Contra el capitalismo, a favor de un comunismo humanista, libertario y homeoestático

Salvador López Arnal *

lopezarnal_salvadorAdvertencias lógico-filosóficas:

1. Nadie ha demostrado o argumentado plausiblemente que los grandes ensayos filosóficos tengan que tener formato de tratados tipo Ser y tiempo, Teoría y experiencia, La lógica de la investigación científica o la Ontología del ser social.

1.1. Capitalismo y nihilismo es un contraejemplo. Penúltimos días, el libro que ahora comentamos, otro.

2. La inexistencia de notas a pie de página en un ensayo filosófico en absoluto implica ausencia de fundamentación o sueño adánico de creerse y sentirse filósofo-pensador que crea desde la nada y con poderes sobrehumanos. En el principio no fue el Verbo aislado sino la reflexión y la acción.

2.1. Los diálogos platónicos o el Tractatus son ilustraciones de lo señalado. Es también el caso de Penúltimos días.

3. Escribir una reseña inevitablemente conlleva -o puede conllevar cuanto menos- más de una injusticia por las propias características del género: fija o llama la atención del lector en determinados nudos cuando son decenas y acaso centenares los que merecerían pausa, comentario y observación.

3.1. Reseñar Penúltimos días tiene, potencialmente, ese peligro.

4. De lo que es justo hablar, no vale el silencio. Es necesario hablar y comentar. Es el caso de Penúltimos días.

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Buena porción del Jardín de las delicias, comentaba Azaña en 1926, se había publicado, no sin recato, en los cuadernos de La Pluma, “pronto hará seis años”. Es obra vieja, consideraba el que fuera presidente de la II República española. “Antes de enranciarse la imprimo completa en volumen, venciendo el pudor”. No creo que el siempre recatado autor de Penúltimos días haya tenido que vencer en este caso ningún pudor y, por supuesto, este último libro de Santiago Alba Rico está lejos, muy lejos, de ser una obra de contenidos que corran peligro de enranciarse. Basta, para ello, tomar pie en dos de sus definiciones-aproximaciones más penetrantes y deslumbrantes. La primera, que recuerda a su vez unas reflexiones de un comunista siciliano, Peppino Impastato, del que nos habla el autor, dice así: “Sin ríos y sin bosques, sin escuelas ni hospitales, en casas horrendas, en barrios grises contaminados, seguimos viviendo apoyados en la pierna que nos queda sin recordar lo que nos han quitado. Por eso, por muy paradójico que nos parezca, tiene razón Pepino […] cuando concluye su reflexión con estas palabras: “En vez de la lucha política y la conciencia de clase, debemos recordarle a la gente qué es la belleza. La belleza es importante, de ella deriva todo lo demás”.

El segundo concepto definido, tan excelente como el anterior, es el de filosofar. Alba Rico lo hace en estos términos: “Filosofar es volverse sobre uno mismo, como cuando se dobla una caña para hacer un arco. Debilita: nos da la medida de nuestra debilidad”. Es bueno eso, pregunta, para qué sirve, añade. Para esto: “Para comprender que necesitamos compañeros. Reflexionar es comprender que vivimos en una torre de palillos, cañas pensantes nosotros mismos, y que necesitamos por ello compañeros”. Por ello: “Todo filosofar que no imponga un grito de socorro es pura palabrería: todo reflexionar que no se busque una mano es puro sofisma. Todo reflexionar es, pues, un reflexionar –si se quiere- sobre la muerte. Vivimos en una torre de palillos sostenidos por una ballena expuesta a un resfriado. Pero algunos hombres viven más expuestos que otros al derrumbamiento”. Quine, Russell, Putnam, Weil, Sacristán o Fernández Buey, estarían encantados con ese filosofar tan humanista y tan de todos. Michael Dummett, y su compromiso de filósofo, está aplaudiendo entusiasmado desde muy lejos.

