A vueltas con la pedagogía (I)

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Carlos Fernández Liria *

Carlos_Fernández_LiriaLuis S. Villacañas de Castro publicó el otro día un artículo En defensa de la pedagogía en el que critica que, en una entrevista con Pablo Iglesias, yo hablara de “los pedagogos”, así en general, como si los metiera a todos en el mismo saco. Creo que es muy importante que pensemos en estas cosas, porque no cabe duda de que tenemos por delante la redacción de una nueva Ley de Educación, sea cual sea la legislatura que sobrevenga.

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Seguro que tiene razón Villacañas y hay al menos tres escuelas distintas de pedagogía. Aquí ocurre un poco como con los “economistas”, que en su mayor parte continúan en la línea de lo que Marx llamó “espadachines a sueldo del capital”, por mucho que se hagan pasar por científicos. Desde luego que hay muchas escuelas en economía, hasta el punto de que, no me cabe duda, la que yo preferiría va perdiendo por goleada, mientras que las escuelas más criminales y más mentirosas saturan las revistas científicas y los medios de comunicación. Me gustaría saber, en el campo de la pedagogía, cuál es la escuela que va perdiendo, porque, a las que van ganando las he sufrido y mucho a lo largo de toda mi vida, primero en los programas infantiles de televisión, después durante mis diez años de docencia en enseñanza secundaria, y después en la Universidad, en especial, en el papel que jugó la “jerga pedagógica” del informe Tuning que marcó las pautas de las reformas del llamado Plan Bolonia, cuando se hizo pasar lo que en realidad fue una reconversión empresarial de la Universidad por una “reforma educativa” que nos iba, por fin, a “enseñar a enseñar” a los profesores.

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Seguramente Villacañas es de la escuela que va perdiendo, porque, leyendo su artículo, no puedo más que estar básicamente de acuerdo con él. Sobre todo porque comienza dejando bien claro lo siguiente: “hay que decirlo alto y claro: el principal problema de la educación en España es la desigualdad social y la drástica reducción de recursos destinados a la educación pública”. Así es. De hecho, lo era ya en los años ochenta, en la década en la que fui profesor de Instituto, pese a que desde entonces las cosas han empeorado mucho. Y pese a ello, por aquel entonces, yo mismo escribía muchos artículos criticando el sistema demencial en el que estaba sumida la enseñanza. No es que echara en falta pedagogos, desde luego, pero sí que veía muchos problemas en unos programas delirantemente sobrecargados de contenidos, en un aprendizaje memorístico sin sentido, en una disciplina carcelaria que se imponía a los alumnos como consecuencia de la obligatoriedad de asistir a clase, etc. Ya no lo hago, ya no denuncio estas cosas. ¿Eso significa que he cambiado de opinión? No, es que pienso que los tiempos no están para eso, que la frase de Villacañas antes entrecomillada ha llegado a ser tan grave que no conviene distraer la atención con ninguna otra cosa. Eso, en primer lugar.

En segundo lugar, porque, además, la experiencia me alerta sobre una jugada del destino que ya he vivido varias veces (siempre con consecuencias catastróficas). Cada vez que se ha planteado una reforma educativa sustancial, se ha comenzado reconociendo la citada frase de Villacañas, seguida siempre de un “pero”, tal y como hace el propio Villacañas: pero eso no significa que no sea necesario innovar pedagógicamente, aprender a enseñar, evaluar al profesorado, formar a los docentes, etc. Y luego, invariablemente, nos hemos encontrado con que el “pero” se ponía muy en práctica en seguida y con entusiasmo, mientas la premisa de partida, empeoraba y empeoraba. El resultado ha sido, cada vez más, que, por una vuelta de tuerca del destino, acababa responsabilizándose a la formación del profesorado de la situación misma que se había tomado como premisa irrenunciable. Del “están dinamitando el sistema de enseñanza, pero eso no quiere decir que los profesores no puedan mejorar”, se pasaba al “como los profesores se niegan a mejorar, la enseñanza está siendo dinamitada”. Y lo que es más grave aún: aprovechando el revuelo de la formación del profesorado y de la mejora de los métodos educativos, se pone todo patas arriba, y entonces se aprovecha para apretar el cinturón, con una “drástica reducción de recursos a la educación pública”, alegando, por añadidura, que todo está patas arriba y que eso demuestra que el sistema no funciona (lo que redunda siempre en beneficio de la enseñanza privada y concertada).

