CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 16/5/2017 01:00

Esther López Barceló *

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El 14 de abril, como hito, sea o no sea compartido su carácter festivo, sin duda es una fecha histórica reconocida por una gran parte de la sociedad. Para mí, sin embargo, esta fecha me provoca sentimientos y emociones de un pasado que nunca viví pero cuya presencia, a veces, de tanto evocarla llega a desgarrarme por dentro.

Como militante de izquierdas e historiadora representa el principio de lo que pudo ser y no terminó siendo. El principio de una esperanza que se vio truncada por el fascismo. La II República, como símbolo de ruptura con el tiempo de los caciques, del analfabetismo y el autoritarismo. La República como símbolo de un tiempo que venía “para mudarlo todo” y hacer de lo que parecía imposible, las bases para sostener un sistema democrático regido por principios de igualdad y redistribución de la riqueza. Pero para mí, el 14 de abril es mucho más que eso. Es una de esas fechas cuya efeméride tiene tanto que ver con el pasado que no viví como con el mío propio. Es el aniversario del advenimiento de la felicidad de lo posible para nuestra Historia y es el aniversario de un momento inolvidable de mi propia vida.

Hace más de diez años, un 14 de abril –valga la redundancia-, sobre las 12 del mediodía, me encontraba arrodillada sobre la tierra, calzada con una bolsa de plástico para no contaminar los estratos, intentando despertar los huesos de la derrota.

Hace más de diez años junto a mi compañero de estudios, Pablo, de Orihuela –su pueblo y el de Miguel- apartaba la tierra parte a parte a “rasquetadas” secas y muy frías. Éramos estudiantes de arqueología que llevábamos ya muchos días excavando voluntariamente en el cementerio de Almansa para rescatar de una gran fosa a los fusilados del franquismo, procedentes de  todos los pueblos de la comarca.

Los lugares escogidos para excavar venían determinados por el recuerdo de unos niños que durante los años 40 habían visto dónde llevaban a los hombres asesinados a ser enterrados como animales. Esos emplazamientos vagos e inexactos habían servido a las familias durante décadas como lugar de peregrinación y ofrenda para homenajear la memoria de padres, hermanos, tíos, abuelos… fusilados sin más razón que la de la barbarie.

Sin embargo, tras días de trabajo no encontrábamos a quienes llevaban tantos años desaparecidos. No aparecían en los lugares indicados. Una angustia nos embargaba a todo el equipo de estudiantes por no conseguir cumplir la misión de encontrarles.

Y de repente llegó el día. Era 14 de abril y todos bromeamos en el desayuno en el bar con la efeméride y su poder de embrujo. Y horas después allí estábamos, mi compañero Pablo y yo, arrodillados en la tierra, cuando empezó a emerger la forma de un cráneo. Pero era una exhumación en cementerio –la primera de España- y debíamos estar seguros de encontrar a uno de ellos y no a cualquier otro enterramiento posterior de alguien sin nombre y sin dinero cuyo registro no hubiera sido tenido en cuenta.

Y para eso hacía falta encontrar la huella del crimen: el agujero de bala que nos indicara que se trataba de un asesinado por orden del Caudillo. Horas más tarde de un 14 de abril, el de la efeméride de mi vida, el cráneo fue emergiendo completamente hasta desvelar un pequeño agujero en la frente: un tiro de gracia criminal que supuso, trágica y paradójicamente, el principio del fin de una larga espera. A partir de entonces, la excavación transcurrió con éxitos y fuimos devolviendo para la Historia las huellas de aquel crimen; y para sus familiares, los restos de sus desaparecidos. La Fundación Pablo Iglesias de Almansa cerró el capítulo un año más tarde con la colocación de un memorial colectivo que dio cabida a todos los restos y a todos los nombres de los cientos de asesinados del franquismo.

Para mí el 14 de abril es el recuerdo de unos días de solidaridad, de lucha contra el tiempo y la impunidad que guardaré siempre en mi memoria.

Pero nos hace falta aún una efeméride colectiva y nueva que nos haga poder reivindicar un día de la Historia presente en el que nos sintamos protagonistas del futuro. Un día propio que simbolice la alegría que hace 85 años supuso traer la República “para mudarlo todo”. Estemos a la altura de ser capaces de conquistar nuestro propio tiempo. Unámonos para transformar la nostalgia y admiración por la historia de nuestro pasado en la felicidad de un nuevo presente de futuro.

(*) Esther López Barceló. Historiadora y exdiputada de Esquerra Unida en el parlamento valenciano.

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