Pero hay muchas más razones para sumergirse en las páginas de Penúltimos días. Cito algunas de ellas asegurando que, esta vez, el resto no es silencio.

Sin que exista ninguna disyunción excluyente, podemos diferenciar dos clases de prácticas filosóficas. Es innegable el interés que para todos tiene, no solo para la Academia propiamente, las investigaciones y estudios, con la máxima erudición que nos sea posible, sobre nuestro pasado cultural, sobre la historia de la filosofía, el arte, la política y la ciencia. Nos ayudan a entender mejor situaciones –y reflexiones- pretéritas, a reinterpretar con mayor fruto momentos y pasajes que considerábamos casi superados, al mismo tiempo que iluminan nuestro presente y arrojan luz sobre nuestros problemas, inquietudes y (a veces) desvaríos. Pero hay otro filosofar, otras prácticas filosóficas, tan necesarias como el aire y la justicia que exigimos, si cabe más difícil y creativo que el anterior, que nos ayuda a comprender y pensar sobre asuntos, preguntas, dudas e ignorancias muy actuales, que señalan, con el mayor cuidado y cautela, escenarios por los que transitar hacia un buen vivir sin exclusiones.

Penúltimos días pertenece a estas segundas prácticas filosóficas. No es que las referencias filosófico-culturales no existan. Por supuesto que sí. Pensar es pensar con otros y desde otros. Las hay aquí explícitas (Aristóteles, Gramsci, Günters, Stiegler por ejemplo) y las hay implícitas (Epicuro, Lucrecio, Tussy Marx, el Engels de la situación de la clase obrera, el Harich más democrático de ¿Comunismo sin crecimiento?, el Lukács de las Conservaciones de los sesenta y muchos otros). Pero de lo que se trata en este caso es de pensar, con cabeza propia, interpretando, tirando en ocasiones de otros pensamientos y aproximaciones para arrojar luz sobre nuestro hoy y abrir caminos de reflexión y vida propios. La tarea, esta tarea, es frecuentemente mucho más compleja y arriesgada. No basta con amar a Mozart, Verdi o Rossini; hay que intentar componer nuevas obras que estén a su altura. ¡Aquí hay que saltar! Y no es fácil.

Santiago Alba Rico no es sólo escritor (o columnista) y filosofo, esta es la forma significativa como acostumbra a firmar sus escritos, sino que, singularmente, es uno de los escritores-filósofos que mejor descubre, expone y critica las paradojas (al estilo cervantino) e injusticias, incluidas las lingüísticas que no son marginales, del capitalismo, entendido no sólo como un modo de producción económico-social sino como una civilización global que está en guerra, no en paz como quería Barry Commoner, con nuestro planeta. Este libro que comentamos, una selección de sus artículos cuyas primeras versiones fueron publicadas en La Calle del Medio, Atlántica XXII y cuartopoder.es, es otra demostración de ello. No en vano el libro se subtitula también, así aparece en portada, ‘Sobre los efectos del capitalismo’. Un ejemplo de lo que intentamos apuntar: “Las leyes de la oferta y la demanda son injustas: 10 hombres piden pan y el mercado da 10 chocolatinas a uno solo pero es sobre todo una gran fantasía. Porque el mercado suela irresponsablemente con una oferta infinita y porque –como decía Georgescu-Roegen, pionero en bieconomía-  no tiene en cuenta la demanda de las generaciones futuras”. A lo loco e irresponsablemente… Se vive peor.

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Cubierta del libro de Santiago Alba Rico

Tres breves matices. Alba Rico se pregunta por qué los barcos tienen nombre y los coches no. Su respuesta: porque los barcos tienen alma y los coches no. Su generosidad antropológica le impide, en este caso, tomar nota que para algunos seres humanos, marcados por máquinas y mercancías, los coches tienen alma, mucha alma, y por ello tienen y les dan nombres, no sólo marcas, aunque ciertamente el capitalismo disuelva sin parar los nombres individuales.