Así, poco a poco, algunos nos fuimos forjando la idea de que los tecnócratas neoliberales de la educación (que, ciertamente, no son verdaderos pedagogos aunque a veces se disfracen de eso), cada vez que decidían poner en obra un plan agresivo contra la enseñanza pública, mandaban para disimular, de avanzadilla, a una especie de tontos útiles, reclutados en el buenrrollismo pedagógico. Me agotaría contando cómo, por ejemplo, la brutal reconversión mercantilista a la que se ha sometido a la Universidad vino precedida de todo un sin fin de apelaciones a un cambio radical en la cultura del aprendizaje. Viendo ahora la salvaje subida de tasas, la desfinanciación estatal de la Universidad, las amenazas para que busquemos financiación privada o nos resignemos a desaparecer, uno se asquea recordando lo que nos contaban las autoridades académicas y los medios de comunicación. Por poner un ejemplo: cuando las masivas protestas contra el Plan Bolonia rompieron la barrera y empezaron a salir en los medios de comunicación, los Rectores contraatacaron pidiendo al ministerio más propaganda. Ofrezco un botón de muestra: el programa Informe Semanal presentó el Plan Bolonia como una revolución de los métodos educativos que iba a transformar radicalmente el aspecto de la Universidad. Ya no iba a haber nunca grandes aulas y alumnos tomando apuntes. En las imágenes se veía a unos supuestos alumnos vestidos de buzo, haciendo prácticas de oceanografía en un yate, junto a su profesor, en una perfecta “comunidad educativa”, felizmente participativa. Los telediarios de TV1 abrieron con unas clases interactivas en las que los alumnos manejaban mandos a distancia patrocinados por una empresa llamada Educlick. “Con las nuevas reformas de Bolonia”, decía una locutora, “algunos alumnos de la Universidad han comenzado en el curso interactuando con un mando a distancia”. Con ese mando, al parecer, los estudiantes aprendían a aprender sobre un Power Point interactivo elaborado por la citada empresa, de tal modo que ya no hacía falta enseñar a enseñar a los profesores, ya que con el shoftware en cuestión se podía incluso prescindir de ellos. Mientras tanto, un vicerrector de la UCM ilustró la Universidad a la que nos encaminábamos con la siguiente utopía feliz:

La gente de la universidad parece feliz, como si lo hicieran todo por puro placer. La relación entre alumnos y profesores es de lo más cordial, casi de colegueo. No hay notas, ni exámenes, la gente está aquí porque disfruta con ello. En el edificio hay un salón con una pequeña cocina donde, de vez en cuando, hacen reuniones informales alumnos, profesores y a veces artistas. He solicitado una plaza para dos cursos intensivos de una semana cada uno, estoy ansiosa por empezarlos. Son de 9 a 4 de la tarde. Aunque no asistas a los cursos puedes utilizar los talleres y hay muy buen ambiente” (Valcárcel, M., 2004: La preparación del profesorado para el Espacio Europeo de Educación Superior)

