austrias y Borbones, casas invasoras al fin y al cabo, la causa de destrucción que, desde principios del siglo XVI, había aniquilado la muy libre, diversa y plural organización de los reinos españoles, con un proceso de centralización de sello castellano que habría pisoteado en el futuro las libertades del resto. Y, sin embargo, la gran gesta por la libertad estaba en la revolución de la Comunidades castellanas, símbolo por antonomasia de esas libertades hispánicas, rotas vilmente por la tiranía y que, de alguna manera, habría sido el precedente, siglos antes, de la Revolución Francesa. Por lo demás, el eje troncal del mito de la forja de la España eterna, natural y esencialmente católica (Covadonga y la Reconquista) no habría sido tal, una guerra heroica providencialmente guiada y sancionada, sino una guerra civil entre españoles en la que, al final, perdieron los “buenos”, o sea, los musulmanes. Y aquí la idealización de al-Andalus, en contraste con la barbarie cristiana, alcanza en la literatura liberal un clímax muchas veces alucinante. Más serio es el intento de repartir el esfuerzo, supuestamente liberador de la Reconquista. El foco inicial de Covadonga, vínculo de los reinos de Asturias, León y Castilla, no habría sido único, pues en el Sobrarbe aragonés se produjo otro tanto, y el protagonismo de la Corona de Aragón en materia de fueros y libertades aventajaría en adelante a cualquier otro reino hispánico: “Aragón, no Castilla, se convierte para los liberales en el verdadero representante de la España tradicional”.

En definitiva, en palabras del propio autor: “Si la España más auténtica era la de las primitivas libertades, que habían sido destruidas por el absolutismo extranjero, la implantación de una monarquía constitucional en la que se limitara el poder real no debía considerarse una peligrosa novedad venida de fuera, sino la recuperación de la esencia nacional más pura”. Independientemente de la inexactitud o invención de la Historia y sus hechos en el relato liberal que, hay que repetirlo, llega en el pensamiento progresista hasta nuestros días, su contradicción (nutrirse de un pensamiento extranjero, pero a la vez negarlo, acudiendo a una tradición completamente distinta) desfigura el discurso y produce melancolía; sobre todo aderezado, como estuvo en el pasado y sigue en el presente, de la reivindicación de la feudal, rancia tradición fuerista y la anteposición de otras gangas premodernas, como la diversidad y pluralidad supuestas, a las leyes de la democracia contemporánea, que hacen iguales a los ciudadanos en derechos y obligaciones, al margen de etnias, comunidades, religiones o territorios. Esa, y no otra, sigue siendo nuestra asignatura pendiente.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.