Finaliza el primer texto Alba Rico con una muy brechtiana-harichiana definición de comunismo, una de las mejores que he leído nunca: “El comunismo (podemos llamarlo así) es el conjunto de procedimientos complejos -económicos, sociales, tecnológicos- que permiten estos placeres sencillos: el de abrir la ventana al levantarse y reconocer el mundo fuera; y el de abrir los ojos y reconocer con un gesto de superioridad de un niño, de un viejo, de un enfermo. Y los placeres –claro- de bailar, leer, oír música, contemplar las flores o las nieve, lleva zapatos cómodos u embelesarse en el rostro “entusiasmado” del amigo o del amado”. Mi observación complementaria (a bien seguro innecesaria): el comunismo no es sólo –o no debería ser sólo- ese conjunto de procedimientos que permiten esos placeres sencillos. Es también la convicción de que la buena vida de todos tiene que ver con esos placeres y con las mismas prácticas, creativas, consistentes y fraternales, que generan esos procedimientos.

La verdadera contradicción, señala Alba Rico, no es hoy, como pretendía el marxismo ortodoxo, la existente entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Son dos en su opinión. Por un lado, entre las fuerzas productivas y la antropología humana, y por otro lado, entre fuerzas “representativas” y recursos humanos. La introducción del segundo nudo es un hallazgo que conviene pensar, repensar y explotar. No estoy seguro que su primer nudo contradictorio no sea una reformulación a la altura de nuestras circunstancias que todo marxista ortodoxo que se precie –no siempre la ortodoxia es mala- no aceptaría con gusto y entusiasmo. Uno de esos “marxistas ortodoxos”, Manuel Sacristán, habló desde mediados de los años setenta del pasado siglo de fuerzas productivo-destructivas, situando una aparente contradicción conceptual en el núcleo de la explicación marxiana.

Más allá de lo señalado, ¿qué puede destacarse especialmente de Penúltimos días? Rozando la injusticia por los límites de toda aproximación, básicamente lo siguiente:

  1. Su gusto por las fructíferas inversiones hegeliano-creativas: “Lo raro –qué raro- es que a la fantasía destructiva del mercado la llaman realismo y a la preocupación por nuestros amigos y sus hijos la llaman utopía”.
  2. Su defensa de una racionalidad completa, no parcial, de un racionalismo temperado tan del gusto de Francisco Fernández Buey: “Hay cosas que no se pueden racionalizar sin perder completamente la razón. Hay codas que no se pueden desdramatizar sin agravar el drama”.
  3. Su sensibilidad, su sólida sensibilidad: mil veces manifestada “Mientras millones de personas luchan desde hace siglos para mantener y profundizar el camino de la humanidad, el mercado capitalista retrocede a sustratos cada vez más naturales, llevando a su expresión más radical la ‘Ley de la naturaleza’ defendida por Calicles hace 2.400 años. «El derecho de los leones a devorar a los corderos y el derecho de los corderos a ser devorados por los leones”.
  4. El buen pensar, la conveniente y necesaria vuelta del calcetín, el pensar dialéctico: “El capitalismo nos prohíbe todos los lujos. Nada de lujos. Solo lo estrictamente necesario: el derroche, el incendio, la destrucción, la muerte”.
  5. Su informada, prudente, original y crítica filosofía de la tecnología, uno de los aspectos que más ha interesado a este lector. “Capitalismo y democracia social son incompatibles, pero el capitalismo ha impuesto ya un horizonte mental de maquinismo consumista tan “atmosférico” que no sabemos si podremos algún día retroceder de nuevo -sin pedir ya mucho más- hasta la más sencilla y elemental –y cruel- humanidad”. “El capitalismo ha creado tecnologías incompatibles con la compasión, la ternura y la solidaridad”. Pero a un tiempo –el pero es del autor-, “el capitalismo ha creado también tecnologías incompatibles con la exclusión social que le es indisociable -con la pobreza, las fronteras y la marginación política- o que ponen en peligro, al mismo tiempo, el capitalismo y la humanidad”. Y no sólo eso: “Sólo un modelo social ha insistido más que el fascismo en las virtudes de la juventud; sólo un modelo social ha despreciado más que el nazismo la debilidad, la vejez, la imperfección, la biodegradabilidad: el mercado capitalista”.
  6. El llamamiento a una esperanza humanista (y feminista), para saber a qué atenernos en el decir de Ortega: “El mercado capitalista apunta siempre al derrumbe de la civilización y si aún no ha conseguido su propósito es solo porque miles de hombres y mujeres la sostienen y apuntalan cocinando, amando a sus niños, cuidando a sus ancianos, despidiendo a sus muertos y luchando por la tierra y el fuego”. “La muerte, como límite insuperable, solo se puede humanizar renunciando a recuperar socialmente –racionalmente- el cadáver del ser querido”. Con la claridad y distinción necesarias: “El mercado ha vuelo legítima, honorable y banal la profanación de los muertos”.
  7. El radical reformismo transformador defendido con lucidez en estas páginas (y en muchos de sus otros ensayos): “La conocida frase de Marx según la cual la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa admite distintas variaciones. Empujados hacia una decadencia ecológica irreversible y con los arsenales llenos de armas de destrucción masiva, lo que hace 100 años fue tragedia hoy puede repetirse como Apocalipsis. Con ideología o sin ella, pongamos algunos parches, por favor”. “Tengamos cuidado: no vamos a reconocer el nazismo cuando regrese porque hablará de nuevo, como entonces, de paz y civilización, de valores y seguridad”.
  8. La música, la poesía, el sabor y olor operísticos que subyace a gran parte de los artículos que aquí se recogen, como si se tratara de un conjunto armónico de arias de concierto mozartianas. Un ejemplo: un magnífico compás final como broche de uno de sus artículos. “¿Se exagera al llamarlo revolución? Se exageraba antes, cuando lo llamábamos sumisión”.

¿Cuál es mi texto preferido? ¿Qué escrito de los seleccionados he releído más veces? ¿Qué artículo me hubiera gustado escribir? Casi todos, no exagero. Si me fuerzan a seleccionar uno: ‘Elogio de la impuntualidad’ (pp. 114-117) una de las más hermosas y profundas críticas que conozco a la civilización del capital y el mal (También, desde luego, ‘Lo que está mal en el mundo’. La felicidad y el agradecimiento me impiden ser más explícito en este segundo caso).

Hay escritores-pensadores que tienen la admirable virtud de transformar todo aquello sobre lo que piensan y escriben en excelente filosofía. Nos cuentan, para darnos un pequeño respiro, que el siguiente de 5 es un número perfecto, e incluso una afirmación así, tan prosaica, tan insustantiva si se quiere, adquiere en ellos dimensiones filosóficas de interés insospechado. Santiago Alba Rico es uno de estos tan infrecuentes filósofos-escritores. A los hechos y textos comentados me remito. Hay algo más sin embargo, algo muy esencial en nuestros días: ¿De qué tipo, de qué clase de escritor-columnista-filósofo estamos hablando?

En su lección inaugural, dictada el 6 de octubre de 1995, de la Cátedra de Filosofía del Lenguaje y del Conocimiento del Collège de France, Jacques Bouveresse sostuvo que a pesar de todo, a pesar de algunas corrientes filosóficas de la posmodernidad por él muy criticadas en su discurso, aún seguía siendo posible creer –era necesario creer en ello- que la filosofía era una cosa y que las vanidades filosóficas eran otra cosa muy pero que muy distinta.

No hace falta que les comente donde debemos ubicar (siempre y en toda ocasión) al autor de estos Penúltimos días.

(*) Salvador López Arnal es profesor-tutor de Matemáticas en la UNED.