Por supuesto que estas memeces delirantes, unidas a esta propaganda encubierta de empresas privadas, no tiene nada que ver con la pedagogía, eso no hace falta que me lo digan. De lo que estoy hablando es de un extraño “efecto rebote” que suele tener el “pero” en cuestión de la frase de Villacañas (lo mismo ocurre con el giro a lo Mariano Fernández Enguita que da el artículo -por otra parte también excelente, como el de Villacañas- de César Rendueles, Elitismo educativo). Por muy alto que se haya gritado que la enseñanza pública estaba siendo asfixiada económica e institucionalmente, al final, lo único que siempre quedaba sobre la mesa era que, “de todos modos” había que mejorar sus metodologías docentes. Así se nos hacía picar el anzuelo de los nuevos “retos y desafíos”, de la “necesidad de innovación”, del cambio radical en la “cultura del aprendizaje”, y luego, con el revuelo de la oceanografía, las clases con cocina y los mandos a distancia, nos robaban la casa. Los departamentos universitarios y las cátedras eran las unidades de docencia y de investigación de la Universidad pública. Primero se los ahogó económicamente y se los cubrió de mierda en los medios de comunicación (en lugar de hacer funcionar a la Inspección de servicios con arreglo a la Ley), tachándolos de unidades endogámicas y corruptas, rígidas e inoperantes. La palabra clave era también de buen rollo: “flexibilizar”. Las nuevas unidades que resultaron fueron los “grupos de investigación” que se buscan la vida de la financiación estatal alegando que poseen “fuentes de financiación externa” para sus proyectos, lo que es signo de “calidad” (aunque académicamente no significa nada de nada). A todo esto, la endogamia empresarial no ha resultado tampoco ser menos endogámica que la estatal y no digamos ya la corrupción (esta ya sencillamente ha pasado a otro nivel, no hay más que pensar en los laboratorios farmacéuticos). Y mientras tanto, la burocratización ha aumentado exponencialmente, hasta el punto de que ahora los profesores e investigadores gastan más tiempo y energía en hacer su curriculum que en hacer su trabajo.

En suma, ¿por qué siempre que ha avanzado el neoliberalismo en el mundo de la enseñanza lo ha hecho en nombre del enseñar a enseñar y del aprender a aprender? Villacañas, Feito, Enguita y otros “defensores de la pedagogía” dirán con razón que ellos son los primeros que han denunciado esto que he llamado “efecto rebote” (en resumen: que todas los intentos de mejorar la enseñanza pública son utilizados como pruebas de que no funciona y como pretexto para perjudicarla aún más). Y también dirán con razón que es de lo más injusto confundir la pedagogía con toda esa impostura que nos promete “revoluciones en la cultura del aprendizaje” cada vez que quieren colarnos una “reconversión económica”. Otra cosa es qué podemos hacer para evitarlo. Y a mí, el “pero” en cuestión del que estamos hablando me parece muy mala táctica. Y el motivo es que, en efecto, sí pienso, además de todo lo dicho, que la pedagogía, en tanto que supuesta ciencia en la que ciertos señores y señoras serían competentes, tiene muy poco que ofrecer. Desde luego que algo se debe aprender leyendo a Freire, Dewey o Apple, pero en mi experiencia vital, lo siento, no lo he comprobado. Quizás me haya pasado como con los economistas, que he tenido siempre la mala suerte de toparme con la misma escuela, la peor, pero en casi cuarenta años, no he visto a un sólo pedagogo con poder (porque sin poder he conocido a algunos encantadores y muy inteligentes) que no se limitara, en el mejor de los casos, a hacer desaguisados educativos. Quizás esto quiera decir que, como los economistas, los pedagogos interesantes (que los hay) deban emprender una revolución contra sus peores enemigos, los otros pedagogos. Pero, por el momento, y para evitar confusiones, sería mejor que dejaran a los profesores en paz.

(*) Carlos Fernández Liria. Profesor de Filosofía en la UCM. Su última obra publicada es En defensa del populismo (Ediciones Catarata).

A vueltas con la pedagogía (y II).

7 Comments
  1. Adara says

    Totalmente de acuerdo. Se puede hablar en abstracto o se puede hablar desde la experiencia del profesor. Y en mi experiencia como profesora he comprobado que el problema de la educación en España ni tiene que ver con los profesores, sus métodos, etc. Ellos mas bien son supervivientes del sistema y hacen todo lo que estén en sus manos para enseñar a los estudiantes a pesar de la ratio desorbitada (30 alumnos por clase), de las condiciones de precariedad de los alumnos y sus familias, etc. No hace falta ninguna pedagogía mágica mas que: que los profesores hagan lo que saben, que se incremente en gasto en educación y que se garanticen condiciones de vida digna para la gente.

  2. Óscar S. says

    Y además es que el enemigo de la educación es muy otro. Ningún método viejo o nuevo va a poder combatir con los videojuegos, las teleseries, las redes sociales para adolescentes y, en general, un clima social buscado de desprecio al conocimiento. Ayer mismo oía un anuncio en la radio de una marca de coches cuyo mensaje consistía en resumir muy rápido Romeo y Julieta porque para quien conoce las ofertas de tal marca automovilística no le gusta perder el tiempo en tonterías. Un pedagogía que se precie, a mi juicio, consistiría en apartar al alumno de la basura cultural con que le acribillan a diario para permitirle quedar solo, y tranquilo, frente al profesor y los libros. Todo lo demás es charlatanería…

  3. Acontrapelo says

    Es obvio que la mayoría de profesores desconfiamos de los pedagogos. Estamos más bien hartos de que alguien que no sabe matemáticas, historia o filosofía nos diga cómo hay que enseñar esas materias. Estamos más bien hartos de que nos obliguen a emplear una jerga ininteligible para elaborar documentos inútiles que son una pérdida de tiempo. Estamos más bien hartos de comprobar como se carga a la Escuela Pública con la responsabilidad de resolver problemas que no son ni académicos ni didácticos, sino políticos, pero que al endosárselos a la escuela dan de comer a mucho charlatán con título de pedagogo. Efectivamente, para evitar confusiones, que nos dejen en paz.

  4. PL says

    Cualquiera que sea docente o estudiante sabe lo que significa en la práctica la «innovación docente» y el imperativo de «calidad» y «excelencia». Quitarle a los docentes el control de su trabajo y hacerles saber que en cualquier momento podrán ser suprimidos (por no haberse «actualizado» al ritmo del progreso tecnológico, por no haber cumplido con la «competencia transversal» CT5 o el «objetivo específico» OBE4). Ni se produce «calidad» ni se pretende. Es una forma distinta de gestionar la fuerza de trabajo (y de blanquear el neoliberalismo). Si hay una pedagogía que no participe de esta ideología de la innovación docente perpetua, sería bueno conocerla.

  5. o.dulce says

    Leídos los artículos de Carlos Fernández Liria y de Luis S. Villacañas me gustaría comentar los siguiente:
    Practico la docencia en secundaria desde hace 30 años, durante estos años no ha hecho más que aumentar la “deuda perpetua” del profesorado. El profesor siempre “debe”, nunca lo está haciendo suficientemente bien. Debe actualizarse, renovarse y mejorar. Sé que no somos la exclusiva , lo que se esconde detrás es la precarización del trabajo.
    El criterio para ello siempre es extrínseco a la propia labor del docente y de ahí la rebeldía de algunos, como Liria, frente a los pedagogos. Villacañas sostiene sin más que hay recursos de la pedagogía que se pueden aportar a la educación. Indudablemente. Pero reducir ésta al criterio pedagógico no es asumible. ¿Por qué es peor la clase magistral, basada en el discurso hablado, que la clase interactiva? ¿Por qué desde hace años asumimos este dogma simplemente porque es un dogma de la pedagogía? Habrá que decir que depende. He visto clases interactivas que son el puro infierno de la desarticulación y todavía recuerdo a un profesor genial que yo tuve en 5º de EGB capaz de encandilarnos durante horas con sus explicaciones del petróleo o del cuerpo humano.
    No quiero darle la vuelta a todo: una docencia participativa y constructiva puede ser lo suyo en un momento dado. Lo que quiero decir que la experiencia del propio docente es fundamental. Recientemente se están organizando cursos en Filosofía donde los profesores de la materia son los propios ponentes y explican cómo lo hacen desde su propia experiencia. Ese es el saber fundamental, desde mi punto de vista. Y estas son los cursos que deberían de incentivarse. De repente el profesor se convierte en “protagonista”, en alguien valioso al que merece la pena oír para aprender de él.
    El problema de la pedagogía es cuando pretende ser “constitutiva” de la enseñanza. Como muy bien dice Liria en “la importancia de la filosofía” https://www.cuartopoder.es/tribuna/2015/12/13/la-importancia-de-la-filosofia-ii/7895, puestos a ser “constitutivos” quizás sea precisamente la Filosofía el espacio adecuado en el que se pueda hacer el diagnóstico, debatir sobre los fines y pensar la articulación del saber. Desde luego no se trata de un debate corporativo, se trata de un debate fundamental.

  6. Miguel Ángel says

    Estimado profesor Carlos Fdz Liria.La conclusion que realiza es una puerta que los pedagogos debemos tomar en serio.La conclusión es muy interesante y sugerente cuando nos indica: «Quizás esto quiera decir que, como los economistas, los pedagogos interesantes (que los hay) deban emprender una revolución contra sus peores enemigos, los otros pedagogos».

    Es así y le tomo la idea. Los pedagogos debemos abrir esa puerta de la critica , de la autocritica para realizar una revolucion democatica del pensamiento pedagogico y de la practica educativa.

    Lo interesante es saber desde qué pensamiento filosofico e histórico proceder a iniciar dicha critica. Desde la pedagogia marxista me gustaria indicar un libro que se titula [[ Nietzsche contra la Democracia ]] del trabajador audiovidual y filosofo marxista (indico que es un pensamiento no realizado en la academia univesitaria sino desde un pueblo de Andalucia-Las Cabezas de San Juan)Nicolás Gonzalez Varela ( http://fliegecojonera.blogspot.com.es/ ). Le invito a leerlo , a saber del autor; pregunte a nuestro amigo Juan carlos Monedero, a Santiago Alba Rico o a Salvador López Arnal por él….un matiz ..una cita del libro : «Pero, preguntado una vez más: ¿qué se quiere? si se quiere una meta, se han de querer los medios; si se quieren esclavos-¡ y se necesitan ¡-,No se les tiene que educar para ser señores» ( F. Nietzsche,Naschlass).

    Fijese, estimado Carlos, hay pofesores en el sitema educativo que han defendido las ideas de Nietzsche.Escribe Nicolas en el libro indicado «Su pathos es claramente antilibresco, en el arte de leer no está la vida, leer ya no es vivir, como creía Flaubert. Leer, en el sentido de la Aufklärung burguesa, corrompe el pensar, corroe los espíritus libres.»¿Cuántos profesores, cuántos padres y madres, cuántas pesonas del mundo y de la sociedad han dicho que el libro y la lectura es una tontería, que lo importante son las imágenes?. Vamos viendo como esta idea ha sido proclamada por el Nietzscheismo y con ello el desprecio a la filosofia y a los filosofos que claro…..son lectores.Es decir un dogma que es pura mitologia «Parte integral de esta mitología consistía en minimizar y despreciar la cultura libresca y la lectura sans phrase.» y fijese la hipocresia del pensamiento Nietzscheano : Nos incia Nietzsche que la lectura es una tonteria, pero ojo él si leia y leia y leia «Nietzsche, un devorador de libros» matiza Nicolas. Y más aún Nietzsche como profesor sí les indicaba a sus alumno que leyeran , y no cualquier tualquier tontería, claro a la elite hay que prepararla «La obsesión por la lectura hizo que Nietzsche le propusiera en el semestre de invierno 1872/73 a los alumnos la siguiente lista de sugerencias de lectura: Esquilo, Sófocles, Eurípides, Homero, Hesíodo, Anacreonte, Aristófanes, Isócrates, Platón, Luciano, Plutarco.»

    En los dialogos con NGV se aprende una idea que guia el pensamiento y la practica del siglo XX: Hay que cuestionar y descubrir quienes fueron Nietzsche y Heidegger.Padres del fascismo y del nazismo que respiramos en occidente aunque no lo notemos.

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